La teodocracia ha muerto

Santiago Navajas

La última traición de Teodoro García Egea al PP, a sus militantes, simpatizantes y votantes, fue obligarles a sintonizar La Sexta, tragarse a Wyoming y soportar la entrevista de Ana Pastor.

Teodoro García Egea fue a La Sexta a morir matando. A Díaz Ayuso. García Egea dejó caer que la líder quiso ser presidente del PP de Madrid tras revelarle Casado la información sobre la comisión de su hermano. García Egea mentía. Díaz Ayuso habló de la presidencia a finales de agosto, al menos, y la reunión fue a finales de septiembre. La secuencia de hechos muestra que más bien fue lo contrario de la acusación lanzada sibilinamente por el ex secretario general: Casado y García Egea sacaron la información sobre Díaz Ayuso para tratar de neutralizar su legítima ambición de presidir el PP de Madrid. Y reclutaron al traidor de Almeida y a su lacayo Carromero.

La psicopatía es un trastorno que hace carecer de empatía emocional y tener una sobredosis de egolatría. No es necesario que un psicópata se convierta en un asesino, aunque sí es muy probable que se convierta en un empresario explotador o en un político agresivo. Viendo el simpaticón encanto de Teodoro García Egea con Ana Pastor, su querencia por la mentira y sus tácticas cizañeras, aquello parecía un despliegue de la tríada tenebrosa formada por la psicopatía, el narcisismo y el maquiavelismo.

La falta de escrúpulos del rastrero demagogo que se exhibía en La Sexta llegó a su culmen cuando le preguntaron por Carromero, uno de los siervos de la cuadra de Pablo Casado, tras su dimisión por el espionaje a Díaz Ayuso. García Egea, que un minuto antes había presumido de que nadie movía un dedo en el PP sin que él lo supiese, cargó toda la responsabilidad de la más que probable acción delictiva de Carromero sobre el alcalde Almeida, como si el interfecto no fuese, a su vez, portavoz nacional del PP. Resulta inverosímil que, si no lo había ordenado él mismo, García Egea no hubiese preguntado al alcalde sobre lo que había hecho su subordinado.

El poder suele hacer que los psicópatas se conviertan en gente aparentemente respetable. A diferencia del sociópata, esclavo de sus impulsos, el psicópata gobierna con cabeza fría sus planes de dominación. A García Egea se le subió a la cabeza el poder de la planta alta de Génova como la soledad de la montaña enloqueció a Jack Nicholson en El resplandor. Por supuesto, es Pablo Casado el responsable último de haber dejado que García Egea se convirtiese en lo que Cayetana Álvarez de Toledo describió:

Son políticos de los que no se recuerda ninguna idea original o realmente valiosa, pero que acaban imponiéndose por la pura fuerza de su ambición. Ansían el poder. Buscan el poder. Y a menudo acaban ejerciendo el poder. Y de una manera despótica. Teocrática. Teodocrática.

El psicólogo Robert Hare, máximo especialista en psicopatía, nos advirtió sobre el fenomenal caldo de cultivo que es la política para los psicópatas. Adictos a la traición, a la mentira, a la doblez y a la superficialidad, no todos los políticos son unos psicópatas, y cabe que García Egea no lo sea a pesar de lo bien que lo disimula, pero los psicópatas se encuentran en su salsa, y con una ventaja comparativa, donde la lealtad es un inconveniente, la verdad es un mito y la honestidad es tan extraña como el veganismo entre caníbales.

El PP se encuentra ante un dilema crucial no sólo para él mismo sino para la democracia y para España. Enfrentado a un partido en el que el principal líder es el representante supremo de la tríada tenebrosa –y no tiene el menor escrúpulo en apoyarse en el vicio, el terrorismo y el golpismo–, ha de tener la grandeza de espíritu necesaria para elegir como dirigentes a políticos que cumplan con un alto estándar ético y profesional y se tomen realmente en serio la res pública, el bien común y los ideales de libertad, justicia y verdad. La cuestión es: ¿hay uno solo que cumpla dichos requisitos? La teodocracia ha muerto y así debe seguir: muerta y enterrada.

A continuación