La Libertad guiando al pueblo

Santiago Navajas

La banda sonora para Isabel Díaz Ayuso empezó con "Who’s that girl?" (¿Quién es esa chica?) de Madonna, continuó con "I want to break free" (Quiero liberarme) de Queen y el 4-M sonó a toda pastilla "Stairway to Heaven" (Escalera al cielo) de Led Zeppelin. La joven e inexperta (hasta ahora) presidenta de la Comunidad de Madrid ha ejercido el liderazgo de su pueblo con firmeza y desparpajo en las circunstancias más difíciles, no dejándose arrastrar por el lastre de una pandemia cruelmente asesina, un Gobierno incompetentemente criminal y unos complejos culturales en la derecha que la habían llevado a la inanidad y el sometimiento al marco mental socialista.

Se resume su talante en la brutal ironía de Almeida cuando declaró: "Seremos fascistas, pero sabemos gobernar", lo que provocó un tsunami de ira en la izquierda, ya que desvelaba que por fin la derecha se toma a broma la intimidación del agitprop y se centra en llevar a cabo con rapidez y eficiencia las medidas necesarias que exigen la prudencia sanitaria y el coraje político.

Canta Frank Zappa en la canción de Led Zeppelin:

Hay una señora que está segura de que todo lo que brilla es oro
y está comprando una escalera al cielo.
Cuando llega allí sabe que, si las tiendas están cerradas,
con una palabra puede conseguir lo que vino a buscar.

Con una palabra, libertad, Isabel Díaz Ayuso mandó abrir las tiendas, los bares, las tabernas, los cines y la ópera, haciendo un llamamiento a la prudencia de los madrileños para que hubiese un distanciamiento social que cerrase la puerta al virus pero no al comercio. Díaz Ayuso ha demostrado que es posible evitar la muerte sin matar la economía, la cultura, las ganas de vivir. Lo que mandaba la prudencia era combinar las medidas hospitalarias con la salvaguarda de las economías y las empresas, los trabajadores y sus familias. La ecuación ayusista en tiempos de pandemia y socialismo: libertad política, seguridad económica, autorrealización moral y prosperidad material = a respeto por las personas, su vida y su libertad.

En seis días construyó el Zendal, pero al séptimo no descansó sino que siguió criticando al Gobierno –con Sánchez cada vez más convertido en una caricatura zafia de su ego hipertrofiado–, por una serie de medidas que habían coartado los derechos fundamentales más allá de lo razonable, satisfaciendo el ansia totalitaria de los que llevan el socialismo –y su máxima: cuanto peor, mejor– en el corazón.

En este proceso constituyente permanente y subrepticio que vivimos –con el PSOE entregado a Bildu, ERC y la CUP–, Isabel Díaz Ayuso ha sido la única en el centro-derecha que se ha atrevido a desvelar el rostro del Frente Popular, que, como en el 36, trata de convertir la democracia liberal a fuer de constitucional en una dictadura populista, en este caso no según el modelo soviético sino según el bolivariano, en su vertiente cutre, Pablo Iglesias, o pija, Íñigo Errejón.

En el Museo del Prado se exhiben las dos obras que dedicó Goya al alzamiento nacional español contra el despotismo del presuntamente iluminado Ejército francés que nos invadía. Salvando las distancias, el pueblo madrileño ha sentido que estaba en juego su libertad, personal y económica, contra la voracidad fiscal y el afán totalitario de un PSOE entregado a sus peores instintos. Isabel Díaz Ayuso ha comprendido, contra la simpleza académica de los politólogos en plantilla de las televisiones y los dirigentes apesebrados del Partido Popular, que en una campaña cuentan los símbolos tanto o más que los programas electorales. Es la economía, estúpido, pero también son los valores. Por ello ha aparecido ante los ciudadanos de Madrid como La Libertad guiando al pueblo de Delacroix. Y el pueblo la ha seguido. Vaya si lo ha hecho…

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