Kant, filósofo de Pablo Iglesias

Santiago Navajas

En lo que será la anécdota de la campaña electoral de 2015, un filósofo alemán del siglo XVIII se convirtió en trending topic de Twitter. Durante un debate en la Universidad Carlos III de Madrid, pidieron a los candidatos emergentes Pablo Iglesias y Albert Rivera que recomendaran un libro de filosofía. El líder de Podemos sufrió un lapsus y recomendó una obra inexistente de Kant, Ética de la razón pura. Rivera, por su parte, reconoció que no había leído ninguna obra del filósofo de la Crítica de la razón pura, pero, de todas formas, recomendaba su obra.

En lugar de felicitarnos por que alguien como Iglesias cite al filósofo burgués por antonomasia en lugar de a Karl Marx (si Felipe González lo mató en 1979, el otro día Pablo Iglesias le dio la puntilla), o que Rivera además meta en el saco filosófico a su heredero en el siglo XX, John Rawls, lo que proliferaron en las redes sociales y los medios de comunicación fueron las burlas por el error de uno y el reconocimiento del otro de no haber leído una obra concreta. Es todavía más significativo que el alumno que le hizo la pregunta le planteara como ejemplo a Kant o a Rousseau. Que Iglesias se significase con Kant, uno de los padres del liberalismo político, en lugar de con Rousseau, un fundamento de las democracias populares, es algo que haría feliz a Steven Pinker cuando arremete contra el mito del buen salvaje de raíz rousseauniana.

Pero para ir más allá de la chanza permanente y la superficialidad como método en las campañas electorales, tanto de los candidatos empeñados en el circo como de los ciudadanos convertidos en palomiteros de la democracia, creo que deberíamos de cantar (moderadamente) victoria por que en el año 2015 el primer filósofo que venga a la cabeza a las jóvenes promesas políticas sea el filósofo del imperio de la ley, la libertad entendida como autonomía, el valor moral insoslayable de cada individuo, la razón crítica como fundamento del conocimiento, la tolerancia religiosa y el progreso reformista como utopía razonable.

Kant nunca tuvo que salir de su ciudad, Könisberg, para ser un cosmopolita; jamás tuvo que empuñar un fusil o una antorcha para ser un revolucionario; ni que visitar los mejores museos para definir mejor que nadie la belleza o lo sublime. Tampoco necesitó la amarga experiencia de los campos de concentración para alertarnos contra el mal radical que trata de devorarnos (luego Arendt nos advertiría también contra el mal banal). Siempre le bastó esa mezcla de admiración y veneración por aquello que colmaba su espíritu y a lo que dedicó sus reflexiones más profundas: el cielo estrellado sobre él y la ley moral en su interior.

Sorprendentemente, Pablo Iglesias recomendó al estudiante de la Carlos III su obra más famosa pero también más difícil y exigente, no solo por su temática, la onto-epistemología, sino por el estilo abrupto y enrevesado. Por el contrario, su opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, sencillo a la vez complejo, debería ser lectura obligada para cualquiera que aspirase a la presidencia del Gobierno -junto a un C1 en inglés, un Máster en Economía y un año viajando con mochila por el mundo entero-. Ahí nos anima Kant, recogiendo el lema de Horacio, a atreverse a saber, a pensar por uno mismo. Y quien dice pensar dice votar.

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