Ideologías venenosas

Santiago Navajas

Si escriben "Sebreli" en el buscador de Libertad Digital les saldrán unos cuantos artículos de Horacio Vázquez-Rial, Eduardo Goligorsky y, humildemente, un par míos. Las obras de Juan José Sebreli –mis favoritas son El olvido de la razón, El asedio de la modernidad y Las aventuras de la vanguardia– son un faro que alumbra la oscuridad cada vez mayor con la que nos rodea el totalitarismo light de las ideologías venenosas, que está llevando la sociedad española hacia una argentinización creciente, con una mayoría voluble y nacionalista, estatista y subvencionada, que apoya a partidos e instituciones tan corruptos como incompetentes, tan viles como nefastos.

La punta del iceberg de esta decadencia de la vida social española la hemos presenciado en el espectáculo de la falta de respeto que muestran numerosos parlamentarios a la soberanía nacional con una vestimenta más propia de una barbacoa que de la sede de la voluntad general del pueblo español. Camisas por fuera del pantalón y los brazos arremangados no son una manifestación casual de una falta de decoro propio de quien no ha recibido una instrucción básica en reglas protocolarias, más allá de la visita dominical en chándal bolivariano al Carrefour, sino un consciente rechazo a lo que simboliza el Parlamento: uno de los principales espacios físicos donde se desarrolla el Estado de Derecho que desprecian. Por cierto, igual que la mala moneda expulsa del mercado a la buena, incluso algunos de los representantes de Ciudadanos se suman ingenuos al descorbatamiento generalizado que ya puso en solfa José María Marco en estas mismas páginas.

La falta de urbanidad de Pablo Iglesias y sus montaraces cómplices en su asalto al Parlamento la extienden a sus visitas institucionales al rey, pero sin embargo visten con esmoquin cuando pisan el photocall de sus colegas del lobby de la farándula. "Es un gesto bonito que cuando unos políticos se quitan la corbata, nosotros nos pongamos esmoquin", dijo en aquella ocasión Iglesias, en referencia a un desnortado, como en él suele suceder, Pedro Sánchez, que había asistido en plan casual. Análogamente, es un gesto feo de la extrema izquierda nacionalista y populista que cambie el esmoquin por lo sans-coulotte en cuanto pisa el Parlamento, mostrando externamente cómo menosprecian todo lo que tiene que ver con lo español, de la bandera a la lengua, pasando, obviamente, por la democracia liberal y constitucional, que es la gran obra del pueblo español democrático, al que odian tanto como aplauden la rebelión de esas masas desvertebradas a las que denominan de manera amorfa "gente".

Esta etiqueta de desharrapados viste un proyecto ideológico venenoso. Sebreli explicaba cómo en tiempos de la Revolución Francesa los iluminados –que no ilustrados– jacobinos pusieron en práctica un plan para sustituir el cristianismo por una religión cívica compuesta también de ritos y ceremonias, sacerdotes y dogmas. De ahí las grandes fiestas colectivas, entre la que destacaba el 8 de julio, ¡atención!, la del "Ser Supremo y la Naturaleza". La religión política, cuyo Papa pretendía ser Robespierre, convertiría al Estado en el sucedáneo laico de la Iglesia tanto en sus pompas como en la dominación del pensamiento y la imaginación de las masas.

Sebreli denunciaba las ideologías venenosas que convirtieron al siglo XX en el más pestilente de todas las épocas, con el existencialismo heideggeriano, la antropología culturalista, el psicoanálisis jungiano-lacaniano o la posmodernidad relativista. Sin embargo, gracias a gigantes como Popper, Arendt, Hayek o Berlin resistimos en el abismo de Helm filosófico contra los orcos que pretendían deconstruir la fortaleza liberal de Cuernavilla. En la actualidad, dicho proyecto nihilista sigue larvado en la acción de la extrema izquierda a través de diversas ideologías que se pretenden transversales, del feminismo de género al populismo de "la gente", pasando por lo políticamente correcto y el animalismo antihumanista. La rendición de la derecha conservadora al chantaje ideológico y sentimental de la extrema izquierda se refleja en la concesión de Cristina Cifuentes para que los colectivos de izquierdas del movimiento LGTB puedan adoctrinar sin ningún control científico ni el más mínimo debate en la educación pública. Por supuesto, Roma no paga traidores, así que cuando la presidenta del Partido Popular y de la Comunidad de Madrid pretendió acudir a la Marcha del Orgullo Gay –uno de esas pompas jacobinas a las que nos referíamos antes–, fue rechazada, vejada y despreciada por los mismos que había pretendido comprar regalándoles subvenciones y poder.

El proyecto totalitario light que denuncia Sebreli en Argentina tiene su última manifestación políticamente correcta en España con el dislate jurídico denominado discurso del odio, una estratagema de la izquierda para imponer la censura en el debate llevando a los tribunales a cualquiera que no se plegue sumisamente a sus dogmas. El último ejemplo de esta satanización del adversario la hemos visto en Córdoba, donde su obispo ha hecho unas declaraciones sobre "la bomba atómica de la ideología de género" que, en lugar de ser criticadas en el ámbito comunicativo de una sociedad libre, han llevado a un dirigente del PSOE a iniciar una caza de brujas online para exigir a la Fiscalía que investigue si se pueden considerar dichas declaraciones una incitación al odio. Amenaza miedo y advierte silencio el socialista porque su objetivo no es convencer mediante argumentos sino vencer a través de la coacción.

Vivimos extraños tiempos, en los que laicos liberales tenemos que oponernos a quienes pretenden convertir el laicismo en una religión política y ateos insalvables nos posicionamos a favor de obispos retrógrados para defender su derecho a la libertad de expresión contra neoinquisidores de "la Razón Suprema y la Naturaleza". Otro gigante del pensamiento libre, Bertrand Russell, advertía:

Cuando todos los niños van a la escuela y todas las escuelas son controladas por el Estado, las autoridades pueden cerrar las mentes de los jóvenes a todo lo contrario a la ortodoxia oficial.

Por todo ello, les recuerdo que está abierta la ampliación de capital de Libertad Digital. Que también podría denominarse perfectamente Heterodoxia Digital. Una inversión en un bien material, el dinero, pero también intangible, una apuesta por la verdad no oficial.

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