Estado de Excepción

Santiago Navajas

Un Gobierno en permanente estado de excepción: no sólo gobierna por decreto ley, obviando al Poder Legislativo, sino que su presidente alardea de que volvería a actuar inconstitucionalmente a sabiendas, ya que, dice, las necesidades urgentes hacen inoperantes las instituciones de control. Podría parecer que me estoy refiriendo a Pedro Sánchez y el Gobierno socialista, pero en realidad estoy describiendo la actuación de Hitler y el Partido Nacional-Socialista durante la República de Weimar.

En 1933 los nacional-socialistas (el término nazi ha sido una manera torticera de ocultar su ideología vinculada a una extrema izquierda xenófoba, como es el caso de Bildu) consiguieron ganar las elecciones y aprovecharon distintas situaciones de urgencia social, como el incendio del Reichstag, para aprobar leyes sin la participación y el control del Parlamento.

El jurista más vinculado a Hitler, Carl Schmitt, estableció la tesis antiliberal –ya que dinamita la concepción de la separación de poderes– de que el estado de excepción es la manifestación de la decisión soberana en su libro Teología política: "Es soberano quien decide el estado de excepción". Un poder es realmente soberano, defiende Schmitt, cuando puede declarar el estado de excepción mediante la suspensión completa del ordenamiento jurídico. Hitler, desde su legitimidad originaria en las elecciones democráticas, emprendió una guerra de trincheras políticas para ir poco a poco destruyendo el orden liberal de la república: eliminó controles, satanizó a la oposición, ignoró a los jueces, tejió alianzas con los que eran tan autoritarios que él. La República de Weimar fue destruida desde dentro y Alemania como nación fue llevada a una guerra que casi la aniquiló. Por supuesto, Hitler hizo discursos moderados, asegurando que el diálogo sería su método y la paz su objetivo, y que el recurso al estado de excepción sería utilizado en casos limitados. Le creyeron no sólo en Alemania sino en el resto del mundo, donde lo tildaron de "hombre de paz".

En un mundo cada vez más antiliberal, de la Rusia de Putin a la China de Xi Jinping pasando por la Venezuela de Maduro y la Nicaragua de Ortega, la tentación en los países que todavía disfrutan de la separación de poderes y los derechos fundamentales individuales de caer bajo el influjo de la doctrina de Schmitt es muy fuerte. Como le explicaba Fernando Nolla a Mario Noya en una entrevista sobre su último libro, la UE es cada vez más un imperio burocrático y una dictadura de tecnócratas. Antes decía que no me refería a Pedro Sánchez para explicar en qué consiste la transmutación de un Estado de Derecho en un Estado de Excepción. Pero, hoy como ayer, una situación de emergencia social como una pandemia es un caldo de cultivo para que, con la excusa de la salud pública y la seguridad colectiva, se haga caso omiso de los controles institucionales y se vulneren los más básicos derechos humanos. De modo que un cierre ilegal del Parlamento, tal y como ha establecido el Tribunal Constitucional, no sólo no cause una sola dimisión en el Gobierno sino que sea recibido con un encogimiento de hombros por el conjunto de la población y el aplauso de la Academia cercana al régimen socialista, mientras que la mayor parte de la oposición mira hacia otro lado.

El libro de Schmitt no se llama Teología política por casualidad: cada vez más los representantes del Estado lo consideran Dios en la Tierra, con los ciudadanos convertidos en súbditos adoradores.

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