España no es mediocre

Santiago Navajas

Me encuentro en el muro de Facebook de un amigo un texto de Forges en el que defiende que España es un país mediocre porque, por ejemplo, "mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo trece veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado". Pero ni el texto es de Forges, ni están nuestros estudiantes a la cola del mundo desarrollado, ni España es un país mediocre.

El artículo, escrito hace unos años, en realidad es de David Jiménez y responde a la lógica periodística según la cual una jeremiada vende mucho más que un planteamiento objetivo a fuer de positivo. También responde a la dinámica ya no periodística sino humanística hacia el pesimismo y el negativismo extremos, ya que mientras en política se suelen premiar las prácticas centristas, hasta que llegó Donald Trump, en el plano intelectual los que alzan la cabeza en la avalancha de información y opinión son los que se deslizan hacia los extremos. Por otro lado, hay un masoquismo intelectual nacional que minusvalora los logros obtenidos como país mientras que sobrevalora los fracasos (esto es común a todos los países, quizá con la excepción de Francia). En resumidas cuentas, no dejen que la realidad les estropee una noticia.

Cualquiera que haya viajado por el mundo en los últimos veinticinco años habrá podido observar de primera mano el avance de España en todos los ámbitos, del económico al educativo, de las infraestructuras a los medios de comunicación. Como es obvio, hay matices que nos pueden gustar más en el comportamiento social de otros países –en comparación con el resto, los españoles no hablan entre sí, gritan–, pero allá donde los franceses son más elegantes y cultos, los españoles son más simpáticos y entrañables. En fin, cierta diversidad viene bien e incentiva el turismo.

En realidad, como decía, si hubiera que calificar a España con un excelente, un muy bien, un bien, un regular o un mal, creo que podríamos categorizarnos cerca de la excelencia, darnos un notable alto. Y no es que lo diga yo. Según The Economist, estamos entre las mejores veinte democracias del mundo. Es cierto que la incapacidad de formar Gobierno nos puede hacer perder alguna posición en ese ranking, pero eso es achacable fundamentalmente a esa pasión por la poltrona que ha demostrado Mariano Rajoy, incapaz de dar un paso al lado ante la evidencia de la corrupción en su partido.

Aunque se suele agitar el Informe PISA para despotricar del sistema educativo español, las críticas manifiestan más bien un desconocimiento sobre cómo leer estadísticas. Se confunde un puesto en una clasificación ordinal con la puntuación obtenida combinando la media con la desviación típica, de donde se sigue que el perfil que traza PISA sobre el sistema educativo español es positivo, homologable al resto de países avanzados y dentro de lo esperado a tenor de nuestro pasado educativo y nuestra situación económica. Además, como advierte PISA, nuestro sistema es de los más equitativos y eficientes, lo que es una virtud considerable porque tiene que bregar con una de las carencias españolas: el bajo nivel educativo de los padres. Es verdad que nuestras universidades no destacan en excelencia, pero es que en general los españoles tienen entre sus valores la igualdad a cualquier precio, y prefieren sacrificar excelencia a cambio de ofrecer más oportunidades a todo el mundo. Ello no es tanto por mediocridad como por igualitarismo, lo que no comparto pero entiendo. Aunque, de nuevo, se ha producido un avance tanto en investigación como en curriculum por parte de los estudiantes, que cada vez se forman más y mejor en el extranjero, lo que no es un problema, como se suele aducir, sino una oportunidad y una ventaja.

España destaca mundialmente en varios ámbitos. Gastronómicamente está en la cúspide; ya no es que en cocina creativa (de Ferrán Adrià a Quique Dacosta, pasando por los vascos Arzak, Berasategui y Aduriz) raye a gran altura: es que el nivel medio de la cocina española sólo es comparable al de la francesa o al de la italiana, de Aranda de Duero (el lechazo al horno de encina de Asador Rafael Corrales) a Peñíscola (el arroz Calabuch de Casa Jaime), lo que resulta clave, dado que una de nuestras principales industrias es la del turismo. En cuanto al deporte por antonomasia, sólo la Premier League puede competir en interés mediático con la Liga española, aunque esta es superior gracias al dominio de los equipos españoles, del Real Madrid al Barcelona, pasando por el Atlético o el Sevilla. No son ejemplos anecdóticos sino paradigmáticos.

Volviendo a los índices internacionales, que nos dan una visión más en conjunto y objetiva, el de prosperidad que elabora el Instituto Legatum nos sitúa entre los veinticinco primeros países del mundo. Estamos en mejor situación que los demás PIGS, países con una tradición cultural y económica similar; mejor incluso que Italia, sí, que hasta hace poco era bastante superior en todos los sentidos, y nos acercamos a Francia, Alemania y Gran Bretaña. El objetivo de los países nórdicos todavía parece bastante lejano, pero si tenemos en cuenta el desarrollo económico, social, cultural y moral de los últimos veinte años no hay motivo para no ser moderadamente optimistas sobre la situación del país y su próxima evolución.

Una antigua bendición matinal judía decía: "Gracias Dios por no haberme hecho un gentil, una mujer o un esclavo". No es que al levantarse los españoles tengan que agradecer al Creador el no haberlos hecho venezolanos, coreanos (del Norte) o rusos, pero tampoco es para que se flagelen con el látigo de la presunta mediocridad. En el caso de nuestro país, cualquier tiempo pasado fue peor y hay razonables perspectivas de que el ciclo positivo no se ha acabado, todo lo contrario. Pacto entre PP y Ciudadanos mediante.

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