Elogio y refutación del escrache

Santiago Navajas

Empecemos por el elogio del "escrache". Dada la bunkerización de la clase política española, refractaria al contacto con el pueblo que representa, aislada en su burbuja de listas cerradas, endogamia corruptora, partitocracia electoral y sometimiento a unos lobbies que tienen capturado al legislador, no está mal que de vez en cuando no tengan más remedio que escuchar las reclamaciones de aquellos a los que sistemáticamente les tienen negada la voz y el voto salvo "por los procedimientos establecidos". La comparación de la situación española con los debates y las primarias que se producen en EEUU o la "democracia directa" de Suiza produce a los que tenemos ideología liberal, y por tanto creemos firmemente en el valor de la espontaneidad social tanto en lo político como en lo económico por encima del seguro despotismo de unos presuntos ilustrados, una indignación moral que nos hace acordarnos de las invitaciones al tiranicidio de Juan de Mariana, la apología que hizo de John Locke de la "Gloriosa Revolución" o la defensa de John Adams de los que participaron en la "revuelta del té". O el divino cabreo de Jesús con los mercaderes al profanar lo sagrado del templo.

Si a esta indignación moral por la miseria política e intelectual de unos partidos encenagados en el capitalismo de amigotes y la democracia vendida al mejor postor, le sumamos la empatía hacia todos los que han sido vilmente engañados por unas promesas de enriquecimiento que no sólo no se han producido sino que los han llevado a la ruina, hace falta ser muy snob, muy botarate o muy ambas cosas para no comprender a todos aquellos que les gritan su desesperación a los que llevan toda la vida montándose en el coche oficial, sin más mérito que haber conducido a todo el país al desastre.

La cuestión no está, por tanto, en el "escrache" en sí sino en sus límites. Porque tan miserables son los políticos que se blindan tras sus congresos "a la búlgara" y sus "hay imputaciones e imputaciones" como aquellos que pretenden aprovecharse del dolor ajeno para sus rencillas personales y sus intereses de baja estofa ideológica. Reconocía Isaac Rosa que el "escrache" que aplaudía era ilegal, violento. Que no querría sufrirlo.... "pero, ¿y qué?", en la senda de Lenin cuando escupía su "Libertad, ¿para qué?". Precisamente porque el "escrache" es "acoso" no debe traspasar jamás una línea que es la del respeto a la persona aunque no a sus ideas. Incluso entre mafiosos se han de cumplir unas reglas de reciprocidad. Una situación tan dramática económicamente como vivimos es caldo de cultivo para incendiarios como Isaac Rosa, que incitan a la violencia porque creen que la lucha de clases es el motor de la historia y disfrutan con el guerracivilismo de la dialéctica amigo/enemigo, la esencia de la política para los extremistas de derecha como Carl Schmitt o de izquierda que, como Almudena Grandes, quisieran fusilar o lanzar "torrijas molotov" a los que no están en su bando (pido perdón por colocar al filósofo y a la novelista en la misma frase).

Entonces, "escrache", sí... pero marcando líneas rojas. Un ejemplo, fíjense en cómo gritan y patalean a la llegada del ministro Wert que iba a impartir una conferencia. La clave está en el momento 01:15, cuando toma la palabra el presentador del acto. En ese momento, las protestas, los cánticos, los gritos debían haber cesado de forma inmediata. Porque nunca jamás se debe hacer uso de un derecho, como es el de crítica, para vulnerar otro, en este caso la libertad de expresión de Wert. Y posteriormente, en el turno de preguntas plantear argumentativamente las reivindicaciones (esa es otra, ya que los políticos españoles se han acostumbrado a conceder graciosamente ruedas de prensa sin preguntas, lo que es un insulto a los periodistas y un desprecio a los ciudadanos que tienen derecho a ser informados de una manera crítica, no mediante propaganda).

En cuanto a la forma de "acosar" al político de turno hay que distinguir entre su lugar de trabajo –ya sea el Congreso o el ayuntamiento– en donde tiene cabida una protesta popular (¿cuándo ha recibido un parlamentario español en su despacho a sus representados como hacen en Estados Unidos?) y su domicilio privado, que es sagrado.

Nos encontramos con la Escila de la ilegitimidad de una democracia secuestrada por unos políticos sumisos a la jerarquía partidista que no se combate, sin embargo, desde la Caribdis de un matonismo populista que no tiene ni rastro de legitimidad. La democracia española, por tanto, bascula entre un sistema contaminado por unos políticos en cuarentena y un movimiento popular escrachero y matón. Un "escrache" que en su forma actual resulta ser el síntoma de la enfermedad intelectual de la ultraizquierda: su concepción de la política como un juego de guerra y suma cero. El problema fundamental de la política izquierdista es esa mezcla de idealismo juvenil y pobreza intelectual. Es la ventaja de la derecha habitual: cero idealismo... Pero si al idealismo y la pobreza le sumamos el resentimiento de Sartre cuando defendía que "no hay forma de derribar la sociedad moderna si no es mediante la violencia", entonces veremos como protestas duras pero asumibles derivan en kale borroka.

El "escrache" es una manifestación de expresión popular en un momento en el que el pueblo ha sido despojado de sus cauces de participación. Como dice Juan José Sebreli sobre el caso argentino: "Cortar las calles me parece incorrecto. Pero si no tengo luz durante 5 días, es probable que vaya a cortar la calle". Vivimos en una democracia, sí, pero a la que le han cortado la luz durante demasiado tiempo. No es una democracia liberal, dado que la separación de poderes está en solfa, el mercado está intervenido por las grandes corporaciones y los derechos individuales, en consecuencia, se ven cercenados ante la arbitrariedad y el capricho de un poder político-económico que sólo cuida de sus intereses. En este contexto, es fácil que el populismo barriobajero tanto de la extrema derecha como, en España sobre todo, de la extrema izquierda derive en un peronismo tan folclórico como peligroso. Por ello es labor de los liberales no satanizar el "escrache" sino hacer pedagogía del mismo, para que las protestas populares conduzcan hacia reformas liberales y no hacia un tan irresponsable como casposo "¿y qué?". Es hora de liberarnos de las grilletes, no de volver a gritar "¡vivan las caenas!". Es el momento de ser liberales de una vez por todas, es decir, racionalistas e ilustrados, tan corteses como valientes, tan educados como contundentes.

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