El Real Madrid y el multiculturalismo

Santiago Navajas

La decimocuarta Champions del Real Madrid ha sido la más hollywoodiense de todas: un equipo menospreciado por los expertos, un entrenador al que se daba por jubilado, unos adversarios patrocinados por los petrodólares, contra unos sistemas de juego diseñados por gurús como Guardiola, Klopp y Tuchel… El Madrid parecía la víctima propiciatoria para ser arrasado por la tripleta Messi-Neymar-Mbappé, el panzer muniqués, el dominio geométrico de la posesión del City o el gegenpressing del Liverpool. Sin embargo, de remontada febril en remontada agónica, combinando una planificación exquisita de la temporada y una fe inquebrantable en la victoria, el Real Madrid se paseó por la Liga con la holgura suficiente para llegar a la final de Champions con una combinación magistral de veteranía y juventud, de talento y ambición, y ganarla con suficiencia ante un equipo brillante pero que se tuvo que rendir al superior conocimiento del fútbol de profesionales con causa liderados por Ancelotti, un veterano zorro, y Florentino Pérez, el viejo león acosado por hienas y chacales que todavía mantiene, sin embargo, el coraje y la lucidez que les falta a los tolilis de la UEFA y demás perritos falderos, zoquetes, anormales, amargados, golfos, miserables, tontos, estafadores, locos, imbéciles, enfermos, mierdas e inútiles que pululan por el mundillo futbolero.

Como guinda, un gol injustamente anulado por el VAR y un estadio acosado por bandas de magrebíes y subsaharianos a la caza de carteras que robar, puertas que saltar y mujeres que manosear. Martin Varsavsky, un progresista empresario argentino afincado en Europa hace lustros, relataba el horror que habían sufrido los espectadores en el "no go zone" parisino.

¿Racismo contra los europeos? Es una expresión equívoca porque lo que se ataca no es tanto a los europeos como etnia, sino cierta idea de Europa. Y no precisamente por los inmigrantes magrebíes y subsaharianos, sino por las élites ideológicas europeas que venden el bálsamo de Fierabrás del multiculturalismo para enfrentar el problema de la llegada a Europa de cientos de miles de individuos desde países donde jamás han oído hablar de Sócrates, la tolerancia, la Ilustración, no digamos la democracia representativa, los derechos humanos y el feminismo.

Para los defensores del multiculturalismo, todos los valores son iguales: la libertad pesa tanto como la sumisión, el libre pensamiento como la servidumbre intelectual, la igualdad como la discriminación, el topless como el burka. Según los multiculturalistas, exigir el respeto a normas universales, por muy razonables que sean, es un paradójico atentando contra los derechos humanos de aquellos que desprecian la misma noción de derechos humanos. Para muestra, lo que acaban de hacer los ayuntamientos progres de Grenoble y Elche permitiendo que las mujeres musulmanas tradicionalistas se pasen por el forro del burka el código de vestimenta en las piscinas públicas, que exige bañador corto por una cuestión de higiene. Se les permite en nombre de la cobardía multicultural, no de la tolerancia civilizadora. Y le importa tres cominos a la izquierda pija occidental que en las piscinas públicas se permita bañarse en burka porque, como cantaba Radio Futura,

en las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol.

Se entiende que chicas multiculturales y millonarias que leen a Judith Butler y beben gintonics con cosas. Las chicas de barrios obreros, que no pueden permitirse un chalet con piscina en Galapagar, que chapoteen en piscinas multiculturales sin normas mínimas de higiene.

No, el problema no son los inmigrantes magrebíes y subsaharianos que asolan barrios enteros de Europa. El problema lo constituye la élite intelectual europea que defiende el multiculturalismo: la idea de que no existe la civilización sino un batiburrillo de culturas, todas iguales. Que el muy europeo, romántico e irracionalista paradigma del multiculturalismo iba a hundir Europa, sobre todo a los más vulnerables, lo advirtió Alain Finkielkraut en La derrota del pensamiento. Desde 1987, la élite progresista no ha aprendido nada, en sus barrios blindados de marfil, con sus dietas veganas y sus clases de yoga cuántico. Cuando dicha élite progre sale de sus urbanizaciones vigiladas por la Guardia Civil, sus colegios privados a ser posible religiosos, su New Yorker, y se dirige con sus entradas de 2.000 euros a una final de Champions en un barrio del extrarradio, se sorprende porque la atracan y manosean. Bienvenidos al multiculturalismo.

En el once inicial del Real Madrid en París sólo jugaba un español, Carvajal. Pero para los madridistas, un equipo siempre a salvo de virus nacionalistas y complejos de paletos, la universalidad, no el multiculturalismo, es su horizonte ideológico. Da igual que seas negro o blanco, cristiano o musulmán, de Madrid o de Moscú: si juegas bien al fútbol, sientes los colores y lo ambicionas todo, este es tu equipo. Sólo hay un límite: el respeto a los valores superiores futbolísticos. Que jueguen negros y blancos no significa que sea un valor que haya presencia multirracial: como si los once son negros, blancos o violetas. Futbolista negro, futbolista blanco, lo importante es que la enchufe en la portería contraria (parafraseando a Felipe González cuando citaba a Deng Xiaoping).

El Real Madrid no es un ejemplo de multiculturalismo, sino de civilización. De la abismal diferencia entre la asimilación y la integración. Esta analogía entre la composición étnico-cultural del Real Madrid y las que vivimos en las sociedades occidentales es reveladora: el Madrid expulsaría a cualquiera que no respetase las normas de la civilización, sea cual sea su etnia/cultura/religión. Véanse los Ultras Sur.

Advertía Finkielkraut en 1987:

Cada vez son más numerosos los que desenfundan su cultura cuando oyen la palabra pensamiento.

En 2022, además de desenfundar cultura, los multiculturalistas sacan de paseo identidades sentidas, experiencias vividas y cancelaciones, muchas cancelaciones, a todo el que se atreva a seguir enarbolando la bandera del pensamiento. Casi cualquier cultura tiene una versión civilizada y otra bárbara. La cuestión es si consentimos tanto la civilizada como la bárbara, como defienden los multiculturalistas. Si una cultura no tiene una versión de sí misma civilizada, entonces esa cultura es criminal.

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