El 'coño' de Ada Colau

Santiago Navajas

A los diputados de Podemos en el Parlamento Europeo les gusta dejar las puertas de sus despachos entreabiertas para que todo el mundo advierta la música que escuchan. No a Mozart o Bach, esa música pretenciosa para elitistas que quieren pasar por cultos, sino el rap lumpen de Los Chikos del Maíz o el punk proletario de Sin Dios. Para estos grupos declaradamente antisistema no se trata de hacer música, como es el caso de las bandas burguesas (de Mecano a Radio Futura, la Movida es su némesis), sino ruido anticapitalista para provocar una alerta antifascista. Stalin escribió una crítica contra Shostakovich titulada "Caos en lugar de música". Pero Koba era tan temible como viejuno y no entendía que de lo que se trata es de hacer tanto ruido que se produzca un caos que se lleve por delante las instituciones, la casta y ese último reducto del fascismo que es el solfeo.

De los titiriteros de Manuela Carmena a la poeta de Ada Colau, pasando por las nudistas de Rita Maestre, la estrategia subyacente a la extrema izquierda en el poder es la misma: subvertir desde dentro la libertad de expresión, difuminando los límites de la misma, hasta que al final no signifique nada. Cabe sospechar que el lapsus de Pablo Iglesias, en el debate de la Universidad Carlos III, no fue tal sino una broma a costa de Immanuel Kant, que no escribió, obviamente, la Ética de la Razón Pura sino ¿Qué es la Ilustración?, un texto en el que definía muy claramente las condiciones de expresión libre del pensamiento. Para el filósofo liberal, el límite de lo que puede decirse depende del contexto institucional en el que se dice. En cuanto uno ejerce un cargo, el límite viene dado por las obligaciones de la institución que representa. Ahora bien, en cuanto particular, uno puede defender lo que le venga en gana (con otro límite que el filósofo alemán da por supuesto, aunque a nuestros chikos del maíz también le parecerá un capricho burgués: la cortesía y el respeto a la dignidad de los demás).

Si el padrenuestro de Dolors Miquel hubiese sido leído dentro de un Taller de Literatura Blasfema organizado, es un decir, por el Centro para la Adoración Nudista de Satán, y al mismo se hubiera apuntado Ada Colau a título particular, no habría nada que objetar. Hay gente pa to y si ancha es Castilla, no menos va a serlo Cataluña. Si alguien, católico o no, no gusta, ya sabe lo que ha de hacer, como advertía Ana Torroja a los homófobos en "Mujer contra mujer". Pero que en un acto institucional –al que se está obligado a asistir por protocolo y en representación de todos y todas, creyentes y ateos, culés y madridistas, altos y bajos, vegetarianos y omnívoros– se permita y jalee por parte de la alcaldesa semejante agresión simbólica no sólo no está cubierto por el paraguas de la libertad de expresión, sino que supone un ataque, otro más, a los fundamentos liberales de la convivencia democrática. Ada Colau no ha faltado al respeto a los católicos, sino a toda la ciudadanía, convirtiendo un acto institucional en un agitprop deleznable. No lo duden, se trata de torturar mentalmente y humillar a los disidentes de sus dogmas ultraizquierdistas hasta que se sometan, vía acatamiento pasivo o ironía autosuficiente.

También hay algo de pataleta contra ellos mismos. Muestran estos gestos histéricos una necesidad de afirmarse en el concepto infantil y primario que tienen de la radicalización. Convertidos de la noche a la mañana de revolucionarios en casta, temen estar siendo domesticados por los mismos a los que pretendían sojuzgar. Que en lugar de comerse el mundo, el mundo se los esté merendando. Por ello, de vez en cuando, elevan el tono de voz y gritan "¡coño!" o enseñan las tetas, para épater le bourgeois y asustar a las abuelas que llevan a los niños a las cabalgatas de Reyes.

Pero no debemos ser condescendientes ni bajar la guardia ante los chikos del maíz, de la cachiporra titiritera o los poemas blasfemos. Le gusta a Pablo Iglesias contemplarse a sí mismo como si fuera Clint Eastwood entrando en el hotel de Sin perdón y preguntando: "¿Quién es el dueño de esta pocilga?". Sólo que la pocilga es, en este caso, las instituciones democráticas en las que chapotean encantados de conocerse, del Parlamento Europeo al español, pasando por el Ayuntamiento de Madrid y el de Barcelona. Lo malo no es que no tengan educación, sino que, habiéndola conocido, se rían de ella, la boicoteen y la hundan en el desprestigio. Por si no lo saben, los chicos del maíz que tanto admiran proceden de un relato de Stephen King en el que una banda de adolescentes, poseídos por un espíritu siniestro, asesinan con ritos dantescos a unos desprevenidos adultos. Nuestros chikos del maíz no pararán hasta que Sin Dios sea no sólo un grupo musical de pacotilla sino una triste y sangrienta realidad. Entonces nuestro país se habrá convertido realmente en una pocilga y no habrá libertario Clint Eastwood que lo remedie.

A continuación