El cholismo, fase superior del mourinhismo

Santiago Navajas

La noche en que el Atlético eliminó merecidamente al Bayern de Múnich, uno de los trending topics en Twitter fue "Mourinho". El entrenador portugués se ha convertido en una leyenda futbolística y es objeto de debate incluso cuando no juega, del mismo modo que el Cid Campeador ganaba batallas después de muerto. El Atlético ha pasado a la final de la Champions con un estilo ultradefensivo y Simeone arreando hasta a su delegado de campo. Lo llega a hacer Mourinho y se tiene que exiliar de Europa. Parafraseando a Lenin, el cholismo es una fase superior del mourinhismo.

Guardiola, sin ir más lejos, puso de ejemplo la eliminatoria que perdió contra el mourinhista Chelsea, que dirigía interinamente Di Matteo, como modelo de su enfrentamiento contra el Atlético de Simeone. Y es que el estilo de juego del Atlético encuentra su referencia defensiva en el modo en que el entrenador portugués opuso una idea del fútbol al entrenador blaugrana, tanto en su paso por el Chelsea como en el Inter de Milán y el Real Madrid, con la que derrotó a la apuesta ofensiva y de control del balón que –en la estela de Cruyff y Sacchi– Guardiola llevó a cabo en el banquillo del Nou Camp.

A diferencia del clásico catenaccio a la italiana, Mourinho transformó una apuesta defensiva a fuer de pasiva en una concepción según la cual el mejor ataque es una defensa dinámica, en la que la intensidad rozaba la agresividad y el orden táctico se articulaba a través de un esfuerzo extenuante y una combinatoria de ayudas entre los jugadores, para equilibrar el flujo permanente de la pelota en rondos geométricos con los que el Barcelona suele agotar, marear y confundir a las defensas contrarias cuando su juego posicional no es lo suficientemente basculante y las ayudas no se articulan dialécticamente. Frente a la engañosa y fraudulenta estadística de posesión de la pelota, habría que elaborar un índice para medir la posesión del espacio de juego.

La concentración moral y el compromiso ontológico tanto de Mourinho como de Simeone con la victoria contrastan con una visión más utópica e idealista de Guardiola, para el que ganar no sería sino el corolario lógico de su imperativo futbolístico: jugar bien al fútbol (donde sólo cabe una forma de jugar bien: la suya). Como si fueran una reedición de Platón y Aristóteles saliendo de la Academia tal y como los pintó Rafael, Guardiola considera el fútbol desde la Idea mientras que Simeone lo hace desde los jugadores disponibles. Mientras que Guardiola exige a sus jugadores que se adapten a dicha Idea, Simeone, como en su momento Mourinho, es mucho más flexible porque considera que en primer lugar están los jugadores, a partir de los cuales, de sus características y capacidades, se habrá de establecer una manera de jugar al fútbol. Y como los jugadores son, en principio, infinitos, también serán infinitas las maneras de jugar al fútbol.

Si la Holanda de Rinus Michels se ganó el apodo de la Naranja Mecánica, la defensa convertida en un arte táctico por parte de Simeone podría denominarse la Legión Mecánica: una elaborada maquinaria en la que la fuerza se articula a través de una finezza en los cruces y las combinatorias de asociaciones defensivas para desarticular cada una de las situaciones ofensivas enemigas. Y desarrollar vertiginosamente Blitzkriegs (ataques relámpago) como el que protagonizaron Torres y Griezmann en el gol colchonero en el Allianz Arena. El auténtico legado de Simeone en el Atlético es que ha transformado su Weltanschauung, su visión del mundo y su talante ante las circunstancias adversas. Sigue siendo el equipo de la gente que se siente humilde frente a la pose de grandeur del Real Madrid. Pero al obrerismo del Atleti el entrenador argentino le ha quitado el habitual postureo cutre-victimista de la afición colchonera para dotarle de cierta elegancia épica enfundado en trajes slim fit de riguroso negro.

A diferencia de la agresividad mediática de Mourinho, que no rechaza el cuerpo al cuerpo, todo lo contrario, con la prensa enemiga que le ha declarado odio eterno, Simeone ha cambiado la filosofía a martillazos que propugnaba Nietzsche, el referente filosófico del portugués, por la táctica de su discípulo Ernst Jünger, que en su libro La emboscadura recomendaba vivir la libertad a la manera de los antiguos, lejos de los poderes establecidos. En este caso, el poder de la prensa deportiva que tanto daño le ha hecho al Real Madrid, convirtiendo a alguna de sus estrellas en parásitos del vestuario. Como advertía Jünger,

no hay la menor duda de que saldrá de los reinos de los Titanes adornado con una libertad nueva.

Y no hay mayor Titán en el fútbol contemporáneo que Diego Simeone. En consecuencia, y como no podía ser menos, su grandeza ha desatado irremediablemente una conjura de necios. Sobre todo proveniente de La Masía, la escuela futbolística del F. C. Barcelona que ha devenido una especie de secta futbolística que trata de imponer un discurso unidimensional y empobrecedor, además de torticero y banal, según el cual sólo habría una manera legítima de jugar al fútbol, la descrita por ese horrible término tiquitaca. Xavi Hernández, más guardiolista que el propio Guardiola, ha declarado:

Un equipo grande no puede jugar como el Atlético de Madrid. Yo no disfruto viendo a gente que se encierra. El Mundial lo ganamos ganando 0-1, 1-0, 0-1... pero jugando bien al fútbol.

Pero el fútbol es un deporte complejo y flexible, donde cabe un pluralismo que lo enriquece. Que Xavi desprecie un estilo de juego que ha dejado por el camino al PSV de Philip Cocu, al Barcelona de Luis Enrique y al Bayern de Guardiola muestra tanto una limitación intelectual como una soberbia futbolística que revela las limitaciones de la escuela catalana, además del fraude de sus pretendidos valores de humildad y respeto al contrario. La intransigencia de Xavi ante otros modos de jugar el fútbol es como si apreciar una película que ganara el Óscar de Hollywood te convirtiera en un ciego respecto de la Palma de Oro en el Festival de Cannes. O viceversa. Simeone es la refutación de la Masía en el sentido de que hay más fútbol en el planeta del que enseñan en las aulas catalanas, y de ahí que ese modelo fuese derrotado en cascada. Ante Barça y Bayern, 25% de posesión del balón para los madrileños. Todo apostado al juego posicional y al contragolpe.

En cuanto al Madrid, ha vuelto con Zidane a su tradición futbolística, vinculada a los grandes jugadores y refractaria a cualquier consideración colectiva. Anárquico e inconstante, el Real Madrid le puede ganar a cualquiera y también, en un ataque de indolencia de sus estrellas, puede perder con cualquiera. Ahora bien, dicha incertidumbre no es arbitraria sino que se corresponde con el ánimo con el que saltan al campo sus jugadores. Y en las exigentes finales, que es cuando los futbolistas de verdad se la juegan, para los madridistas los retos más estresantes se transforman en aristocráticos duelos de caballeros medievales. El Real Madrid es el peor enemigo posible en una gran final porque hasta el último minuto sus jugadores se sienten dueños del trofeo. Que se lo digan al Atlético de Madrid de hace un par de años ante el cabezazo in extremis de Sergio Ramos. Pero ahora el Atlético es tan aguerrido como en la final perdida pero mucho más sabio. Aunque la eliminatoria está equilibrada, sólo una banda anárquica pero con chispazos de genialidad como el Madrid puede vencer a la Legión Mecánica de Simeone. El Atlético es un equipo sublime con jugadores medianos. El Real Madrid, un equipo mediano con jugadores sublimes. En cualquier caso, y gane quien gane, la gran triunfadora será la ciudad polivalente, plural y vibrante de Madrid frente al casticismo, provincianismo y cerrazón de Barcelona.

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