Donald Trump y Elvira Lindo: la bestia y la bella (alma)

Santiago Navajas

Donald Trump no ha traído la miseria a la política. Sólo la ha mostrado explícitamente en todo su esplendor tenebroso. Pero la debacle moral y la quiebra política del sistema social norteamericano se fraguó en años previos, como muestra el hecho de que fue durante el mandato de Obama que los Estados Unidos perdieron la categoría de democracia plena en el Índice de Democracia de The Economist. Porque si malo fue el ascenso de la mojigata y reaccionaria derecha norteamericana, peor fue la emergencia de una izquierda violenta y totalitaria que, enarbolando la bandera de la sentimentalidad, y haciendo del victimismo espurio un método de dominación cultural, dinamita los fundamentos del Estado de Derecho, los principios del conocimiento racional y las bases de la convivencia cívica.

Un ejemplo de cómo la izquierda está tratando de que la calumnia y el acoso sean considerados herramientas legítimas de la actividad política y la acción periodística la encontramos en el artículo que Elvira Lindo ha publicado El País titulado "Orgulloso de ser un hombre blanco". En Estados Unidos, el candidato propuesto por Donald Trump para el Tribunal Supremo ha sido acusado por una mujer de haberla acosado sexualmente hace casi cuarenta años, cuando ambos eran estudiantes. Es un caso de testimonio contra testimonio, complicado por los años transcurridos y la delicuescencia de la memoria, además de que no haya ningún testigo de lo que sucedió ni nadie de aquella época que testimonie sobre los sucesos cuestionados y las contradicciones de la acusadora. Del testimonio de la presunta víctima se puede creer que efectivamente le sucedió algo terrible, pero de la declaración del presunto culpable también cabe creer con una alta probabilidad que no tuvo nada que ver con el delito en cuestión. Es decir, en la situación actual, y mientras el FBI sigue investigando, los indicios y evidencias no permiten condenar al candidato a juez del Supremo, ya que la presunción de inocencia en un Estado de Derecho exige que las pruebas de la acusación tengan un peso probatorio más allá de toda duda razonable.

Hasta aquí lo evidente dentro de la cultura política liberal. Pero Lindo, como la mayor parte de la prensa norteamericana progresista y haciendo uso de las mismas "malas artes" que atribuye a Trump, olvida lo de presunto para sumariamente darlo por condenado, basando su acusación únicamente en el testimonio de la acusadora, que sería decisivo para la escritora no en cuanto que indudable en sí sino porque es dicho por una mujer.

¿Y por qué el testimonio de una mujer debería de contar automáticamente como superior epistemológica y moralmente al de un hombre? Es entonces cuando Lindo se desliza por la pendiente resbaladiza de las falacias ad hoc. Resulta que el juez en cuestión perteneció a un club cuyo lema era "Orgulloso de ser un hombre blanco" (no he encontrado ninguna fuente que lo confirme; sí, esta información de Yale News, que hace una pirueta periodística al estilo de las fake news para tratar de mancillar a Kavanaugh con una acción machista de alguien de su hermandad), lo que le hace culpable del crimen de ser un hombre blanco, un privilegio que funciona dentro de la ideología de la identidad al estilo del pecado original en el cristianismo, una tara que uno tiene de manera innata, simplemente por existir. Si las mujeres no nacen sino que se hacen, que decía Simone de Beauvoir (como si las mujeres fuesen espíritus de luz, sin mancha de carnalidad ni materia), para las feministas radicales los hombres blancos sí que nacen culpables y no pueden hacer nada por borrar dicho privilegio, por mucho que hagan para remediarlo. Calificar al juez en la picota de "pijo" y "señorito" es tan arbitrario, demagógico y vil retóricamente como si alguien se refieriese a la propia Lindo como una choni poligonera con ínfulas académicas. En cualquier caso, sí que parece carcomida por el mismo resentimiento que transfiere psicoanalíticamente a los demás.

No, no ha sido la abyección del votante republicano lo que ha llevado a Trump empresario al poder a Estados Unidos. ¿Nunca se cansarán las almas bellas socialdemócratas de creer que los demás son unas bestias sanguinarias? El triunfo de Trump se debió en gran parte a la reacción de muchas personas de bien atrapadas en un dilema atroz. Entre el Escila de la vulgaridad, la misoginia y el barbarismo, que encarna Trump, y el Caribdis de la miseria moral, el sentimentalismo criminal y el totalitarismo larvado en personajes autoerigidos en inquisidores full time como Lindo, que dominan la academia universitaria y los medios de comunicación progresistas, ¿por cuál opción se hubiese decantado, estimado lector? Y es que entre el vozarrón políticamente incorrecto de Trump y la meliflua vocecilla plagada de lugares comunes de Lindo, lo que Hannah Arendt denunció como la base lingüística de la banalidad del mal, la decisión es difícil, dura y dolorosa. En el caso americano, venció la brutalidad a la hipocresía, la sinceridad despiadada al postureo solidario y el mal evidente antes que la maldad taimada. Quizás existe un mundo posible en el que no haya que lidiar con la suciedad política de los Trump o el supremacismo moralista de las Lindo. Pero aquí y ahora no hay más remedio que ensuciarse las manos en las cloacas de la realidad mediática mientras seguimos trabajando para que ni la derecha reaccionaria ni la izquierda reactiva consigan socavar el sistema de libertades.

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