Domesticación

Santiago Navajas

Fíjense en la especie humana. ​​El homo sapiens lleva milenios autodomesticándose. Nos hemos vuelto más civilizados. ¿Cómo? A través de la educación (adoctrinamiento, concienciación, como prefieran llamarlo) y, sobre todo, matando a los peores de nosotros. Somos como perros respecto a nuestros antepasados lobos. Todavía en tiempos de Hobbes la proporción de lobos era significativa. Homo homini lupus. Y hoy sigue dominando en buena parte del planeta. Pero nos estamos transformando de lobos hobbesianos en perros, más pacíficos, más cooperativos, más sociales. Nada que objetar, salvo que en Europa, sin embargo, cierta domesticación ideológica pretende que nos reduzcamos a ser perritos falderos.

Lo que se conoce como "guerra cultural" consiste básicamente en que unos grupos sociales e ideológicos tratan de domesticar a otros a través del sistema educativo, los medios de comunicación y las instituciones políticas y económicas. Cuando los segundos se resisten a la domesticación ideológica y cultural se les suele llamar genéricamente "negacionistas", como si fuese igual negar la existencia del Holocausto que discutir los infinitos decretos-ley de Pedro Sánchez. Si se produce la rendición y finalmente se consiente con ruedas de molino, dogmas y mitos de una parte, se le llama "paz social" y "consenso científico". En cualquier caso, estamos hablando de dominación cultural.

Paradójicamente, el campo de la derecha parece haber dejado de creer en el poder de la cultura para cambiar el mundo. Se limitan a lo que denominan "gestión", una mezcla de burocracia y técnica. Pero, ¿qué gestionan? El mundo que va construyendo la izquierda, la cual abandonó el materialismo marxista clásico para abrazar las tesis de Gramsci y Bordieu sobre la relevancia de las ideas y los símbolos. Gramsci lo llamó hegemonía. Para que se nos entienda, Matrix. Ya no se trata de asaltar el Estado como Lenin en 1917 (teorizado por el comunista ruso en El estado y la revolución), sino de asaltar la sociedad civil (como defendía Gramsci en Cuadernos de la cárcel). Por ejemplo, dar un golpe de Estado para implantar la república nacionalista en Cataluña es imposible, pero implantar un régimen ideológico en el sistema educativo, a través de la inmersión lingüística, es posible. El objetivo fundamental no es que hablen en catalán, esa es la excusa, lo importante es que piensen en clave nacionalista y socialista para que las palabras "España" y "democracia liberal" les parezcan a los niños, inmersos en el catalán hasta el ahogamiento y abducidos en el social-nacionalismo, como a un vampiro el ajo y la cruz.

La última entrega del Matrix ideológico es la Ley de Memoria Histórica. El PSOE ha sido hábil en su pacto con Bildu porque ha puesto el foco en el blanqueamiento del pasado etarra para que no sea un lastre en las expectativas electorales de sus herederos. Pero el objetivo de los socialistas es fundamentalmente trucar su propio pasado, difuminando en una ambigua "lucha antifranquista" tanto a los que pretendían implantar una democracia liberal como a los que -socialistas, comunistas y anarquistas- aspiraban a una dictadura al estilo soviético ("democracia popular" lo llaman) o una anarquía revolucionaria permanente. La Ley de Memoria Histórica y Democrática de Andalucía, aprobada con la abstención afirmativa del PP, dice defender a

«Quienes lucharon contra la Dictadura franquista en defensa de las libertades y derechos fundamentales de los que hoy disfrutamos»

Pero, ¿alguien exige al PSOE que denuncie a todos aquellos que en su organización lucharon contra la dictadura franquista, pero con el objetivo de implantar la dictadura bolchevique que había sido jaleada por sus cuadros largocaballeristas? Antes renunciará Abel Caballero a sus mil millones de bombillas navideñas.

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