De toros, comunistas, putas y limpiabotas

Santiago Navajas

Del mismo modo que la prohibición de la Fiesta Nacional en Cataluña no tenía nada ver con el aducido "maltrato animal" sino con lo que significa nacional en relación a las corridas, la retirada de la subvención a la Escuela Taurina de Madrid Marcial Lalanda por parte del gobierno de extrema izquierda de Manuela Carmena no es un ataque a la tauromaquia sino que forma parte la estrategia de tierra quemada contra los adversarios políticos de la derecha.

Si, como decía el adalid filosófico del PSOE en los 80, José Luis Aranguren, lo importante es el talante, analicemos la disposición moral de aquellos que desde el nacionalismo y la izquierda pretenden cercar con un cordón sanitario a todos los que no comulguen con sus dogmas. En su carta-bomba periodística a Félix de Azúa, el editor Manel Martos, además de comparar al nuevo académico de la Lengua con un perro, termina haciéndose un lío y compara a los catalanistas con los comunistas de Enver Hoxha, el sanguinario dictador estalinista-maoísta (sic) que impuso un totalitarismo en Albania. Queda por aclarar si el papel de Hoxha en una Cataluña independentista sería más bien para Junqueras o para Romeva, porque el destino del burgués Artur Mas está más claro: un paseo hasta Suiza.

Lo que enlaza el nacionalismo catalán con la izquierda española es su querencia prohibicionista. Si Manel Martos quisiera que Azúa no volviese a pisar tierra catalana, Manuela Carmena pretende asfixiar económicamente a los seguidores de la tauromaquia. Eliminar subvenciones es liberal, pero hacerlo de una forma sesgada, arbitraria e ideológica no sólo es antiliberal sino antidemocrático. Carmena y su equipo de extrema izquierda han adoptado el punto de vista de aquella ministra de Zapatero que creía que el dinero público no es de nadie. De donde se sigue, según su lógica torticera, que pueden hacer con el mismo lo que quieran, siguiendo el criterio del nepotismo y el sectarismo.

Dicha animadversión hacia todo aquello que se sale de sus estrechos puntos de vista (in)morales, los catalanistas y la izquierda dominante extraen como consecuencia (i)lógica que hay que acabar con aquello que ofende su susceptibilidad moral, a medio camino entre Torquemada y la Señorita Rottenmeier. Con el talante del inquisidor español y la dominante institutriz alemana, la feminista Lidia Falcon le cantó las cuarenta a la mismísima Amnistía Internacional cuando la asociación que más lucha en defensa de los derechos humanos por todo el mundo apoyó la legalización de la prostitución, como una defensa de la libertad individual para realizar el proyecto vital que uno estime más oportuno, así como la manera más eficiente de luchar contra el tráfico de personas. En el argumentario de Falcon destaca un término: decente. Siempre que alguien pretende restringir los derechos y la libertad lo hacen en nombre de la dignidad o de lo decente. La misma decencia que les lleva a escribir el término libertad entre comillas. Para la izquierda, tanto la realidad como la libertad, además de la verdad, son entidades sospechosas que hay que escribir siempre entre comillas.

La guinda del pastel liberticida la ha puesto este fin de semana Juan José Millás en el suplemento de El País cuando se pregunta si deben prohibirse… ¡los limpiabotas! En América, América contaba Elia Kazan la historia de un joven turco que prefería emigrar a los Estados Unidos que quedarse en su país. La última secuencia de la película nos muestra a su joven protagonista entusiasmado ganando unos dólares trabajando precisamente de limpiabotas. ¿Cómo preferiría ganarse la vida, estimado lector, limpiando zapatos o emborronando cuartillas como Juan José Millás? A través de su digno (sin comillas) trabajo, un limpiabotas está mucho más cerca del espíritu de la Real Academia de la Lengua –"limpia, fija, da esplendor"– de lo que nunca podrá estar Millás con su prosa meliflua con la que agita un cascabel de condescendencia, paternalismo y prohibicionismo. Incluso ve el escritor valenciano un rastro de "perversión sexual" en que te limpien los zapatos, algo que compara con el aseo de las partes íntimas. En El marido de la peluquera contemplábamos a Jean Rochefort excitarse ante el espectáculo de su señora cortándole el pelo a los clientes. Quizás a Millás nos lo podemos encontrar en cualquier tintorería o lavadero de coches poniéndose cachondo viendo limpiar en seco pantalones o, en mojado, un Volkswagen.

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