Corbatas ideológicas

Santiago Navajas

La moda está al albur de caprichos. Pantalones pitillo y pantalones de campana, camisas de manga larga y de manga corta, vestidos floreados o lisos, faldas tobilleras y minifaldas, vaqueros rotos o vaqueros impolutos. Definen estilos de vida, tribus urbanas o, simplemente, elecciones personales. Sin embargo, hay una perversión de la moda que es siniestra: la moda ideológica. Durante la dictadura comunista en China se impuso el traje Mao, una indumentaria azul con gorra que vestían prácticamente todos los chinos durante la Revolución Cultural. La "razón" era que nadie podía destacarse individualmente a través de la ropa porque ello atentaría al principio socialista de la igualdad.

Baroja contaba que los anarquistas en el Madrid republicano durante la guerra civil fusilaban a cualquiera que llevaba un sombrero o una corbata. Al escritor Luis Ruiz Contreras en concreto casi lo fusilan por llevar un atuendo calificado de fascista, es decir, gabán y, sobre todo, un bonito gorro de seda. Tanto los sombreros, incluidos los gorros de seda, y las corbatas caracterizaban a alguien como fascista en el Madrid socialista, comunista y anarquista en el que fue asesinado el muy republicano, pero burgués y bien vestido, Melquíades Álvarez, al que la corbata no le protegió de un bayotenazo en la garganta.

El sombrero y la corbata eran un señalamiento de clase, lo que era un pasaporte para el ostracismo social, el acoso político y, en el peor de los casos, el "paseo" asesino. Para indicar que uno era republicano, y no ponerse en un trance peligroso, había que cambiar el sombrero por la boina. Y, por supuesto, no llevar corbata. Por no hablar del trato ceremonial de "usted" y "señor". Orwell cuenta en Homenaje a Cataluña:

Un recluta ignorante se dirigió a un teniente llamándolo señor. «¡Qué! ¡Señor! ¿Quién me llama señor? ¿Acaso no somos todos camaradas? (...) Nadie decía señor, o don y tampoco usted; todos se trataban de «camarada» y «tú», y decían ¡salud! en lugar de buenos días (...) Con la excepción de un escaso número de mujeres y de extranjeros, no había gente «bien vestida»; casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo, o bien monos azules o alguna variante del uniforme miliciano.

Juan Ramón Jiménez, el más republicano de los literatos pero también el más atildado , se puso en la manga de sus elegantes trajes brazaletes de la Cruz Roja porque, como señala Andrés Trapiello en Las armas y las letras, durante la guerra civil "un simple sombrero o una corbata significaban delaciones inapelables". Trapiello observa que el destino de muchos de los pensadores, profesores y escritores a partir de 1936 lo iba a decidir no las ideas, sino las apariencias: que llevasen corbata o alpargatas.

El anuncio de Pedro Sánchez de que se quitará la corbata para luchar contra el cambio climático obedece a esta política superficial, maniquea y de postureo que lo que pretende es simplemente señalarse como abanderado de la Agenda 2030. Como sintetizó María Blanco con "votasteis gestos, tenéis gestos", se muestra cómo la política socialista consiste, sobre todo en la lucha contra el cambio climático, en medidas tan fraudulentas como la propaganda de Irene Montero para normalizar a señoras gordas y sin depilar, como si España fuera Irán, en la que a lo ridículo del concepto se suma lo elevado del coste de la campaña y el escándalo del uso sin permiso de imágenes protegidas por derechos de autor.

En estos tiempos de polarización, gracias a Pedro Sánchez ir bien vestido se ha convertido en un asunto ideológico. Siguiendo su lógica de lucha contra el cambio climático, lo próximo que se quitará Pedro Sánchez es la chaqueta, para terminar en bermudas y camiseta. Por supuesto, todo ello combinado con una gorra rapera y un chándal bolivariano. No se habría hecho absolutamente nada en realidad, pero habríamos avanzado radicalmente de una manera progresista, concienciada y solidaria hacia la banalidad de la hipocresía climática. ¡Larga vida al nudo Windsor!

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