Azúa y las pescaderas

Santiago Navajas

Félix de Azúa, catedrático de Estética, le ha hecho un feo a Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, al afirmar que estaría mucho mejor ejerciendo de pescadera. Rápidamente la facción políticamente correcta se ha echado las manos a la cabeza, acusando al poeta, novelista, ensayista, articulista y, desde hace poco, miembro de la Real Academia de la Lengua de machista y clasista (si Colau llega a ser negra o gitana también hubiera caído lo de "racista"). Los más aguerridos se han propuesto imitar a Dámaso Alonso y orinar en los muros de la RAE, convirtiendo en asentada tradición de la extrema izquierda la performance de la actriz posporno Águeda Bañón (directora de comunicación en el Ayuntamiento de la Ciudad Condal), que miccionó en mitad de la Gran Vía de Murcia. Los más digitales han iniciado una campaña para que lo expulsen (Pérez Reverte ya puede estar poniendo sus barbas a remojar).

Más allá de la anécdota mediática, aprovechada hábilmente por Ada Colau, que se ha hecho un selfie con las pescaderas del mercado de la Concepción, en las palabras de Azúa late un conflicto entre democracia y elitismo. O entre derechos y capacidades. Un conflicto que subyace a la izquierda, entre, digamos, los seguidores marxistas de No está en los genes (Rose, Kamin y Lewontin, 1987) frente a los liberales de La tabla rasa (Pinker, 2003).

En general, los demócratas estamos de acuerdo en que todos tenemos derecho a la educación. Sin embargo, de ahí no se sigue automáticamente que tengamos el derecho a ser, por ejemplo, médicos, en el sentido de que no sea legítimo establecer un numerus clausus. Poner una nota de corte implica discriminación en función de la excelencia académica. Pero en algunos círculos rabiosamente democráticos eso suena a elitismo. De ahí a la acusación de aristocratismo e, incluso, fascismo hay una pendiente por la que los demagogos de la izquierda se deslizan con garbo y alegría.

Dado que no somos en el inicio una tabla rasa, sino que nacemos con un equipamiento más o menos flexible, más o menos elástico, de capacidades, intereses, habilidades y preferencias, mediante la educación podemos potenciar aquellos dones con los que partimos de serie, al tiempo que rellenamos carencias y reducimos defectos y características negativas. A pesar de que podamos considerar, de una manera metafórica, que al nacer somos todos genios, sin embargo, puestos a ser rigurosos conceptualmente, cuando crecemos no todos podemos llegar a ganar un premio Nobel, un Óscar de Hollywood o una medalla olímpica. Pero ¿y la alcaldía de Barcelona?

Todos somos iguales en dignidad pero no lo somos en talentos, donde somos radicalmente desiguales. En el ámbito democrático, Pericles nos enseñó hace más de dos mil años que la democracia no consiste en que cualquiera pueda ser, digamos, alcalde, sino en la capacidad que tenemos todos de juzgar al que ejerce el poder para decidir si lo ha hecho bien o mal. Es más, advertía el genial alcalde ateniense, la clave para que la democracia no degenere demagógicamente en oclocracia, como sí querrían esos sans-coulottes ahora denominados podemitas, reside en que sean los mejores, la élite intelectual, los que alcancen el poder a través de las elecciones.

Sin embargo, Rodríguez Zapatero debe de pensar que Pericles es un peligroso derechista, porque declaró en 2011:

Con muchas ganas y una idea básica de país, cualquiera puede ser presidente de gobierno. Eso ensalza la democracia. Todo el que cuente con apoyo de la ciudadanía puede serlo independientemente de su cualificación. La democracia no es una oposición, ni una meritocracia ni una aristocracia.

De aquel Zapatero, esta Colau. Mientras que en Estados Unidos, Francia o Reino Unido se produce una selección de la élite político-económica en centros educativos de alto nivel al estilo de los de la Ivy League, Oxbridge o las Ècoles, en España estamos viviendo una depauperación intelectual de las clases dirigentes políticas. En este sentido, Félix de Azúa no ha hecho sino señalar la infracapacitación de Ada Colau para ser regidora, y desafiado a través del sarcasmo –desde Historia de un idiota contada por él mismo, el autor barcelonés ha destacado por una ironía descarnada e hiriente en la mejor tradición de la picaresca española– el dogma políticamente correcto de que cualquier persona sirve para cualquier cosa… en política. Es la protesta de Azúa no una cuestión de machismo o de clasismo, sino de elitismo en el mejor sentido de la expresión: el que enfrenta a la revolución de las masas la rebelión de las élites. Un enfrentamiento en el que se juega el destino de nuestra democracia, entre el aristocratismo o el populismo, entre la excelencia o la mediocridad, entre la civilización y la barbarie.

Post scriptum. De la entrevista a Félix de Azúa se ha discutido la anécdota pero no la categoría. Lo criticable de sus declaraciones es su creencia de que la salvación de debacle vendrá exclusivamente por la técnica. El catastrofismo del que hace gala Azúa no se corresponde a la realidad (puede ser que estemos mal, pero también es verdad que nunca hemos estado mejor), y la solución a los problemas que tenemos vendrá dada por la tecnología, cierto, pero dentro de un marco político liberal y de una economía de mercado. No es verdad que las ideologías hayan muerto. Ahora es cuando resulta más necesario reivindicar y luchar por ideologías humanistas, ilustradas y racionalistas.

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