Artur Mas, leninista

Santiago Navajas

He escuchado en la televisión a un líder político decir que a la democracia no la pararán constituciones ni tribunales. Durante un segundo, antes de que mi vista alcanzara la pantalla, me ha venido a la cabeza la figura carismática, tan luminosa como ominosa, de Lenin, siempre rodeado de un aura brillante y oscuro en plan Darth Vader. Pero no, era Artur Mas.

Porque Lenin tenía un problema en 1917. Al régimen zarista lo habían derrocado durante la revolución de marzo. Una revolución democrática, es decir, liberal y burguesa. Y para la camarilla comunista de Lenin sólo había algo peor que un régimen dictatorial aristocrático: era un régimen democrático burgués. Así que había que hacer una revolución a la revolución para implantar un régimen anarquista proletario, pasando por el período, transitorio se supone, de una dictadura del proletariado. Como diría luego Milton Friedman en otro contexto, nada más permanente que un programa temporal de gobierno...

Lenin tenía un problema teórico, y es que para saber en un régimen democrático si había que acabar con el susodicho régimen democrático había que hacer, lógicamente, un referéndum democrático. Demasiado redundante para el líder bolchevique. Así que, del mismo modo que Alejandro Magno fue expeditivo a la hora de resolver el nudo gordiano, Lenin se pasó por el forro de la dialéctica la lógica democrática.

Como Alejandro Magno o Lenin, ahora Artur Mas ha asumido que tiene que asumir la responsabilidad de salirse del camino establecido y marchar campo a través. Independentista, se ha dicho machadianamente, se hace la independencia al declararla. Y al volver la vista atrás se verá la España que nunca se ha de volver a pisar.

El desprecio de Lenin por el imperio de la ley y la separación de poderes, encarnado paradigmáticamente en las constituciones y los tribunales, tiene su fiel reflejo en la actitud de Artus Mas, porque del mismo modo que la democracia liberal sostiene lo que más detestaba Lenin, el capitalismo, también es la base de lo que más odia Artur Mas: una España fundamentada en una noción constitucional y los valores liberales de libertad, igualdad y pluralismo político. Todo lo que el nacionalismo etnicista de Artur Mas, fiel heredero de aquel Jordi Pujol que calificaba a los andaluces de "hombres incoherentes, destruidos, poco hechos...", quisiera erradicar en una Cataluña sin rastro de esa España constitucional en la que ni Alfonso Guerra consiguió enterrar a Montesquieu.

Del mismo modo que Marx aseguraba que el socialismo no sería posible sin una revolución, Artur Mas sabe que la independencia de Cataluña no será posible sin subvertir el orden legal establecido. En ambos casos el enemigo es el mismo: el liberalismo constitucional.

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