Recuperar la autoestima nacional

Santiago Abascal

No son estos –en los que aquellos a los que hemos elegido para representarnos están dando uno de los espectáculos más bochornosos y antipatrióticos– los mejores días para reconciliarse con nuestro país. Resuenan hoy aquellos tan traídos y llevados versos a los que en días como hoy damos, cediendo a la tentación, toda la razón:

Oyendo hablar a un hombre,
fácil es acertar dónde vio la luz del sol:
si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, es un francés,
y si habla mal de España, es español.

Estos versos de Joaquín Bartrina, un poco conocido poeta español del siglo XIX, continúan reflejando a la perfección el llamado pesimismo español. Los españoles somos la única de las grandes naciones que hablamos mal de nosotros mismos de manera sistemática. Es habitual que, cuando escuchamos en los medios una noticia negativa, escuchemos a alguien de decir: "Lo normal del país". Como si este acto de autocrítica colectiva librase al cenizo de su autor del defecto que, neciamente, atribuye al conjunto de sus compatriotas.

¿Está fundamentado este pesimismo? ¿Somos los españoles peores que otros pueblos? ¿Somos una nueva raza maldita, que merece toda clase de estigmas y maldiciones verbales?

Yo no creo que los españoles seamos peores que nuestros vecinos europeos. Es más, creo que hay muchas cosas de las que podemos, y debemos, sentirnos orgullosos. El problema es que siempre vemos el vaso vacío y nos dejamos arrastrar por la Leyenda Negra. Criticar a nuestra patria es un moda nacional de la que participan, por ejemplo, titiriteros y literatos premiados con goyas y premios nacionales de literatura, respectivamente. Trueba y Goytisolo han sido los últimos renegados que ahora mismo recuerdo. Y no tienen razón, por muchas razones que se usen en esta caza de brujas contra España.

Es cierto que el tejido industrial español adolece de problemas de competitividad. Pero también es cierto que existen sectores como el bancario en el que nuestras empresas están a la cabeza de Europa. Y empresas como Inditex, Navantia o Telefónica que son un referente internacional en sus sectores.

Es cierto que nuestras Fuerzas Armadas están mal dotadas presupuestariamente. Pero nuestros marinos, soldados y aviadores llevan orgullosamente el nombre de España por todo el mundo, cumpliendo con honor las misiones internacionales que les han sido encomendadas. Mientras tropas de otras naciones europeas han sido acusadas de abusos sobre poblaciones civiles, las tropas españolas se han sabido granjear siempre el respeto y afecto de la gente. No en vano muchas ciudades que han acogido a las tropas españolas tienen una plaza que luce con orgullo el nombre de España.

Es cierto que nuestro sistema educativo, dominado por una casta universitaria que ahora pretende darnos lecciones de política, tiene grandes oportunidades de mejora. Pero también es cierto que las escuelas de negocio españolas (IESE, Esade, IE) están entre las mejores del mundo y copan los primeros puestos en los rankings internacionales.

Por no hablar de nuestro sistema sanitario, uno de los mejores del planeta, responsable de que seamos uno de los países con una mayor esperanza de vida. O nuestra alimentación. O nuestro sistema nacional de trasplantes, gracias al cual sabemos, año tras año, que los españoles somos uno de los pueblos más solidarios de Europa.

¿Que tenemos defectos? ¡Claro! ¿Quién no los tiene? ¿Qué habríamos dicho de nosotros mismos si, en vez de la Volkswagen, el fraude de las emisiones lo hubiera cometido una empresa española?¿Qué habríamos dicho si hubieran sido tropas españolas las que hubieran abusado de la población civil en varios países de África, como ha pasado con cascos azules de otras naciones de la Unión Europea?

El problema es que tenemos una clase política que no cree en España. La oligarquía autonómica no cree en España porque la quiere destruir. Por medio de las competencias en materia educativa y a través de los medios de comunicación públicos, esa oligarquía lleva años ensalzando en exclusiva el sentimiento regionalista (convertido en sepatatista en muchos sitios), a la par que fomentando el odio a España o, en el mejor de los casos, la indiferencia hacia todo lo que tenga que ver con nuestra realidad histórica común.

La izquierda radical (Podemos e Izquierda Unida) no cree en España porque la odia. La odia porque la identifica con los valores del catolicismo y la Monarquía. Y porque todavía sigue traumatizada por haber perdido la guerra civil.

La izquierda moderada formada por el PSOE y Ciudadanos se avergüenza de España o solo la concibe desde el papanatismo europeísta. En el PSOE se sienten muchos más cómodos identificándose con el nacionalismo periférico que con la patria común. Y los socialdemócratas de Ciudadanos da la impresión de que necesitasen hacerse perdonar por la izquierda sus magníficas razones fundacionales en Cataluña. Parece que Albert Rivera no pueda apelar a España sin apelar a la vez a Europa. Parece que no pudiera defender la soberanía española en Cataluña sin proponer que se la entreguemos a Europa. Y no paran de decirnos todo el tiempo que tenemos que ser como Dinamarca o Alemania. Como si esos países no tuvieran sus propios problemas.

Por último, los actuales dirigentes del Partido Popular, que tienen secuestrada a una magnífica base social, parecen no creer demasiado en España, porque no creen en nada que no sea utilizar el poder en beneficio propio. Desbordados por la corrupción, se sienten incapaces de hacer cumplir la ley y consienten cobardemente la continua ofensa a nuestros símbolos nacionales y a nuestra unidad, sin dar respuesta al golpe de Estado separatista.

En Vox creemos en España. Es más, amamos a España, y afirmamos su soberanía frente a Artur Mas, y frente a Merkel si es necesario. Estamos convencidos de que somos una gran nación y de que el pueblo español es, con mucho, mejor que sus gobernantes.

Y creemos que lo primero que necesitamos es recuperar la autoestima nacional y encontrar nuestro propio camino. No queremos ser daneses, ni alemanes ni, mucho menos, venezolanos.

Queremos vivir y progresar como la gran nación que hemos sido, somos y –por mucho que algunos pretendan truncar nuestro camino colectivo– seguiremos siendo.

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