Por la vida, la familia y el renacimiento demográfico

Santiago Abascal

El éxito de la manifestación contra el aborto y contra el gobierno demuestra la falsedad de quienes pretenden eludir esta tragedia como un debate superado. No se puede menospreciar el clamor de millones de españoles que, por la traición repetida del PP a sus principios y a sus votantes, se han quedado sin representación política. El pasado sábado Madrid se llenó con un grito unánime por la vida, con una exigencia a los gobernantes y con toda una declaración de intenciones para el futuro: los partidos que menosprecian a sus electores serán duramente castigados en las urnas.

Vox acudió a la manifestación entendiendo que era el momento de la sociedad civil, una protesta transversal que reúne a personas de diferentes criterios, pero con sólidos principios y valores no negociables. Ahora es el momento de la política. Hay que articular propuestas concretas, comunicarlas con eficacia y pedir el respaldo electoral para empezar a cambiar las cosas. Porque no es cierto que no se pueda mejorar, ni es lícito para las generaciones presentes rendirse ante las adversidades, contagiarse de ese fatalismo que aqueja al presidente del gobierno y le impide acometer las reformas que España urgentemente necesita.

Vox no va a rendirse. Ya nos hemos comprometido públicamente –ante los medios de comunicación y la sociedad civil– a defender la vida desde la concepción hasta su extinción natural, a promover las libertades individuales como la ahora inexistente libertad de educación y a proteger con firmeza a la familia, una institución que es anterior al Estado y que debe ser promovida y privilegiada de forma especial, porque en ella nos jugamos el futuro. Todo, en fin, lo que se cuestiona desde la dictadura del relativismo, desde quienes, amparándose en la supuesta imposibilidad de conocer la verdad, pretenden imponer su modelo suicida.

Respecto a la defensa de la familia, Vox se ha atrevido a proponer una cuestión que sin duda resultará polémica, pero que no tiene nada de extravagante: ampliar el derecho de sufragio hasta convertirlo en verdaderamente universal, es decir, reconocer a los niños su derecho al voto, tutelado –como todos los demás de los que gozan– por sus padres o tutores.

Pensamos que este tiempo nuevo necesita ideas audaces, no aceptamos como dogmas estructuras electorales que siempre han sido cambiantes. No es una extravagancia, ni mucho menos, es una propuesta seria que ya se ha planteado en importantes y asentadas democracias como Alemania, EEUU o Japón, alarmadas por el envejecimiento letal de la población. Y quienes lo consideren irrealizable deben reflexionar sobre el hecho de que también extravagante parecía hace un siglo el voto femenino.

Los tiempos cambian. Europa, y especialmente España, debe atreverse a afrontar cuanto antes su problema demográfico, de pensiones y de deuda. Hay que tener el valor de decir que nuestro modelo es insostenible, y que requiere una profunda reforma estructural.

Que voten los niños, es decir que se amplíen los derechos políticos a los menores, a través de sus padres. Ellos también pagan impuestos, ellos también se ven afectados por las decisiones políticas –muchas veces de forma funesta, por el cortoplacisimo enfermizo de nuestros dirigentes–. Ellos, nada más nacer, ya deben un dinero que nosotros hemos gastado, ellos tendrán que trabajar para pagar nuestras pensiones, y es de justicia que su voz se oiga a través de sus padres, porque nadie mejor que ellos tutelará sus derechos e intereses.

Esta conquista de derechos para la familia cambiaría la forma de entender la política, potenciaría los proyectos a largo plazo, sería más cuidadosa con el legado que transmitimos, pondría encima de la mesa los grandes debates hurtados a la opinión pública: las tasas demográficas suicidas, la discriminación de la convivencia familiar, la deuda brutal que estamos traspasando a nuestros descendientes. Churchill afirmaba que un político se convierte en estadista cuando empieza a pensar en las próximas generaciones en vez de en las próximas elecciones. En Vox también opinamos así. No nacimos para vocear –a golpe de encuesta– lo que piensa la mayoría sino para convencer, para transformar y para innnovar. Por eso creemos que, ya que no lo hacen voluntariamente, es necesario obligar a los gobernantes a mirar al futuro.

Santiago Abascal, presidente de Vox.

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