Las modas políticas que vienen y se van

Santiago Abascal

La volatilidad política española alumbró el año pasado el bienio de las encuestas que aún persiste. Nunca durante toda la democracia las empresas demoscópicas debieron de ganar tanto dinero como hoy lo hacen, ni mandar tanto, porque saben que sus predicciones les dan un gran poder condicionante del voto. Ya saben, muchos son los que votan a caballo ganador, y ese caballo deseado lo pintan, entre otros, las encuestas.

Parece que este bienio será también recordado como el de las modas políticas más fugaces: Podemos, de la nada al todo, incluyendo acariciar en el imaginario colectivo la posibilidad de gobernar, y del todo –de las encuestas– otra vez a la nada y a la crisis. Del radicalismo bolivariano y filoiraní al moderantismo socialdemócrata finlandés, de las enseñas republicanas a las nacionales, del republicanismo maleducado al juego de tronos, no menos maleducado. Pero en todo caso, para lo que toca, moda son y moda habrán sido.

Le ha tomado el relevo el amabilísimo, incoloro, inodoro e indoloro Ciudadanos, que a nadie molesta salvo a Rajoy y a Hernando. También son moda. También inundan nuestra sopa como antes lo hiciera Iglesias. Las encuestas les sonríen, las urnas se les llenan y los auditorios se les desbordan. Crecen como una riada; expopulares, exsocialistas y exupeideros se les suman. Todo cabe en Ciudadanos porque así es la moda. Por eso Albert Rivera ha cambiado de referentes políticos en solo un año. Antes era Felipe González su referencia públicamente reconocida. Ahora amplían sus horizontes y colocan entre sus próceres, junto a Felipe González, a Aznar y a Suárez. Así lo proclamó en el Teatro Goya. Porque todos caben. Todos valen para el bulto. Todos suman para una opción que se ha convertido en el consenso por el consenso. En el consenso puro. Incluso en Cataluña, donde tanto mérito han tenido, ahora los de Ciudadanos quieren someter a referéndum los derechos lingüísticos de los hispanohablantes, como si las libertades fueran algo susceptible de votarse en una sociedad adocenada como la catalana. Y nos dicen que el derecho a la herencia lesiona la igualdad de oportunidades. Y que las diputaciones son culpables y merecen la guillotina mientras indultan a las ruinosas autonomías. Y ponen en tela de juicio la educación concertada cuando no les gusta el modelo educativo que eligen los padres. Y les parece que querellarse contra Artur Mas crispa aún más. Y creen que se puede aplicar un decálogo anticorrupción a los maestros de la corrupción en España, como si a la mafia se la pudiera combatir con decálogos.

En fin. Así son las modas políticas en España. A veces visten al gato de liebre, y aunque se desnuden en los carteles nos lo ocultan casi todo sobre sus ideas. Si no lo creen, rasquen y vean. Para empezar, la moda ciudadana va camino de convertirse en muleta socialista en Andalucía y después en muleta popular donde toque. Para dar sólo un retoque a los que en realidad merecen un estoque.

Muchos creemos que nada cambiará de verdad si hacemos la política movidos por las modas basadas en bonitas músicas y confusas letras. Porque las modas vienen y van. Nada más. Pero al final todo volverá a su cauce y cada uno votará a los suyos, a los que acuden a la política para defender sus principios, sus ideas y valores. Y no consensos. Pero para eso ha de descarrilar el consenso perverso de 1978 basado, en la corrupción y en el latrocinio del erario, en el asalto a las clases medias, en la destrucción paulatina de la unidad de España, en la cobardía y en la indefinición y en la confusión ideológicas, consenso del que ahora Ciudadanos quiere ser muleta.

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