España somos todos

Santiago Abascal

Seguro que hay quien puede pensar que este Doce de Octubre no había muchos motivos de celebración y fiesta, porque la actualidad no invita a la alegría, porque son muchos los compatriotas que están en una situación más que difícil y porque el futuro inmediato no tiene un rostro halagüeño. Pero sería un error indigno el dejarse vencer por las desesperanzas. Quizá, de todos los pecados de este gobierno, el contagio de su fatalismo sea el más imperdonable, que sólo el expolio de la ilusión supera al fiscal. Por eso en Vox estamos fabricando vacunas a ritmo de emergencia, porque es una necesidad urgente que los españoles vuelvan a creer en sí mismos.

Y claro que hay motivos de sana fiesta, aunque sólo sea por sacudirnos ese complejo de inferioridad inoculado por quienes nos querían mansos y tristes, a sabiendas de que alegres y bravos nunca nos sometimos a tiranos internos o exportados. Entonces se hablaba en el mundo -con cierto miedo- del orgullo español, hoy, al contrario, se subvenciona la indignidad y ese vil avergonzarse de lo nuestro, como si tuviéramos que pedir perdón por pertenecer a un pueblo que ha escrito muchas de las páginas más brillantes de la historia.

Claro que había que celebrar el Doce de Octubre. Porque España es más que una pandilla de bandoleros con tarjetas esquilmando los montes de piedad, mucho más que un hombre escondido detrás del humo de un habano, y es, por supuesto, inmensamente más que los delirios tribales que han alimentado los neocaciques del separatismo.

España somos todos. Todos los que estamos ahora –ante una responsabilidad ineludible– pero también todos los que se fueron dejando un imponente legado de grandeza y heroísmo, interpelándonos a través de la historia con frases toscas de veterano de los Tercios, con pinceladas geniales de artistas eternos o con brillantes discursos de universidades que han sido cuna de inteligencias universales. Y a ese coro que destierra con un gesto viril las tentaciones viscosas del pesimismo se unen voces infantiles –pero ya templadas en el dolor de haber sobrevivido a un holocausto– que pertenecen a los que vendrán. Porque nuestros hijos –nacidos o no– también son España, y tampoco nos dan la opción de rendirnos. Ninguna persona decente puede desoír tantos imperativos, ni encontrará excusa para esconderse. Así que olvidemos a los comerciantes de la tristeza y pongámonos a trabajar sin estridencias pero sin descanso. Hay un futuro que tenemos que construir entre todos los que somos España, y que abandonen los otros cualquier esperanza de arrebatárnoslo.


Santiago Abascal, presidente de Vox.

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