Trump y el sentido común

Rafael L. Bardají

Durante estos interminables meses de campaña, primarias y presidenciales propiamente dichas me han llamado de todo, amigos y enemigos, por mi defensa de Donald Trump y por mi confianza en que acabaría ganando contra todo pronóstico. Con la excepción de dos buenos amigos –del GEES– del aquí en España, cuando digo todos, quiero decir todos. Mis compañeros neocons americanos y europeos (que aún quedan) se escandalizaban de que me sintiera cómodo con un candidato sin los principios de Ronald Reagan, el activismo internacionalista de George W. Bush o la flexibilidad política de Abraham Lincoln. Mis menos amigos y mis enemigos simplemente me tildaban de idiota supino por no ver lo inevitable del rechazo a Trump y de facha por justificar sus ideas. Este lunes mismo me tachaban de loco por afirmar en esRadio que Donald Trump resultaría elegido. Si llego a añadir que por una amplia ventaja, no sé qué me habrían dicho.

Me podía haber equivocado si el resultado electoral fuera producto de la probabilidad, pero no lo ha sido. Había muchos datos sobre el terreno, no recogidos en la prensa y con los que había que estar familiarizado para poder interpretarlos, que apuntaban a lo que en realidad ha sucedido. Pero, más allá de todo eso, era una cuestión de recoger las fuertes vibraciones políticas. En el mundo de la ciencia se sabe que el progreso no se produce por acumulación, sino por saltos y discontinuidades que en un momento ponen en solfa la manera de interpretar la realidad y que plantean un nuevo paradigma que da sentido a las cosas. Yo al menos así lo estudié en mis primeros años de Políticas gracias a un famoso libro de Thomas Kuhn: La estructura de las revoluciones científicas. Para quien no quiera leerlo, baste decir que las bombillas no surgieron de la evolución de las velas, por ejemplo.

Pues bien, lo que hoy es comúnmente admitido para las ciencias duras apenas ha calado en los arcanos de los consultores electorales y demás especialistas políticos. Que en España vayamos como siempre con retraso y partidos como Vox no hayan crecido como cabía esperar no quiere decir que eso que se denomina fácilmente populismo no sea un fenómeno general y generalizable, a pesar de encontrar sus manifestaciones en la idiosincrasia nacional, sea Alemania, Holanda, Reino Unido o Norteamérica. En verdad, está emergiendo una nueva política que nada tiene que ver con los intentos de la izquierda, como Podemos, de resucitar al muerto de Lenin para bañarlo el Caribe de los Castro y Maduro. Eso es revivir la vieja política, pero en tejanos en lugar de en monos de factoría.

Lo que está alimentándose a marchas forzadas lo hemos visto ya en el Norte de África y el Oriente Medio con la primavera árabe, expresión del rechazo al corrupto sistema político y producto en buena parte de la generalización de las nuevas tecnologías y redes sociales. Cierto, esa irrupción del individuo ha acabado mal, muy mal, en esa zona del mundo. Pero el hecho de que el poder se haya trasladado de las elites a los ciudadanos es innegable e irreversible. En Europa no ha podido darse más desapego entre los votantes y sus dirigentes que en el tema de la inmigración, por ejemplo.

El contrato social salido en el mundo occidental de la II Guerra Mundial ha muerto. Ya los gobernantes no pueden garantizar ni la seguridad ni la prosperidad de sus ciudadanos. Aún peor, ante las crecientes demandas populares se han embarcado en una huida hacia ninguna parte, debilitando aún más los pocos instrumentos en sus manos para dar con soluciones a los múltiples problemas que se les agolpan. En el caso de Europa, con esa excusa inagotable que es la UE y la siempre creciente integración hacia un superestado federal con sede en Bruselas, tal vez la capital más dividida de toda Europa. En el caso americano, con la globalización y la supeditación a estructuras internacionales, como la ONU, tan del gusto de Obama.

Hasta hace no mucho, los pueblos han pedido libertad para llevar adelante sus vidas, control de fronteras como pilar de su identidad nacional y democracia parlamentaria con la que controlar y mantener a raya a los gobiernos. No creo ser un loco si creo que esas tres exigencias son hoy más válidas que nunca. Frente a la corrupción, al terrorismo, el paro y la responsabilidad de cada uno. Si usted cree que una nación debe defender sus fronteras, controlar quién entra legalmente y quién no en su territorio; si cree que el mundo árabe es la fuente de nuestros problemas, con el yihadismo; si cree que los inmigrantes que vengan a nuestro suelo tienen que respetar todas y cada una de nuestras leyes y que mientras que no se lo ganen con su trabajo no deben contar con más privilegios que los nacionales; si usted cree que el gobierno es una maquinaria que debe ser limitada, empezando por los impuestos y acabando con una reducción del gasto público; si usted cree que su país debe gozar de autonomía de decisión y, en la medida de sus posibilidades y capacidades, de acción, no está para nada loco ni es un idiota rematado, como han dicho de mi. Eso sí, coincide con quienes han aupado a la Casa Blanca a Donald Trump y con buena parte de quien optó por apoyar a Hillary.

Obama ha dicho que, a pesar del resultado electoral, el sol ha salido de nuevo esta mañana. Y lo volverá a hacer mañana también. Y al otro y al otro. La predicción de Jennifer Lawrence de que una victoria de Trump sería el fin del mundo no parece haberse cumplido. Ni se va a cumplir, tranquilos. Trump aspira a poner fin al desaguisado que ha dejado como herencia Barack Hussein Obama tras ocho catastróficos años, en los que ha arruinado el sistema de seguridad social existente, ha abrazado a los enemigos de América y ha repudiado a sus amigos más estrechos, entre otras muchas lindezas. Y por eso debe empezar por América. To make America great again. Para quienes nos hemos acostumbrado a vivir del cuento y aprovecharnos de los yankis casi en todo (¿quién ha pagado, por ejemplo, la nueva torre de control y la pista de la base de Rota, sede de nuestro grupo de combate patrio?), la sopa boba se nos va a acabar. Pero es que ya iba siendo hora.

España, por desidia de unos, maldad de otros e incompetencia de muchos, ha cedido su soberanía económica y social a los señores de Bruselas (y a Alemania, por supuesto), y ha hecho outsourcing de su seguridad a una organización decrépita como la OTAN. Ahora que tenemos nuevo gobierno, tal vez fuera el momento de repensar dónde estamos, cuál es nuestro entorno, qué queremos y con qué contamos para alcanzar nuestras necesidades y metas. Es de puro sentido común. Trump lo tiene. ¿Lo tenemos nosotros?

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