Apoyar al Gobierno de Sánchez es traicionar a los españoles

Rafael L. Bardají

Sánchez pide unidad y sus voceros demandan que no se critique al Gobierno en plena crisis, pero hay sobradas razones de peso para no apoyar a un Gobierno que se ha equivocado desde el principio y que sigue sin corregir un curso que nos ha colocado en la lamentable posición de ser el tercer país con más fallecidos por coronavirus y el segundo en muertos por millón de habitantes. Los españoles no se merecen más a este Gobierno irresponsable.

En primer lugar, porque un presidente que, por ignorancia, irresponsabilidad o un cálculo de riesgo equivocado, deja que su propia familia se contagie y fomenta que una buena parte de sus ministros enferme no es una persona en la que los españoles puedan depositar su confianza para mantenerse a salvo del coronavirus. De hecho, sanitarios, cuerpos de seguridad del Estado, militares, farmacéuticos, transportistas, vendedores de supermercado y todos aquellos que tienen aún contacto directo con el público, sano, asintomático o enfermo, ya saben que este Gobierno les ha dejado vendidos frente al virus, al ser incapaz de encontrar los medios de protección necesarios para que sigan desempeñando sus tareas sin riesgos innecesarios. De hecho, España es el país con más personal sanitario contagiado.

En segundo lugar, un Gobierno que busca obtener réditos políticos con esta emergencia sanitaria, a cualquier coste e incluso poniendo en riesgo más vidas, no se merece ningún apoyo. No es ya que Sánchez se aprovechara torticeramente del real decreto de la alerta para colar a su vicepresidente en la comisión de control del CNI, o que permita calladamente que los indultos a los separatistas catalanes puedan seguir su curso para que acaben en la calle antes de que se venza a esta pandemia, o que el ministerio en el que manda y ordena Pablo Iglesias saque una guía sobre el virus cuya columna vertebral son las críticas al PP: es el asedio a los Gobiernos regionales que no son de su partido, el ataque permanente a la presidenta de Madrid y al alcalde de la capital, las constantes alusiones deslegitimadoras a la empresa privada –incluidas las sanitarias que eligen sus allegados para curarse– y la falta de reconocimiento a la generosidad de personas como Amancio Ortega y todos esos otros anónimos que se han puesto a combatir con sus propios medios la escasez de recursos destinados a nuestros sanitarios. No hemos visto a nadie en el PSOE o en Podemos, ni en la farándula ni en cientos de ONG que viven de nuestro dinero, ponerse a coser mascarillas. A las carmelitas descalzas de Badajoz sí, por poner un solo ejemplo. Mientras los españoles se vuelcan para dominar la enfermedad, el vicepresidente Iglesias, con la inacción del presidente, se dedica a asaltar nuestra democracia. Ahí está la cacerolada contra Su Majestad Felipe VI y sus propuestas del fatídico Consejo de Ministros en que quería nacionalizar todo, y que sólo sirvió para retrasar unas medidas que ya llegaban tarde.

En tercer lugar, un Gobierno que nos miente permanentemente no puede esperar que lo apoyemos. Tras ignorar el nivel de amenaza y negarse a oír a quienes pedíamos medidas más férreas, como el cierre de fronteras –primero con China y luego con Italia–, el Gobierno decidió recurrir a un lenguaje mentiroso. Hablaba de "estrategia de contención" para que los españoles creyeren que estaba haciendo algo, cuando lo único que hacía era pedir que, si no se tenían síntomas, aun cuando se hubiera estado en zonas de riesgo, se prosiguiera con la vida normal. Lo siguiente, la "contención reforzada", apenas tuvo vida, porque ya Italia cerraba su espacio aéreo; eso sí, ese refuerzo no impidió que miles de italianos llegaran a Barajas a través de nuestras aerolíneas que sí seguían volando al país transalpino. Mucho peor: ahora se excusan por la falta de equipamiento diciendo que todo el mundo lo está demandando y que el mercado se ha puesto muy competitivo. Mentira. Hay fabricantes de respiradores, mascarillas, viseras, batas y demás elementos de protección que están listos a enviarlos en menos de una semana; pero el Gobierno, que es mal pagador, no quiere gastarse el dinero como se lo están gastando nuestros vecinos: pagando sin demora. Nuestra Administración, como cualquier suministrador sabe, paga tarde, muy tarde, y mal. Y eso es lo que nos echa del mercado mundial ahora, no la falta de producción. Y si el Gobierno es tan ignorante de no saber encontrar a esos proveedores, que me pregunte, que le regalo unas cuantas direcciones. Ahora dicen también que han seguido a rajatabla las recomendaciones de la OMS, cuando sabemos perfectamente que no, que no escucharon a esa organización, ni a los técnicos de la UE. Los desoyeron con tal de no cancelar las manifestaciones del 8-M. Esa es la única verdad. En el mejor de los casos, creerían que se trataba de una gripe más fuerte; en el más desalmado, que sólo afectaba a los mayores y ellos eran jóvenes.

En cuarto lugar, un Gobierno que ha agravado la crisis y que sigue sin saber cómo lidiar con ella no puede ser la solución a la misma, y por eso se merece ser condenado, no apoyado. El Gobierno no se tomó en serio la gravedad de la pandemia y ha estado dando tumbos desde el primer momento. Escondido tras sus supuestos expertos y científicos, nos dijo que las mascarillas no servían para nada, pero ya sabemos que sí son de utilidad; también nos dijo que los tests no eran necesarios y ahora quieren hacernos creer que están realizándolos a mansalva, aunque la realidad es que nunca acaban de llegar. Aún peor, el Gobierno no tiene ni idea de cómo lidiar con la enfermedad. Los tests, nos dice el máximo experto gubernamental, Fernando Simón, se realizarán solamente a quienes presenten un cuadro clínico de infección respiratoria aguda, lo que es un grave desperdicio y una irresponsabilidad más. Es como si el Gobierno se hubiera rendido al virus y lo único que esperase es que acaben los fallecimientos cuanto antes, sean los que sean.

El Gobierno ha optado por que nos contagiemos todos los españoles, pero lentamente. Y eso es una grave dejación de funciones. Nos quiere convencer de que no hay otro curso de acción y que lo mejor que se puede hacer es aplanar la dichosa curva. Pero no es verdad. Hay alternativas. Y si la oposición se pliega a sus designios será porque no tiene una sola idea y será cómplice de los errores del Gobierno y corresponsable de todas las muertes que se produzcan en nuestro país. No lo olvidemos. La lealtad institucional no se puede mantener con alguien que nos lleva al precipicio sanitario y económico. El número de enfermos se dobla cada tres días (cuando en China era cada 6) y nuestra riqueza se hunde cada hora que pasa.

Hay alternativas, claro que las hay. Teóricamente, a fecha de hoy, son 40.000 los contagiados, en un país con 45 millones de habitantes. Supongamos, cosa que no cuenta el Gobierno, que por cada caso detectado hay 20 no detectados, en línea con lo que sucedió en China; eso nos da 800.000. Menos de un millón. Si los tests se dedicaran a identificar a todos los portadores, sintomáticos y asintomáticos, se podría saber con precisión cuánta gente necesita una cuarentena. Digamos que ese millón de personas ha estado en contacto con otros 10 millones susceptibles de contagiarse. Once millones no son los 45 del total. Bastante menos.

Hoy, en pleno siglo XXI, hay tecnologías que permiten rastrear con total fiabilidad los movimientos de las personas. Seamos conscientes o no, todos llevamos encima elementos de geolocalización. Las torres repetidoras de las compañías telefónicas saben perfectamente quién está en su radio de acción en cada momento. Lo que otras naciones han aplicado con éxito en la lucha antiterrorista se puede –y se debe– aplicar para vencer la pandemia. El objetivo no es el que se plantea este Gobierno (saber cuántos enfermos hay), sino identificar a los portadores y fragmentar la sociedad por grupos de riesgo, de tal forma que se proteja a los más débiles frente a la enfermedad pero el resto pueda seguir con sus tareas, con unas mínimas medidas de seguridad que en ningún caso colapsarían nuestra economía, que es lo que va a conseguir la estrategia equivocada de Sánchez y sus socios.

La política del Gobierno nos ha dejado a merced del virus. De seguir por el mismo camino, sólo nos queda esperar a que, más pronto o más tarde, enfermemos. Pero todavía estamos a tiempo de cambiarla. No hemos llegado ni de lejos al punto de no retorno. Pero este Gobierno no va a rectificar porque más de la mitad de sus miembros están más interesados en cambiar el régimen del 78 y traernos una república bolivariana que en curarnos.

Si la oposición da de nuevo su apoyo al Gobierno, se estará haciendo cómplice de un error histórico y trágico. A los generales que cometen acciones irresponsables en el campo de batalla y que llevan gratuitamente a sus hombres a la muerte se les lleva ante una corte marcial. Si un presidente está empeñado en mantener un curso de acción equivocado y peligroso, con miles de muertos inocentes como consecuencia, sólo debería tener una salida, camino de un tribunal. ¿De verdad que hay que ser cómplice de ello? Los españoles no nos merecemos este Gobierno de desalmados; pero si la oposición no reacciona, mucho me temo que tampoco nos merecemos unos cobardes que no se atreven a plantar cara al virus político que está matando a nuestra democracia.

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