El misterio del ignorado voto liberal

Percival Manglano

Uno de los grandes inconvenientes de la dicotomía izquierda-derecha es que margina a los votantes liberales. El barómetro del CIS publicado hoy pide a los encuestados (pregunta 47) que se ubiquen en una escala ideológica que va del 1 (extrema izquierda) al 10 (extrema derecha). La media española es del 4,55. Este ejercicio de ubicación ideológica entre dos polos dirigistas es, para un liberal, imposible. Lo lógico sería ubicarse en el 5, por ser el punto más alejado de los extremos intervencionistas. Pero el 5 se asocia más bien con un ideal tecnocrático supuestamente inmune a la ideología para el que la política es poco más que gestión. Ello deriva, en gran parte, de que la izquierda y la derecha estatistas tienden a caricaturizar el liberalismo como un peligroso extremismo alejado del centro que ellos ocupan; el 10 es para ellos el (neo)liberalismo, el 5 el consenso (socialdemócrata) y el 1 el populismo bolivariano. La alternativa sería una escala ideológica liberal que fuese del 1 (libre) al 10 (totalitario).

El problema se multiplica cuando el objetivo de los grandes partidos políticos -en particular, del PP- es atraerse el voto del centro. Este es, se nos repite, el Santo Grial de toda victoria en las urnas. Pero la idea tiene trampa. La trampa es que margina a los votantes que sólo son extremistas si por extremismo se entiende una alternativa ideológica a la socialdemocracia imperante. Es decir, margina a los liberales. Y éstos son una víctima de peso. Anteriores barómetros del CIS indican que hay una alta proporción de españoles que se definen como liberales: un 11,1% según el último barómetro. El censo electoral fue de 35,4 millones de personas en las elecciones europeas. El voto liberal, por lo tanto, lo componen casi 4 millones de españoles. Casualmente, el PP obtuvo en dichas elecciones europeas 4 millones de votos. Es un misterio por qué el PP pone en riesgo una proporción tan alta de votantes en nombre de una supuesta conquista del centro.

Al mismo tiempo, Rajoy anunció recientemente a sus barones que se acabaron las mayorías y es hora de pactar. Las encuestas que maneja indicarían que las mayorías absolutas del PP van camino de convertirse en dulces recuerdos de un pasado cercano. Gobernar en el futuro pasaría, necesariamente, por pactar con otros partidos. Pero, más que pactar con UPyD o con quien sea después de las elecciones, ¿no sería mejor pactar con los votantes antes? ¿Por qué no ofrecer un pacto a esos 4 millones de liberales que tan ignorados se sienten hoy en día?

Dicho pacto incluiría pero iría más allá de las cuestiones estrictamente económicas con las que se suele asociar al liberalismo. Los españoles liberales son personas que quieren que se aligere la burocracia y la carga del Estado que soportan; que creen que la solución a muchos problemas de fondo pasa por reducir y no por aumentar el poder de los políticos y, en general, de los empleados públicos; que entienden que los políticos están para defender los intereses de los ciudadanos por encima de los del Estado y, por ello mismo, deben rendirles cuentas sistemáticamente; que saben que la gente no es tonta; que quieren que la responsabilidad de educar a sus hijos sea suya y no de la escuela (responsable, eso sí, de instruirlos); que se sienten solidarios con los desfavorecidos y, en función de ello, se responsabilizan de ayudarlos sin fiarlo todo a la acción del Estado; que no quieren que sus impuestos sirvan para financiar a partidos políticos, sindicatos y patronales; que quieren ser iguales ante la Ley, pero no mediante la Ley; que parten del principio de que las personas somos diversas y, por ello, debemos ser tratadas con tolerancia; y que consideran que la riqueza o la voluntad de crearla (sin favores políticos) son virtudes y no defectos.

Ofrecer un pacto, ofrecer iniciativas, ofrecer políticas a estos 4 millones de españoles sería una forma de mejorar las perspectivas electorales del PP por encima de apostar por una fragmentación de la izquierda o por una estrategia de pactos postelectorales.

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