Cómo ilusionar a España

Percival Manglano

Se atribuye a Leopoldo Calvo Sotelo el dicho de que "en política, lo que parece, es". Una versión adaptada a los tiempos actuales sería: "En política, lo que no parece, no es". Y es que la crisis no terminará hasta que los españoles no crean que ha terminado.

El barómetro del CIS publicado ayer demuestra que los españoles están lejos de creer que la crisis ha terminado. Un 70% de los encuestados cree que dentro de un año la situación económica será igual o peor que ahora. Y un 62% de los que están en paro cree poco o nada probable que encuentre trabajo en los próximos 12 meses.

Estos negros sentimientos patrios contrastan con la estrategia de comunicación del Gobierno. Hace ya varios meses que el presidente Rajoy y sus ministros proyectan la imagen de que España está saliendo de la crisis. Es cierto que importantes indicadores macroeconómicos están mejorando. Pero creo que Moncloa debería reorientar su discurso, dejando de lado la economía y abrazando un proyecto político de país.

El primer Gobierno de Aznar estableció en 1996 un objetivo en apariencia económico pero realmente político. La entrada en el euro dependió de una serie de criterios económicos –los niveles de déficit, deuda o inflación– que el Gobierno tuvo la determinación de cumplir. Pero, sobre todo, trajo una meta generadora de esperanza para los españoles.

El problema actual no es sólo que el Gobierno prometa un futuro de crecimiento pero entregue subidas de impuestos y de cotizaciones sociales; o que no cumpla con los objetivos de déficit público establecidos; o que una mejora de los indicadores económicos sea irrelevante mientras millones de españoles en paro no tengan ninguna esperanza de encontrar un empleo. El problema es que el objetivo económico que el Gobierno plantea no ilusiona a los españoles.

Sirva como contraejemplo añadido el del desafío secesionista catalán. Analizándolo en frío, es evidente que la recompensa de un futuro mejor que promete el derecho a decidir es pura filfa y que la cortina de humo que genera para ocultar la fortuna de los Pujol o las tasas de paro catalanas es densísima. Pero, por ello mismo –desde un punto de vista estrictamente político–, ha conseguido su objetivo: concentrar los anhelos de un buen número de catalanes en un objetivo ilusionante que relativice sus penurias cotidianas. La promesa de un futuro mejor hace más llevadera una deprimente vida presente.

La ilusión (en la doble acepción del término) catalana ha rellenado el hueco dejado por la ausencia de un proyecto ilusionante nacional. Ninguna reforma del sistema de financiación autonómica va a suplir esta carencia. El secesionismo catalán se combatirá mucho más eficazmente con un proyecto de país liderado por Moncloa.

¿Qué proyecto? Mi propuesta estaría clara: la regeneración democrática. Es decir, una reforma en profundidad de las prácticas políticas en España que reduzca los privilegios de las cúpulas de los partidos y traiga una mayor rendición de cuentas de los políticos ante los ciudadanos.

Es evidente que éste no es el único proyecto posible. Si Moncloa presenta otro proyecto mejor, bienvenido sea. La clave, en cualquier caso, será que haya un proyecto que podamos compartir los españoles, sobre el que queramos polemizar democráticamente y cuya discusión nos acerque en vez de separarnos.

Tengo una particular inquina hacia los que nos piden que "rememos todos en la misma dirección". No creo que ningún político esté para ordenarle a los ciudadanos en qué dirección deben remar. Por ello, aunque reconozco la habilidad política del Gobierno catalán, desprecio sus métodos. Lo que sí debe hacer un Gobierno es motivar a los ciudadanos con su propio ejemplo. La visión de un Gobierno remando duro para cumplir con unos objetivos que ilusionan a los ciudadanos será la mejor forma de asegurar que todos remamos –en la dirección que elijamos– con mayor fuerza.

A continuación