Los bergamines de cuello blanco

Pedro de Tena

Mentiría si dijera que estoy estupefacto por la argumentación de la podemista Teresa Rodríguez, eurodiputada, ante el atentado del coche empotrado en la sede del PP de Madrid. Textualmente: "No hay que mirar las consecuencias sino las causas y los responsables de que la gente llegue a este nivel de desesperacion". Esto es, a) el tipo del coche era un desesperado; b) el tipo es gente, clase, masa, no individuo o persona responsable; c) el ataque no es responsabilidad del atacante sino de lo que o los que –la gran cosa mala de Rorty o el "sistema"– originan, aun presuntamente, su desesperación; d) estas causas y responsables son conocidas perfectamente por ella. Eso, tomen nota, antes de saberse siquiera quién era el autor. Una vez conocidos sus problemas psiquiátricos, la podemista abundó sin inmutarse en que la gente pierde la salud mental por la desesperación. Ea. Es la versión menos fina de la apología de la violencia que ha hecho siempre el marxismo leninismo y todo tipo de terrorismo. El "sistema" es la causa de la violencia. Por eso, el 11-M se coreó "Aznar asesino", regurgitado ahora por el mecenas de Podemos, Nicolás Maduro, en vez de exigir el nombre de los verdaderos asesinos y condenar el atentado. ¿Lo recuerdan? Añadiré que la chica no me cae mal porque es de Rota (Cádiz), casi una vecina; porque, en su caso, me informan de su honradez personal y porque es trotskista, esto es, víctima aunque amnésica. Si tuviera memoria, sabría que su mismo argumento, con la variante de la traición, fue aplicado a su maestro por Stalin con un piolet a distancia. Y a Nin, no digamos. De momento, a ella y a su grupo, el padrecito Iglesias sólo los ha dejado fuera del templo.

No, no estoy estupefacto. Leyendo en estos días sobre el comunista Bergamín y su influencia en la cultura española, creo que es legítimo hablar de los bergamines como tipo ideal del totalitarismo estalinista patrio. De los comportamientos de Bergamín, podemos sintetizar tres rasgos: la verdad no importa, sino la consigna o lo que beneficie a la causa, el sistema son los otros (desde el capitalismo a los trotskistas del POUM a André Gide, pero nunca jamás el estalinismo) y al adversario se le liquida (física o intelectualmente). La diferencia más notable está en el mono azul, ese mono obrero que hipócritamente vestía el huesudo dogmático mientras vivía como un marqués. Los actuales comunistas de Podemos no visten tal prenda ni lo simulan porque entre sus dirigentes no hay solo proletario. La gente sigue sin enterarse de que la revolución de Lenin exigía un pequeño grupo de revolucionarios profesionales destinado a imponer la dictadura, no del proletariado, sino sobre toda la sociedad, incluido, y sobre todo, el proletariado. Deduciendo, Podemos es un pequeño conjunto de bergamines de cuello blanco que, como su tipo ideal, sienten el destino latinoamericano, abrazan sin decirlo el abertzalismo y harán, por cualquier medio, lo que les lleve al poder. Por todo ello, no puedo estar estupefacto ante la reacción de Teresa Rodríguez. Mercader, si hubiera tenido oportunidad, le habría dicho a León Trotsky: "Tú eres el responsable de que yo te mate" o "El asesino de Trotsky es... Trotsky", no el ex seminarista georgiano. Fíjense qué coincidencia porque Bergamín se decía católico y comunista hasta la muerte aunque no más allá.

Hace unos meses viajé a Estambul. Nuestro guía –cuyo nombre omito para no causarle problemas con el radicalismo islámico creciente amparado por el presidente Erdogan–, era un maduro bizantino de ojos azules y mirada griega. En un aparte me refirió que la creciente presencia en la universidad de chicas ataviadas con burkas o sucedáneos negros de la cabeza a los pies no se recordaba en la vieja y cosmopolita Constantinopla desde antes de la primera guerra mundial. Lo peor puede volver. Cierto. Y, desde hace algún tiempo, el ánimo reconciliador y convivencial inspirado por la Transición, aceptado mayoritariamente por los españoles, está comenzado a diluirse ante la vuelta de los bergamines de cuello blanco que consideran que la casta son los otros, que la verdad debe ser superada por el espectáculo de la consigna y que a los adversarios hay que liquidarlos. Y si los hechos no les dan la razón, peor para los hechos y la democracia (¿para qué?).

Lo curioso de esta bergamina, Teresa Rodríguez, que ha sido marginada de la dirección de Podemos por su pertenencia a la paralela organización trostkista Izquierda Anticapitalista, es que suscriba el centralismo totalitario que la ha apartado de la cúpula que poco a poco irá devorando a las bases. Ya se sabe que a veces las víctimas terminan amando a sus verdugos. ¿Cómo me va a extrañar que se justifique el ataque a la sede del PP cuando los bergamines se niegan a condenar en el Parlamento Europeo las torturas y crímenes del régimen venezolano que asesoran? Y de los miles de asesinados en Cuba, ni hablamos.

No, ni estoy estupefacto ni me burlo porque, como escribió el propio Bergamín, "burlarse del Demonio no es cosa de broma".

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