La reacción de las izquierdas andaluzas: para otro ensayo sobre la ceguera

Pedro de Tena

Si alguien esperaba un análisis detenido y clarividente sobre cuál es el problema de la izquierda en Andalucía, tras cuarenta años de dominación y gobiernos en municipios, diputaciones y Junta de Andalucía, no comprende la profunda raíz antidemocrática que sigue sin extirparse del socialismo español. Es una suerte de anómala ceguera blanca respecto a uno mismo que no ve nada defectuoso en lo propio pero que lo ve todo tenebroso en su adversario. Sí: una versión de la parábola evangélica de la pajita en el ojo propio y la viga en ajeno.

La ceguera da paso a la mentira pura y dura cuando el todavía secretario de Organización del PSOE de Andalucía, Juan Cornejo, afirma contra el acuerdo de "las tres derechas en Andalucía", que se permita que "un partido como Vox, que no cree ni en el Estatuto ni en la Constitución", condicione las políticas andaluzas. Y lo dijo el mismo día que Miquel Iceta anunciaba las nuevas y suculentas inversiones en Cataluña que prepara el gobierno social-comunista-separatista que preside Pedro Sánchez.

Léanse las primeras seis líneas del acuerdo PP-Vox para el gobierno de Andalucía: "El Partido Popular y Vox contribuirán decididamente a guardar y proteger el orden constitucional y la Unidad de España, manteniendo siempre la máxima lealtad hacia la Corona y la Carta Magna. Desde la presidencia de la Junta de Andalucía se trabajará decididamente para garantizar la igualdad efectiva de derechos y obligaciones de todos los españoles independientemente del lugar en el que residan".

El problema de este socialismo español desde hace más de un siglo es que sigue considerando la democracia liberal, la única que hay, no como un marco obligado de comportamiento político para la convivencia y el control y la alternancia en el poder como creían Bernstein y otros socialdemócratas sinceros, sino como un medio que puede y debe utilizarse para ocupar todo el poder. Y, para conseguirlo, vale todo, sobre todo, la mentira y las descalificaciones que la disfrazan. ¿Y los hechos? Pues si no son buenos para la izquierda, peor para los hechos.

Es, en parte divertido si no tuviera una dimensión siniestra, contemplar cómo funcionan los publicistas de esta izquierda. En 1977, UCD y Suárez eran herederos del franquismo y se subían al caballo de Pavía para arruinar la democracia. Guerra dixit. Luego la herencia del franquismo, una vez aniquilado Suárez, pasó a Alianza Popular. Después, al PP y a Aznar. Y de nuevo, el franquismo ha resucitado bajo la imagen tripartita de PP, Ciudadanos y, especialmente, Vox.

Ahora, dice Cornejo, Vox ha manipulado a las restantes derechas sin renunciar a nada de sus propuestas, firmando un pacto oculto -que se ha publicado- que entrega el poder a un partido como Vox, que es claramente machista, xenófobo y que vienen a recuperar el espíritu del franquismo".

Ni una palabra, ni de él, ni del Sicario Jiménez, portavoz socialista del Parlamento andaluz, ni de Susana Díaz, sobre su responsabilidad en la pérdida sistemática de votos desde 2010.Ni una palabra sobre la gestión de una comunidad que ocupa los peores puestos en el bienestar europeo y los primeros en paro y corrupción. Ni una palabra sobre la tela de araña tejida durante casi cuatro décadas para impedir la alternancia democrática.

En el caso de Jiménez, el cinismo amoral, que no ceguera ni blanca ni negra, es absoluto. El mismo que defendió que PSOE e IU impidieran el gobierno de un PP que ganó las elecciones con 50 escaños en 2012, se rasga las vestiduras ahora porque Susana Díaz no es investida presidenta de la Junta con 33. La verdad y la consecuencia moral y política le importan un pimiento, no sólo porque tenga escasos estudios, sino porque nadie se las ha enseñado en su trayectoria política.

De Mario Jiménez un apunte más. Sólo un demagogo de la peor especie puede decir: "¿Se puede negociar sobre la libertad de las mujeres? ¿Está el PP negociando el autogobierno andaluz? ¿Se puede negociar sobre la libertad de prensa o sobre el 28F?". Dejando al margen otros temas, ¿la libertad de prensa, Jiménez? ¿De qué prensa? ¿De la que habéis regado y comprado con publicidad institucional, licencias de radio y televisión mientras pisoteábais el derecho de otros a expresarse en Canal Sur y medios afines? No sale uno de su asombro ante la desfachatez de alguien que dice que PP, Ciudadanos y Vox están "manchados de fascismo".

Además de la extrema derecha, la culpa de todo la tiene Pedro Sánchez, que ha conspirado desde las sombras de la Delegación del Gobierno en Andalucía y sus núcleos de poder para favorecer una abstención que liquidara las posibilidades de Susana Díaz y que no ha hecho lo que Macron en El Elíseo, impulsar la condena internacional del extremaderechismo de Vox. Y lo dicen quienes conviven sin problemas morales con los racistas, supremacistas, golpistas y separatistas o cocinan con los etarras, asesinos o cómplices.

De Podemos e IU, no merece la pena hablar mucho porque en este caso la ceguera es consecuencia de un totalitarismo congénito. Lo de Irene Montero ayer aludiendo al miedo de las mujeres andaluzas a ser asesinadas uniendo tal cosa con maldad manifiesta a los trillizos de la "ultraderecha" andaluza –olvidando lo del azote hasta sangrar a una mujer que detalló su compañero, por ejemplo–, es sencillamente repugnante. Ha superado incluso a Teresa Rodríguez, que suele ser difícil en estas enervaciones ideológicas.

Tras cuarenta años de poder y disfrute, las izquierdas andaluzas –incluyendo a una parte oscura y maniobrera de Ciudadanos en el lote, como se ha visto en su payasada de postureo en las negociaciones para el gobierno andaluz creyendo que así va a frenar las acusaciones que le van a llover desde el PSOE y Podemos–, no parecen dispuestas a iniciar una reflexión sobre un marco de convivencia leal en el que la alternancia en el poder y el respeto al adversario sean lo normal.

La ceguera la blanca y la otra, no les permite siquiera ver que alguien como Susana Díaz, que lo ha perdido todo: votos, batalla de primarias y gobierno andaluz, tiene que irse a su casa un largo período a reflexionar. Lo mismo vale para toda su cúpula de pretorianos y de legionarios de partido.

En Podemos e IU, ni Teresa Rodríguez ni Antonio Maíllo parecen haber comprendido que es que han retrocedido centenares de miles de votos y tres escaños y que el resultado de las elecciones andaluzas es el que ha sido. Es más, es que ni siquiera han sido capaces de acordar nada en las postrimerías de esta fase. Los que se odian africanamente entre sí y a todos los que no comparten sus ideas y valores son los que llaman "odiadores" a los demás. La deformación es su forma de existencia.

Lo necesario sería que la izquierda socialista en España y en Andalucía comprendieran que es la hora de la reforma, del cambio interno, de la reconsideración de teorías que se formularon hace 170 años cuando ni había ni Relatividad, ni Mecánica Cuántica, ni la mayor parte de las novedades de la ciencia actual y de un examen de conciencia sobre sus relaciones con España como nación y la cultura occidental. Sin embargo, no parece que eso sea posible. Estamos condenados a sobrellevar esta ceguera blanca y negra que tiñe de sectarismo y amoralidad todo lo que toca.

Por eso es fundamental que los firmantes del acuerdo legítimo y necesario por el cambio en Andalucía, además de los papelitos y los numeritos, se apliquen ahora a reavivar la esperanza de ocho millones largos de personas que llevan, llevamos, un siglo y medio a la cola de todo lo importante para vivir en igualdad de condiciones con las demás regiones de España y Europa.

Juan Manuel Moreno Bonilla ha tenido la gran suerte que no tuvo Javier Arenas: presidir Andalucía en un momento clave de la historia de España. Tiene ante sí la oportunidad de demostrarse y demostrarnos que el dedo que le eligió arbitrariamente para presidir el PP andaluz puede ser superado y olvidado por una elección democrática que le permite exhibir su verdadera estatura política y moral sin complejos. Para ello, debe afrontar, desde el principio, una decisiva estrategia cultural que deje entrar algo de luz en la ceguera obsesiva que asola a la izquierda andaluza y, por extensión, a muchos de sus acríticos seguidores.

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