La mayoría democrática española debe hablar y salir a la calle

Pedro de Tena

Es irritante que, cuando un grupo de totalitarios escracha a quien le da la gana porque discrepa de su posición política, se hable de movilización popular y de pueblo. Da lo mismo que se lo hagan a Rosa Díez, a Ruiz Gallardón o a Felipe González. El hecho obedece a los mismos principios. Los reduciré a tres para este menester: el pueblo sólo está constituido por ellos, una minoría, y los que piensan como ellos (el resto es gente alienada, bultitos sin conciencia); sólo hay una política posible y se deduce de su teoría de la realidad, que es la única científica, y la democracia sólo es real cuando son ellos los que gobiernan. Cuando no gobiernan lo que hay es una dictadura encubierta llamada democracia formal o burguesa, y debe ser destruida desde las instituciones (para recibir el dinero de los presupuestos y usarlas como caja de resonancia) y desde la calle, que, naturalmente, no es de todos, sino sólo de las minorías organizadas que la invaden y usurpan.

Pero los hechos son testarudos. Los que sabotearon hace unos días la charla de Felipe González fueron apenas unos 200 y con la cara tapada, al más puro estilo etarra. Lo mismo ocurrió cuando reventaron la conferencia de Rosa Díez, cuando acorralaron a la familia de Gallardón o cuando sitiaron el Congreso de los Diputados. A veces, en plan propaganda por el hecho, sólo hay uno, como el que le pegó un puñetazo a Mariano Rajoy. Y, además, los votos que obtienen los partidos que representan a los secuaces que desean el fin de la democracia construida desde la Transición son apenas 5 millones de personas y probablemente, bajando. Frente a ellos se alza la mayoría real de los ciudadanos españoles, voten PP, voten PSOE o voten Ciudadanos, u otras opciones respetuosas con las instituciones y la democracia constitucional. Al menos, somos 15 millones largos, esto es, tres veces más y probablemente muchos más si el peligro fuera inminente.

¿Por qué pasa lo que pasa en esta España nuestra? Porque esa minoría de agitadores profesionales, al estilo leninista más depurado, están disciplinariamente organizada y dispuesta a toda manipulación, mientras la gran mayoría de los demócratas apenas está estructurada en unos partidos paralíticos muy contaminados por una corrupción insoportable y que no se atreven a defender juntos lo que es un patrimonio histórico y político de todos.

Si queremos que se salve la España que ha querido y sabido ser democrática por vez primera en su historia, hacen falta tres cosas. Una, que los partidos mayoritarios se reformen de manera inmediata y radical. Dos, que se atrevan a defender juntos y sin miedo la democracia de los ataques de estos provocadores, en todo momento y en todo lugar donde se quebrante. Tercero, que la mayoría real de la sociedad española y toda la sociedad civil se movilice con claridad y cuantas veces sea preciso contra estos aprendices de dictadores. Debemos hablar y salir a la calle para poner en su sitio a los alborotadores. Por ejemplo, ¿por qué PSOE, PP, C's y demás organizaciones sociales y civiles no convocamos una manifestación en Madrid para el día 6 de diciembre en defensa de la democracia constitucional? O eso, siempre y sin cansancio, o el caos, esto es, la invasión de estos bárbaros.

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