La II República y la Feria de Sevilla

Pedro de Tena

Cuando era muy joven, y por lo tanto no había vivido ni conocido casi nada, me entregué a la heroica labor de pegar banderitas republicanas por las esquinas de mi Jerez natal. No me pregunten por qué. Seguramente, para quedar bien con un amigo cuyo afecto y admiración necesitaba. Tal vez para afirmar mi presencia adolescente en el mundo. Yo qué sé. El resultado fue inmediato. Una llamada de la Social (policía política) a mis padres y su consiguiente reprimenda lograron lo contrario de lo que deseaban. De hecho, desde entonces me convertí en la oveja roja de una familia donde el azul predominaba por razones históricas. En realidad, como habrán adivinado, yo no sabía nada de Repúblicas, ni de la primera ni de la segunda. Estudiaba Filosofía y quería redimir al mundo.

Con el tiempo, y tras haberme beneficiado de un importante ataque de sensatez, cumplidos los treinta, comencé a informarme en serio de lo que había ocurrido para que una horrible y continuada guerra civil destrozara la vida y el alma españolas durante generaciones. Una de las primeras cosas que me pregunté fue cómo se proclamó la II República tras el reconocido golpe de Estado del general Primo de Rivera. Cuando por fin indagué en los hechos conocidos y demostrados concluí que, de unas elecciones municipales, no generales, que perdieron los republicanos se pasó a la liquidación de la Monarquía y de la Constitución vigente, y a la institución de un régimen republicano. O sea, hablando en plata, que la II República fue la consecuencia de un golpe de Estado perpetrado por una minoría electoral. Lo curioso es que nunca nadie la ha calificado así. Los golpes de Estado son siempre de derechas y de Franco, miren ustedes. El tema de la degeneración sectaria y deformadora del lenguaje se abrió ante mí como la más gigantesca operación de corrupción política y moral de una ciudadanía habitualmente desinformada e indefensa. La verdad y la libertad, ¿para qué?

Ayer, 14 de abril, me di un garbeo por la Feria de Sevilla y asistí como invitado, y por vez primera en mi vida, a la cena del pescaíto, tradición sevillana de tronío. Había decenas de miles de personas y más de mil casetas, además de un frío bético, quizá el peor de España. Tal vez en las casetas políticas, sólo unas cuantas, hubiera alguna referencia al acontecimiento –no lo sé porque no lo vi–, pero ni en el albero del recinto ni en caseta alguna observé ni grande ni pequeña manifestación republicana.

Sin embargo, tras la ceremonia del alumbrado del Real, el fantasma de Juan Belmonte, invocado por Manuel Chaves Nogales, se me apareció bajo las bombillas de la noche y me habló del 14 de abril de 1931. "En los pueblos de Andalucía hubo un levantamiento general de los campesinos que creyeron que había llegado la hora tanto tiempo soñada de la igualdad social y económica". A un grupo de revolucionarios les pareció oportuno y saludable para la República quedarse con los caballos del torero, pero lo impidió un cabecilla porque el capital del Pasmo de Triana había sido bien adquirido, no como otros.

Luego se pasó al robo. "Se iba directamente contra el propietario por el delito de serlo… Las cosas habían cambiado radicalmente. Aquellos mismos que al proclamarse la República no se atrevían a incautarse de mis caballos porque yo había ganado lícitamente mi capital, venían un año después a hurtármelos sin ningún escrúpulo teórico", me dijo al oído.

Finalmente, unos y otros apuntillaron las libertades, ya saben. Pero la amnesia histórica diseñada para liquidar la memoria real sigue dando la vuelta al ruedo ibérico.

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