La democracia imaginaria

Pedro de Tena

Nos gusta consolarnos de nuestras decepciones – vivir es decepcionarse tras el limbo olvidado de la infancia -, imaginando que somos partícipes de pleno derecho de un régimen político llamado democracia en el que cada uno de nosotros cuenta y es tenido en cuenta. Algunos de nosotros creímos ayudar a su formalización en España e incluso arriesgamos mucho en el empeño. Nuestra civilización occidental es la defensora de los valores democráticos y su expresión política es el fin de la historia de la convivencia: más allá de ella, no hay otra forma mejor de organizar una sociedad si lo que quiere preservar es el máximo de libertad individual, la cota más elevada posible de igualdad política y social e incluso los mecanismos más generosos de solidaridad.

Pero a veces, y cada vez más, parece que estemos componiendo un relato pastoril en el que somos el ganado, no unos pastores que han logrado que los balidos de sus rebaños se parezcan cada vez más en la creencia de cada uno de sus ejemplares es libre y feliz mientras son otros los que toman las decisiones fundamentales, como, por otra parte, siempre ha ocurrido.

Apenas reparamos en que en cada uno de los Estados del planeta hay un grupo de personas, muy pocas, que controlan poderes básicos para dominar a sus ganados humanos como el poder económico (con propiedad libre o no), el poder político (con varios partidos o con uno pero recaudador de tributos), el poder militar compacto y disciplinado al servicio, casi siempre, de los anteriores y el nuevo poder cultural (educativo, periodístico o digital) destinado a bendecirlo todo. Por eso, el poder judicial, que tiene en la cabeza un relato diferente fundamentado en el Derecho y la verdad, es un estorbo.

Cuando uno lee noticias como las que anuncian la aparición de una nueva arma letal planetaria fundada en el pulso electromagnético o EMP; cuando uno comprueba que los estados hacen experimentos con organismos vivos exterminadores (el caso del Covid ha encendido luces y alarmas pero no es algo nuevo); cuando uno se percata de la vida cotidiana de los presuntos ciudadanos libres dependen de materias primas cuya posesión es objeto de enfrentamiento entre élites económicas y políticas y uno se cerciora de otras muchas decisiones que se toman sin que la democracia predicada tenga nada que ver, es justo pensar que residimos en una democracia imaginaria.

Pongamos por caso el asunto de la entrada en España de Brahim Ghali, el líder del Frente Polisario (a ver si se comprende que una cosa es el pueblo saharaui y sus derechos machacados y otra el terrorismo que conviene a Argelia, la protectora de Ghali), que recientemente declaró la guerra a Marruecos, y que está acusado de diversos delitos – genocidio entre otros -, en España.

Un día, Pedro Sánchez – es que no puede ser otro -que había negociado nadie sabe qué cosa con Argelia y las empresas españolas y extranjeras relacionadas con el gas argelino el pasado otoño de 2020, decide atender al líder polisario aquejado de Covid en un hospital español sin informar de ello al gobierno marroquí, en pleno estado de guerra contra el Polisario y, oscuramente, contra Argelia. Seguramente pagaba favores a Argelia porque había otras soluciones, como enviar discretamente un avión medicalizado a Argelia para atender al paciente u otras que no acierto a suponer en este momento.

Posteriormente, se dan dos consecuencias. Una, que la ciudad de Ceuta se ve invadida por un ejército de miles de adolescentes y casi niños marroquíes empujados a ocupar la ciudad española por un cabreado reino de Marruecos, aliado preferente de USA en la zona y país de atención preferente para España. Los ciudadanos de Ceuta, cuyo futuro está en manos ajenas desde hace mucho, han sufrido en sus carnes cómo funcionan las cosas de verdad.

Pero hay otra. El precio del gas no para de subir y subir y con ello el recibo de la luz en España. La batalla por el gas en el Magreb que ha reducido a la inutilidad al gaseoducto marroquí, con un canon del 7 por ciento por transportar gas argelino bajo el Estrecho de Gibraltar hasta Zahara de los Atunes, ha potenciado el gaseoducto que va directamente de Argelia a España por Almería. Pero, ¿se ha traducido la operación en una bajada de los precios del gas argelino para el "amigo español", gas codiciado por otros países, China, sin ir más lejos? Pues no.

Queda un juez de Zaragoza peleando por la verdad y la legalidad y unos ciudadanos en Ceuta (sin olvidar a Melilla y a Canarias, sufridoras de decisiones relacionadas) y el resto de España cuyo destino se juega en mesas y ámbitos muy alejados de sus decisiones.

O sea, ¿democracia? Bueno, como mucho, una democracia imaginaria, un sueño idealista del que nos convendría despertar. La realidad del poder – capacidad para hacer que las cosas vayan en consonancia con nuestros deseos -, está en otras partes.

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