La culpa es nuestra

Pedro de Tena

Recuerdo que, cuando éramos muy jóvenes e inexpertos, dábamos gran importancia a las asambleas de base, llamadas así porque de ese modo la "base", esto es, la reunión de todos los afectados por un problema –de empresa, de partido, de organización, de escuela, de administración, de hospital o de lo que fuese–, parecía decidir sobre la solución del mismo en igualdad de condiciones. Naturalmente, ni asistían todos los convocados (si es que lo habían sido, porque a veces se olvidaba emplazar a los hostiles a las soluciones preferidas por los manipuladores), ni todos tenían idea alguna sobre cual debía ser la mejor solución porque no sabían o no se esforzaban, ni todos eran átomos simples y limpios en un fluido social, sino que algunos de ellos ya habían formado moléculas bien organizadas en células que conducían a la la asamblea soberana a los fines predeterminados por quienes sí tenían una idea previa del rumbo que debía seguirse. De hecho, bastaba situar a cuatro agitadores en los puntos cardinales de una asamblea e incitar al aplauso, cuando convenía, o al pataleo, cuando no, para desbaratar las nobles intenciones de quienes actuaban por buena voluntad.

Era el imperio de la consigna y la disciplina sobre la ingenuidad de los bultitos, nombre popular que se daba a la carne de cañón que siempre han sido, son y serán las masas, entidad inconsciente e intelectualmente amorfa ya estudiada por Gustave Le Bon a finales del siglo XIX, anotada por Freud algo después e interpretada profundamente por Ortega. Por ese carácter maleable, las masas, en el lenguaje y la práctica del marxismo-leninismo, luego asumidos por todos los totalitarismos nacionalistas y nacional-socialistas, deben ser dirigidas por una minoría profesional e implacable que sabe qué es la realidad, qué es es la historia y qué interesa a las masas, el objeto perfecto requerido por sus dictaduras. Esas masas son todo lo contrario al conjunto de sujetos políticos de una democracia liberal en que cada persona debe ser libre y capaz de labrarse un proyecto personal de vida desde su peculiar y única perspectiva del mundo.

En esta España nuestra, desde el principio, el régimen constitucional surgido de la transición democrática olvidó su obligación moral y política de combatir la estrategia de anulación y adoctrinamiento diseñada por las células contrarias a la democracia que existen y existirán en los partidos totalitarios separatistas o socialcomunistas. La democracia los admite en un ejercicio de tolerancia loable pero que jamás ha sido recíproca y que ha sido traicionada deliberadamente. Poco a poco las diferentes células hostiles a la democracia han penetrado y ocupado espacios relevantes en la educación, en la administración (de la justicia preferentemente), en muchas entidades civiles, en los medios de comunicación e incluso en algunos Gobiernos, de modo que están a punto de lograr la conquista del Estado y la nación españoles para su desmembración y debilitación.

Ante este plan ahora ya evidente, ni los partidos demócratas, desde conservadores a socialdemócratas, ni la sociedad civil ni nadie han tomado iniciativa suficiente para la defensa de la democracia y la libertad de los ciudadanos. Es más, han colaborado de un modo u otro con los enemigos de la España abierta y los demás hemos callado atendiendo a nuestros asuntos como si España no fuera el principal de ellos. La culpa ha sido nuestra y ahora se impone una resistencia democrática de los vasallos que nunca hemos tenido buen señor, salvo el rey Felipe, que se ha ganado su majestad constitucional y al que las castas han dejado solo.

Los ciudadanos españoles, no las masas amorfas que sólo existen en la cabeza de los totalitarios, debemos resistir para impedir el cataclismo nacional, que será el de nuestras libertades. Hay que ponerse a ello. Ya.

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