El PSC como desarmante de la nación española

Pedro de Tena

Desarmante es un adjetivo que trata de explicar la acción de quien desarma, de quien deja sin argumentos en una discusión o anula la cólera, el enfado, la oposición, etc. Eso es lo que dice el María Moliner. Podría creerse que el desarmante es, en realidad, un cipayo, persona, que por extensión de su significado original, sirve a los intereses extranjeros en detrimento de los de su propio país. Pero el cipayo participa activamente en la represión y anulación de los derechos y libertades de sus compatriotas mientras que el desarmante se limita a desactivar las defensas intelectuales, políticas, sociales y morales que harían posible la organización de sus conciudadanos y los deja a merced del adversario, convertido cada vez más en enemigo. En realidad, actúa como un cipayo cobarde que quiere seguir viviendo gane quien gane.

Nunca he podido entender por qué ese forúnculo político del PSOE conocido por PSC, siempre en manos de señoritos del llamado catalanismo y desde hace no mucho, de servidores leales del nacionalismo separatista bajo la máscara abyecta de un diálogo a todas luces imposible constitucionalmente hablando, ha querido ir descendiendo peldaños en la escalera del poder popular cuando al comienzo de la transición aglutinaba a los centenares de miles de españoles inmigrados a Cataluña desde la década de los 60 y a sus hijos.

Pero miren por dónde durante este mes de agosto he coincidido con un matrimonio de andaluces que viven en Cataluña y que pertenecían, según me informaron, al PSC. Al tronar yo sobre lo que estaba ocurriendo en la región y cómo, desde la política, se había escindido en dos la sociedad catalana, acusé abiertamente al separatismo de lo que estaba ocurriendo. Entonces, oh, sorpresa, ambos se miraron y dijeron: "Otro igual". ¿Igual? Sí, otro que cree que acusando al separatismo se arregla algo. Es mejor no acusarlos, no arrinconarlos, no darles armas porque entonces se va a llegar definitivamente al enfrentamiento. Ante mi perplejidad, apuntillaron que los responsables de lo que pasaba en Cataluña eran los españolistas, denominaban, como si ellos, siendo andaluces, hubieran nacido en la Luna.

Animado por el debate, desgrané el argumento de que los separatistas no pararían nunca, que toda nueva concesión aumentaría su poder hasta el golpe independentista final y que había que rearmarse frente a esta chapapotera invasión de Cataluña. Entonces, más sorpresa, se adujo – ¡en agosto de 2018! -, que el resto de España no pagaba peaje en sus autopistas y que en Cataluña sí. Quedéme de piedra. Obviamente en la pareja había calado la sinrazón de falacias que hasta el propio Borrell creyó haber destruido en su libro Lascuentas y los cuentos de la independencia (Catarata), que demostró cómo las autopistas de peaje de Cataluña fueron un negocio de las élites empresariales catalanas bajo el franquismo que hicieron pagar, no el peaje sino todo el pato, (Pepe García Domínguez dixit) al resto de los españoles que no tenían ni una sola autopista.

Lo de Borrell y Llorach había llegado tarde. Tras años de maragallismo y cipayismo del deshonorable de Montilla, muchos de los andaluces llegados a Cataluña, y sus hijos pasados por las armas educativas del separatismo, habían sido desarmados por la ignorancia y la propaganda. En esta operación, el partido decisivo fue siempre el Partido de los Socialistas de Cataluña, un partido que nunca debió existir porque demostraba que su concepto de nación española, la E del PSOE, era vulnerable y que su idea de la solidaridad nacional era un disfraz a usar según la fiesta. Tanto es así que hasta Pedro Sánchez borra o no de manera indecente la bandera española de sus mensajes sociales según conviene a su cacao mental.

La esperanza procede de la confesión de este matrimonio de que sus hijos sí lucen y defienden la bandera española y se sienten orgullosos de ser andaluces y españoles. Ese es el camino: Armarse intelectual, social, política, moral y emocionalmente ante unos racistas mentirosos y baratos que quieren apoderarse de una Cataluña que es de todos.

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