El principal problema de la ciudadanía democrática

Pedro de Tena

Un famoso chiste situaba a una ciudadano o ciudadana, hay que ser políticamente correctos, en una orgía privada en la que después de algunas horas, el o la susodicha encendía la luz de la estancia para decir (lo diré suavemente): "Vamos a organizarnos, porque me han penetrado diez veces y yo no he tocado bola". Comprendo el desagrado puritano pero así es el chiste. Quizá por nuestra íntima inclinación anarquista –que hay quien defiende que con la tentación falangista es lo más puro de los dos últimos siglos de esta España–, hemos abandonado la práctica de la organización fundados en la oscura y discutible creencia de que la organización limita nuestra personalidad más que la potencia. Los libertarios españoles siempre vieron en la organización una cesión de derechos incompatible con la libertad y voluntariedad de la vida plenamente humana y siempre defendieron que, incluso la CNT, era hostil al libre desarrollo de la personalidad individual. En la democracia liberal, base de la imperfecta democracia que vivimos hoy en España, la continuidad de esta tradición ha hecho posible dos cosas: que las fuentes esenciales de nuestro modo de vida, desde la energía al teléfono pasando por el gas y otras menudencias estén en las manos incontroladas de grupos del capitalismo nacional o internacional y que el Estado esté en las manos incontroladas de los grandes partidos y sindicatos, sobre todo. ¿Conclusión? Que los ciudadanos de a pie no pesamos más que lo que pesa cada uno, esto es, un infinitésimo. Nada. Nos quejamos pero no influimos.

Dicho esto, siento que la indignación nacional, que es mucha y consistente, ha sido capitalizada por este engendro de Podemos precisamente porque se ha organizado, mejor o peor, con fundamento en la abstracción teórica. Me explicaré. Indignados en España estamos muchos y por diferentes razones. Por la corrupción, especialmente, pero asimismo por los impuestos crecientes, por la marcha infame de las autonomías, por la falta de patriotismo de la casta y los castizos adyacentes, por la medianía de muchos líderes, por una justicia que nos permite ver a asesinos paseando por la calle mientras encarcela a personas para desconectar alarmas presuntamente sociales, porque se llame asesino al ex presidente Aznar y ni siquiera se aluda a los asesinos del 11-M, que ni siquiera sabemos quiénes fueron, por el paro inclemente de 5 millones de españoles, por los ataques inmisericordes hacia el cristianismo (al que le debemos valores e incluso la idea del alma, base de principio de la democracia), por el nepotismo, por la endogamia de las universidades, por la falta de amor a España y a su historia pese a sus defectos como hacen americanos, ingleses, franceses, rusos, chinos y cualquiera que se tenga un poco de autorrespeto... E indignados por una izquierda moralmente enferma, que asume una leyenda negra española y parece querer acabar con la nación, y una derecha cobarde, pusilánime y sin un proyecto nacional de alcance.

La indignación es el estado de ánimo de millones de ciudadanos españoles, de eso que llamamos sociedad civil de manera incorrecta porque la sociedad civil que se precia está organizada. Por ello, resulta que un grupo de pipiolos, o de profesores sin experiencia ni escrúpulos, educados en el marxisimo leninismo latino, se han atrevido a representarnos a todos. Y casi lo están consiguiendo. ¿Por qué? Porque, nosotros, la inmensa mayoría de ciudadanos españolas indignados con diferentes males de nuestra patria común, no estamos organizados ni tenemos voluntad de organizarnos para que nuestra voz sea oída y la España que deseamos exista.

¿Un nuevo partido? No, por Dios, no. No se trata de nuevos partidos sino de asociaciones capaces de pesar en la vida nacional con ideas, valores, número y orden. ¿La llamamos contrapoder, si queremos? Pues vale. Eso. Además de las urnas, bendito elemento democrático, necesitamos organizaciones que pongan nuestro peso encima de la mesa. Si no nos organizamos al margen de los grandes poderes constituidos los que dominan las fuentes de la vida cotidiana y los que dominan el Estado, siempre seremos machacados por ellos o embaucados por los maestros de la abstracción generalizada que son los demagogos de Podemos, bajo cuya hojarasca late la dictadura de la infamia. Basta con decir : "No nos representan", "Contra la casta", "Vivan los de abajo" y tonterías así envueltas en la bruma de la indefinición para que nos despeñemos por el precipicio sentimental hasta caer en el totalitarismo. (Sus opositores internos ya se han percatado del infierno que les viene).

El problema es quién o quiénes, cuándo, cómo, dónde y para qué. Propongo que Libres e Iguales se erija en la matriz de esta organización y se convierta en una gran fuerza nacional libre, democrática y racional. ¿Acaso digo alguna tontería?

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