El porvenir del pasado y el exfuturo de España

Pedro de Tena

Este año ha sido el primero en que no he recordado el día de enero de 2009, el 24, en que desapareció Marta del Castillo, aquella joven de ojos dulces y vitales, que fue destrozada por una conspiración de canallas que aún no ha sido aclarada, once años después. Pido perdón por ello y rezo a Bécquer: sólo hay tumba definitiva donde habita el olvido. Mientras hay memoria y verdad, el pasado tiene porvenir y el futuro previsto puede mutarse en un exfuturo, paradójico término que impresionó vivamente a Unamuno. Si para los verdugos el futuro deseado para sus víctimas es el olvido, tenemos la obligación de alimentar el porvenir de su pasado e impedir que habiten "en los vastos jardines sin aurora".

En estos días vamos viendo cómo quieren que sea el futuro los señores de la Moncloa y sus aliados separatistas. La libertad de personas y familias va a ser limitada y modelada por la ingeniería social de unos visionarios dogmáticos. La codicia salvaje de un Estado depredador intentará apoderarse de la mayor parte del fruto de nuestro trabajo. La infamia insolidaria de una Administración permitirá que el acceso a los recursos públicos beneficie más a unas regiones que a otras, poniendo fin al proyecto constitucional de solidaridad nacional. La deformación de una explicación oficial de la Historia anegará aún más las escuelas y los medios de intoxicación de masas. La continuidad de una España de siglos, con sus luces y sombras, será encaminada al troceamiento mediante concesiones que será difícil revertir. La democracia donde la alternancia política siga siendo la regla de oro será reemplazada por un régimen morboso donde sólo habrá una opción hegemónica. Y, por dejarlo aquí, el debate razonable sobre usos y costumbres y sus reformas moderadas será sustituido por la descalificación y los insultos hacia quienes defiendan otros valores y jerarquías.

En otros términos, se está procediendo a la liquidación de la transición democrática y sus afanes reconciliadores y se está propiciando un nuevo régimen que conllevará una nueva Constitución que consolide definitivamente el modelo social y político que ansía sólo una parte de España que quiere condenar a la otra a la sumisión y el olvido. Muchos han colaborado, hemos colaborado, en esta obra de demolición con nuestra indiferencia, con nuestra incapacidad para detectar lo esencial, y algunos con la traición o la deslealtad más obscena.

¿Está todo perdido? ¿Se ha perdido la oportunidad de una España reconciliada en la que sea posible convivir en un marco democrático de tolerancia recíproca, de justicia cabal, de respeto a la verdad y de debate racional de reformas sensatas y útiles para la gente?

Esa España, la España compartida y libre de privilegios, arbitrariedades, odios y exclusiones, la España que quisieron muchos, desde Galdós a Ortega y a Unamuno y a otros muchos españoles de a pie, la nueva España esperanzada que se hizo fracasar deliberadamente en la II República y que se abrió paso de manera generosa, demasiado en algunos casos, en 1978 tras una larga dictadura, es la España que quiere ser eliminada del futuro y sumida en el olvido por unos insensatos que sólo están atentos a sus elucubraciones ideológicas y no a la realidad nacional.

El desarme cultural y moral, el desencanto por el comportamiento de unos partidos e instituciones que no están a la altura, un poder judicial dependiente y sumiso y el cansancio provocado por sucesivas decepciones pueden hacer posible que a España no vaya a conocerla, esta vez sí, ni la madre que la parió. Sólo la reacción de la sociedad civil, el nervio de la nación, harta también de manipulaciones, estupideces, banalidades y mentiras, puede hacer que este futuro inminente termine siendo un exfuturo, no un destino inevitable. ¿Hay quienes se atrevan a ponerle el cascabel al gato y convertir en porvenir lo que ya se está dando por pasado?

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