El Cantar de Jindemón

Pedro de Tena

Aunque la ocurrencia nacional se ha puesto de manifiesto en estos últimos días a lo largo y lo ancho de las redes sociales, y de qué modo, El Cantar de Jindemón no está escrito. Tal vez debería, pero los juglares tienen dudas porque no puede ser un Cantar de los Cantares. Acabáramos. Mucho menos podrá ser un cantar de gesta. Por poner un ejemplo, Roldán, no el primero que se viene a la cabeza por su esperpéntica fuga, no. Me refiero al otro, al héroe de Roncesvalles. No cedió al miedo ni ante la muerte, a la que se enfrentó con dignidad. Nada que ver con nuestro Jindemón.

¿Que por qué Jindemón? En catalán puigdemont significa cima de un monte. Jindamón es, en caló, cobardica, el no da más de la jindama, noble palabra romaní que significa "miedo". Corominas y Pascual en su Diccionario Etimológico subrayan que su origen está en el gitano hiñar, jiñar, "evacuar el vientre", por alusión, refieren delicadamente, a las consecuencias fisiológicas del canguelo.

Hace un siglo, en Madrid, apareció una publicación taurina llamada El Tío Jindama, que pasó a los almanaques e incluso al libreto de las zarzuelas. En su número 1 explicaba: "La jindama es una enfermedad de todas las épocas, infiltrada de padres a hijos en el género humano desde Adán hasta nuestros días. Nadie está exento de ella en mayor o menor escala. Nadie está ajeno de ser víctima de sus ataques". Como tampoco estamos libres de jindama, y lo reconocemos, bien está que señalemos sólo a quienes se ven atacados por dosis excesivas que sorprenden por sus consecuencias.

Atendiendo a estos elementos, y considerando que la demasía de jindama del señor Puigdemont en el ruedo ibérico –léase cómo en el de Valle Inclán se describe tauromáquicamente la jindama– ha contagiado con una rapidez inusitada a los tendidos del independentismo, creo que, por imagen sugerida, puede modificarse su apellido, jocosamente y con todo merecimiento, por este otro más ajustado de Jindemón. Por si fuera poco, jin en caló se traduce por "número", así que Jindemón adoptaría, además, un segundo significado: "Número de la jindama". Nadie podrá negar a estas alturas que lo de Puigdemont ha sido un número y que la jindama ha sido el componente medular del último acto de su puesta política en escena.

Por todo ello, considero digno de un cantar, ya sea romance en octosílabos asonantados o cantar en alejandrinos aconsonantados, con o sin hemistiquios, el comportamiento de nuestro Jindemón. No puede ser un cantar al uso porque eso de que la cuadrilla sufra las cornás mientras el diestro huye jiñado de la plaza con nocturnidad y alevosía merece un lucimiento. Bardos hay que pueden afrontar esta necesaria composición, incluso en estas mismas columnas, con el fin de que nadie olvide jamás cómo fueron maltratadas Cataluña y España, con mención destacada de su propia afición, por este inenarrable Jindemón.

Ay, Jindemón, Jindemón,
cuán poco honorable día.
La jindama te llegaba
desde el alma a la camisa.
Tu Cataluña quedaba,
la tuya, que no la mía,
con un bochorno señero
y una vergüenza legítima
cuando independientemente
de toda compadrería
dejaste a tus subalternos
a los pies de la Justicia.

Esta podría ser una de las maneras de empezar.

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