El camino de Santiago

Pedro de Tena

Los caminos de Santiago son muchos y desde cualquiera de ellos puede peregrinarse siguiendo el iter stellarum. Pero, ojo, todo peregrino debe afrontar peligros, sobre todo, el de terminar stellatum. O sea, no en las estrellas sino estrellado. En esa tesitura se encuentran hoy Santiago Abascal y su partido. Recién iniciado el camino de la política nacional, a las primeras de cambio ya ha sufrido calambres de envergadura. Era previsible que la izquierda en su conjunto intentase reventar su romería, confundir sus brújulas y estigmatizar a sus caminantes. No lo era tanto que los partidos que se dicen nacionales y demócratas, más o menos liberales, se unieran al coro de los grillos que repiten la falsa cantinela de la "extrema derecha". Pero, claro, es que, sea cual sea, el camino de Santiago es el camino de un partido político que acepta sin titubeos la Constitución española, aunque sea para cambiarla en algunos de sus puntos (como todos los demás). Por poner un ejemplo, ni Francia ni Portugal ni muchos otros países tienen comunidades autónomas, y no por ello dejan de ser democráticos.

Aunque el poeta andaluz dijera aquello de que se hace camino al andar porque no hay camino predeterminado ni único ni seguro, lo cierto es que una vez andando hay que decidir las direcciones y los sentidos. Si alguien lo prefiere, se puede andar a ciegas o sin tener en cuenta la experiencia disponible, por insuficiente que sea, a ver qué pasa. Y puede pasar de todo, desde que te asalten bandoleros a que te salgas del mapa o a que te caigas por un precipicio. Por ello, hay que decidir la ruta y con qué compañeros de viaje te enrolas en esta travesía, teniendo en cuenta que es la de un partido político, no la de una pandilla de peregrinos sin orden ni concierto.

El crecimiento espectacular de Vox en las últimas elecciones andaluzas no fue seguido por otro de similar estatura en las elecciones generales y resultó decepcionante en las elecciones municipales y autonómicas del pasado mayo. En el simpecado portado por los fundadores de Vox podía leerse más España y menos cesión a sus enemigos; más democracia y más ciudadanos y menos Estado y menos casta política y más vergüenza y decencia moral y menos degeneración partidista, legal e institucional. Esencialmente fue eso. Era un mensaje que podía llegar a las derechas, vía código genético, pero asimismo a las izquierdas por razones instrumentales de hartazgo de impudicias y de la falta de eficacia. Lo apunta bien Javier Somalo. Hay muchos desencantados que la democracia española ha ido extendiendo sobre el cuerpo electoral por sus componendas, sus indiferencias, sus corruptelas e incluso sus traiciones que pueden mirar al camino de Santiago. Fíjense en el comportamiento de dos expresidentes como Zapatero y Rajoy para percatarse de por cuántas desilusiones hemos transitado. Y ahora, lo de Otegui en la RTVE y tantas cosas más. Una detrás de otra.

Por tanto, el camino de Santiago no puede seguir siendo cosa de aficionados, ni de divos, ni de repentizadores ni de piratas o majarones encubiertos. Es el camino de un partido político, esto es, el camino de una organización de personas, no de santos ni de héroes, que quieren llegar al Gobierno democráticamente para hacer reformas y enderezar lo que se considera un entuerto nacional. Tienen una gran oportunidad porque el centro-derecha español está siendo triturado por sus contradicciones (y por un plan inteligente diseñado por el PSOE) y la izquierda indignada está siendo desacreditada por la falta de ejemplaridad de sus dirigentes (y otro plan inteligente trazado por un más que peligroso PSOE de Pedro Sánchez, que es capaz de aliarse con quien sea para conservar el poder. Véase Navarra, Cataluña, Valencia, etc.).

El PP se desarrolló contra la corrupción socialista y contra el infame desmadre zapateril, pero ha descorazonado a millones de votantes por su abandono de un proyecto liberalizador y el horroroso ejemplo de muchos de sus dirigentes. Ciudadanos está dejando de ser, incluso en Cataluña, el tercio resistente de una España digna y se desgarra por dentro debido a sus bandazos ideológicos, el fracaso de su ambición por ser el gran partido de la derecha y sus connivencias estratégicas lejanas a todo principio ético consistente. Por la izquierda, los indignados, expropiados de su movimiento por el comunismo podemita, yacen en la abstención o vuelven con la nariz tapada al corral socialista.

Claro que hay sitio y espacio para un camino de Santiago Abascal que siga la ruta de las estrellas. Pero hay que demostrar que se es un partido más íntegro, más nacional, más democrático a fuer de liberal y más coherente en todas partes. Para llegar a serlo, lo primero es precisamente ser un partido y, por ello, exigirse un equilibrio entre la libertad personal y las exigencias de la organización. O sea, una cierta disciplina hay que aceptar si se quiere estar en un partido. Hay personas que no somos de partido alguno porque no nos resignamos a ceder parte de nuestra independencia ni un átomo de nuestras creencias. Legítimo. Pero puede simpatizarse con el proyecto apoyándolo desde fuera sin el corsé de las limitaciones estatutarias.

De lo contrario, se manda un extraño y confuso mensaje que puede hacer que el camino de Santiago pase de estelar a estrellado en menos de una legislatura. No diré yo que sea fácil, pero no hay otro camino.

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