De exhumaciones, degeneraciones y elecciones

Pedro de Tena

Tiene guasa que la exhumación de la tesis de Pedro Sánchez haya tenido lugar antes que la exhumación de los restos de Franco. ¿O no fue una inhumación la que perpetró el todavía presidente del Gobierno cuando hace seis años decidió ordenó enterrar su tesis doctoral para que no tuviera la exposición pública natural? Cuando un estudiante normal, tras haber empleado tiempo y dinero familiar o propio en una carrera universitaria, alarga su vida académica y elabora una tesis doctoral, habitualmente se siente orgulloso de su aportación a la vida intelectual nacional. Por eso trata de que lo que le ha costado tanto esfuerzo tenga reconocimiento. Lo que no es normal –casi es de psiquiatra o de algo peor– es sepultar una tesis donde habitan el olvido o el desconocimiento. Tal comportamiento es síntoma de una degeneración ab initio, propia de quien hace una tesis por una razón, la que sea, que no es la devoción por el saber y la investigación.

La degeneración del comportamiento universitario llega a tal límite que el doctorando Pedro Sánchez se permitió solicitar en las redes sociales bibliografía para unas "notas" sobre la diplomacia económica. Si tenía una directora de tesis, ¿por qué no disponía de una bibliografía exhaustiva sobre el tema de su trabajo, y por qué llama "notas" a una tesis doctoral? Y finalmente –sé que hay mucho más, pero me basta con estas asombrosas conductas–, ¿cómo es que el ya doctorado Sánchez somete su propia tesis a una prueba antiplagio? ¿Acaso no sabía lo que había escrito y quién lo había hecho? ¿Es que desconfiaba del contenido de su propia obra?

Cualquier doctor con la dignidad en su sitio saltaría al cuello de quien pusiera en duda la originalidad de su tesis. Cualquier estudiante, de cualquier nivel, incendiaría Troya de ponerse en cuestión la autoría de un trabajo suyo, por nimio o reducido que fuese, salvo los golfos que copian, plagian y estafan. Si a eso unimos lo que ya sabemos de textos sin entrecomillar, de la idoneidad de los miembros de su tribunal, de su flagrante mentira en sede parlamentaria y demás detalles fétidos, no tengo duda alguna de que estamos ante una degeneración del proceder universitario y de la práctica política.

Por ello, ante la natural indignación que siente la ciudadanía, sobre todo su sector universitario de a pie, lo moral sería dar explicaciones en el Congreso y luego dimitir, siguiendo su propia vara de medir en el caso Montón. Si no quiere dimitir, porque el decoro personal no es lo suyo, debería convocar inmediatamente elecciones, que es a lo que se comprometió cuando presentó su moción, no de censura, sino antinatura, que ahora le deja totalmente en manos de Podemos, separatistas y proetarras. Ello perjudica severamente a su partido, que puede sufrir un descalabro en las próximas elecciones si el deterioro ético y político de la izquierda, Podemos especialmente incluido por su complicidad, sigue su curso.

La insistente investigación periodística de tres diarios nacionales, rebelados ante el matonismo presidencial, así lo profetiza. Por ejemplo, ¿qué pasaría si un elenco de eminentes catedráticos de universidades extranjeras y/o españolas sentenciara que la tesis, además de mala, es efectivamente merecedora de la acusación de plagio?

Consecuentemente, Susana Díaz haría bien en convocar cuanto antes, y por su bien, las elecciones andaluzas. Además del impacto del caso de los ERE, demás escándalos pendientes que no cesan y de sus agujeros en la gestión de la cosa pública andaluza, ahora se tiene que comer el marrón nauseabundo de la actuación de su presidente y secretario general del PSOE, sin que Ciudadanos esté dispuesto ya a seguir siendo cómplice del sostenimiento de la tela de araña del socialismo andaluz. Está tardando si quiere seguir al frente de la Junta y seguir aspirando a liderar al PSOE a nivel nacional. Diga algo, señora Díaz, que con este jaleo no se le oye nada.

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