Claro que la democracia española es muy mejorable

Pedro de Tena

No logro comprender, de la mano de Luis del Pino, por qué se ha desatado la indignación en el PSOE y en otros cuando Pablo Iglesias recalca que la democracia española es mejorable. Claro que es mejorable, por favor. Una democracia que ha consentido que un tipo como él sea vicepresidente segundo del gobierno, que tenga bajo su mando varios ministerios y esté siendo informado de muchos de los secretos que afectan a la seguridad nacional y a la vida de los ciudadanos, es manifiestamente mejorable.

Una democracia que, deseando desde los comienzos de la Transición, con mejor o peor tino, el fin de todo totalitarismo, permite que enemigos declarados de sus formas tolerantes y abiertas y sicarios confesos de dictaduras miserables campen a sus anchas por el Estado de Derecho, es una democracia políticamente miope cuya visión histórica y estratégica debe ser rectificada cuanto antes.

Una democracia española que ha asumido que la política es el reino de la mentira con lo que ello conlleva de desprecio a los votantes y simpatizantes, que tiene por presidente a un señor que, desde su tesis a su campaña electoral, no es que una sucesión de trolas desvergonzadas y fraudes, es una democracia que necesita un remiendo moral de calado.

Una democracia, que se llama española, que no sabe si es la forma de gobierno de una nación con identidad e historia más que probadas o si es la última expresión que adoptan ocho, más o menos, desorde-naciones distintas antes de cargarse la unidad secular, tiene que hacérselo mirar. Si además, permite que se insulte, menosprecie o ultraje a su Jefe del Estado y a sus símbolos, su mejora es de extrema necesidad.

Una democracia que consiente que los criminales de la ETA estén humillando legalmente con sus comportamientos a aquellos a los que asesinaron y a sus familias así como a todo un Estado de derecho, debe ser perfectible. Una democracia que, tras vacilar y consentir, no castigó como es debido a quienes perpetraron un golpe de estado en 2017 contra su ordenamiento constitucional y que rebajó la consideración de lo ocurrido de rebelión a sedición (permitiendo el espectáculo de condenados golpistas acudiendo libremente como candidatos a unas elecciones) tiene que ser forzosamente mejorable.

Una democracia que consiente que su poder judicial, garantía de los ciudadanos ante la arbitrariedad y el abuso del poder, esté penetrado por los partidos; que no distingue entre instrucción y adoctrinamiento en la educación nacional y que no exige minuciosamente la igualdad de oportunidades básica para que las nuevas generaciones no hereden los errores y carencias de las anteriores, tiene que ser forzosamente mejorable.

Pero además, tiene que ser mejorable una democracia que concede un poder tan omnímodo a las cúpulas de los partidos, que se pasan la democracia interna por el forro. Ese poder incontestable y su acceso único y sin trabas a los dineros públicos es lo que ha permitido y permite el tejido de telas de araña partidistas en la Administración del Estado, en las administraciones autonómicas y en las administraciones municipales. Ese entramado permite adjudicar, colocar, presionar, subvencionar, discriminar o silenciar a quien sea, como sea, cuando se quiera y sin límites, usando para ello las instituciones y el dinero de todos.

No se puede reconstruir, como asegura Jiménez Torres, la Transición idealizada del pasado porque no se puede reconstruir un edificio que tenía unos agujeros que nos han llevado a un estado múltiple de calamidad, no sólo el golpe de 2017.  Lo que los demócratas españoles hemos de hacer es fraguar la transición definitiva a una democracia mucho más moral, sí, moral, tan o más respetuosa con los ciudadanos de a pie que con los partidos y grandes centros de decisiones y mucho más intransigente con quienes quieren destruir la nación que le da vida y los valores que la identifican.

O la democracia española es mejorable o adiós a una democracia que apenas sentimos ya como algo propio.

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