Antología del anonadamiento

Pedro de Tena

Recuerdo que la primera vez que me impresionó el uso de la palabra anonadarse, reducirse a la nada, convertirse en nada, estar sin capacidad de reacción ante una sorpresa mayúscula, fue en un poema de Luis Rosales, tal de vez de su casa encendida. España, ahora, como casa apagada (tal vez causa), manifiesta un síndrome de anonadamiento ante las sorpresas de los primeros meses de este año de tribunales, de decepciones y de batacazos. Milton, que perdió un paraíso, ya habló del anonadamiento de Adán en el lago del olvido junto a Eva. El conde de Volney, cuyas "ruinas de Palmira" leyeron con pasión los anarquistas españoles, dejó claro "¡cómo se han anonadado tantos afanes!", imperios, naciones y, digo yo, partidos. Pardo Bazán destacó cómo los príncipes pueden sufrir un "anonadamiento absoluto" y Balmes destacó los momentos de "anonadamiento" que anegan el alma. Larra se anonadaba ante la victoria del mal: "Allí donde está el mal, allí está la verdad". Blanco White subrayó su anonadamiento ante el sufrimiento del ser humano. El propio Zola escribió sobre el anonadamiento y su efecto letal sobre la capacidad de indignarse. Azorín, de ruta por Don Quijote, describió el anonadamiento, el no ser, ante los páramos sin fin. Incluso el sevillano Méndez Bejarano creía que el anonadamiento de las facultades de juicio era resuelto por la ayuda de Dios aunque Unamuno culpaba a la pereza, el deseo de no ser, del anonadamiento.

Pues sí, muchos más de veinticinco y creemos que un importante número de personas normales, estamos sumidos en el anonadamiento, la esencia de la nada, que definía Heidegger. La impúdica, ya sabremos algún día si ajustada, detención de Rodrigo Rato, que contribuyó a reducir el paro español a la mitad, era la gota que faltaba para que rebosara nuestro vaso de la nada, acumulado largo tiempo en esta nación descompuesta. Galdós en La segunda casaca, tras pegarle un repaso a las conspiraciones nacionales, enumera 14 en sólo los primeros años del siglo XIX, desmenuza el anonadamiento de este modo: "Juzgad ¡oh amigos!, de mi asombro, de mi anonadamiento. Largo rato estuve con el papel [léase noticia] en las manos sin saber qué partido tomar, sin poder concretar mis ideas, sin resolverme a dar un paso, ni poder formar un juicio claro sobre aquel hecho. En mi cerebro bullía el caos. Ocupaba mi espíritu un miedo horroroso, un miedo cual nunca lo he tenido". Sí, sí. Sí es esto. Julio Verne lo refería a las ramas caídas de un árbol del castillo de los Cárpatos. Contaba 18 y luego sentenciaba: "Cada rama caída significaba un año menos de existencia para el castillo. La caída de la última produciría anonadamiento definitivo". Pues eso.

Independientemente de si Rato es o no autor de los presuntos delitos que se le atribuyen –que tienen que ser delitos y gordos, porque si no a qué habrá venido el vodevil de su escarnio–; independientemente de su presunción de inocencia; independientemente de que advirtamos o no el perfume de las conspiraciones; independientemente de la esencia de lo que haya ocurrido, ya tenemos una apariencia, Rato detenido, lo que en este mundo del espectáculo desalmado y sin escrúpulos es un hecho veraz y contundente o se comporta como tal, elevado a la enésima potencia. Y, naturalmente, ha producido el efecto anonadador que se perseguía. Ya no son nada ni los ERE, ni los cursos de formación, ni Pujol, ni el tranvía de Parla, ni Juana la limpiadora ni nada de nada.

El votante liberal conservador, el votante, por decirlo así, centrista y moderado, asqueado por los desmanes de una izquierda corrupta e incapaz de saltar sobre la Segunda República, se encuentra ahora, tras el Gürtel, la Púnica, Bárcenas y Cajamadrid, con la flagelación –que tiene que ser merecida o alguien merecerá algo mucho más fuerte– de Rodrigo Rato. Pues sí, nos hemos quedado antológicamente anonadados y por lo tanto imprevisibles, ausentes, sin rumbo y sin destino. Como refería Zweig, flotamos en absoluta pasividad, anonadados por la ausencia de nación y por la abundancia de cantones llenos de jefecillos, de todas formas, tipos y colores, que, como sabía mister Witt, anonadan.

Y esto, a un mes y pico de unas elecciones decisivas. Fernán Caballero deshilachaba el anonadamiento que nacía de la sencilla y ciega fe en la infalibilidad de alguien. Elíjase quién.

Pues con algunos centenares de miles de votos anonadados, tal vez más, que son más de veinticinco y que son votos de personas muy normales, presiento que esto está más perdido que el barco del arroz.

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