Alabanza a unos héroes en esta España menor

Pedro de Tena

España es hoy una España menor, no sólo por sus cantidades -extensión, riqueza, influencia y poder-, sino por sus cualidades, léase, virtudes morales y civiles. Entre el "Me duele España" y la "puta España" hay una trayectoria decadente al parecer imparable. Si durante siglos nuestro declive fue cuantitativo, aún nos permitimos heroicidades como la lucha por nuestra independencia y algunos destellos más, cada vez más leves. Desde hace años, especialmente los últimos cien, el deterioro ha sido, sobre todo, cualitativo. Uno, que ya no es tan ingenuo como antes, sabe del poder, del dinero, de sus trucos, de la corrupción y de los fraudes. En todas las grandes naciones ha habido grandes crímenes porque la humanidad parece ser una especie maldita. Caín no fue una leyenda, sino un autorretrato. Pero aún a sabiendas de todo eso, envidio el patriotismo de unos Estados Unidos (o el de Francia, o el de Australia, o incluso el de Italia, o Gran Bretaña, o Dinamarca o Alemania) mano en pecho e himno en los labios, aunque se haya nacido en Corea, en el Congo o en Brasil. Aquí no tenemos letra en el himno porque no nos sale del alma el amor a esta nación cada vez menor. No obstante, aportaré un alivio.

A lo largo de muchos años, el periodismo documental, de precisión o de investigación me ha permitido albergar alguna esperanza bajo la forma de un conjunto de héroes forzosamente anónimos que han contribuido al esclarecimiento de algunas verdades que deberían habernos servido para corregir y enmendar un rumbo suicida. Ciertamente, el periodismo de investigación aflora demasiadas veces cuando alguien odia a alguien y por motivos miserables revela lo que no habría contado de haber seguido beneficiándose de la porquería. Pero otras, las menos, hay héroes que, por amor a la justicia o a la libertad o a la patria o a la simple decencia, descubren lo que los poderosos, de menor o menor tamaño, deseaban oculto. Estos héroes suelen ser personas humildes, sencillas, del tercer estado (a veces, pocas, del primero) que arriesgando el futuro y confiando en la decencia del periodista, desvelan hechos que, hilvanados luego por el oficio, pasan a ser escándalos cuyas moralejas podrían mejorar a la democracia española.

Pero ¿qué es de estos héroes sin nombre que ayudan a vender periódicos y engordan la soberbia de algunos directores? ¿Qué es de estos titanes que ayudan a unos partidos políticos a arremeter contra otros para desgastar sus predios electorales? ¿Qué es de estos quijotes que pretender enderezar entuertos para preservar la libertad y la honestidad de su nación? Nosotros, los plumillas que les llamamos "fuentes", preservamos sus identidades, pero no siempre somos cuidadosos y al final, por deducción lógica o por rastreo incansable, sus nombres se adivinan. Y entonces vienen el despido, la infamia, la desconsideración y el olvido. Ni esos periódicos que se lucraron con sus informes y documentos ni esos políticos que los utilizaron contra los rivales mueven un dedo para, cuando menos, dejarles vivir con dignidad. Una nación se conoce por cómo trata a sus héroes y a sus víctimas. Por eso esta España es cada vez menor.

En este caso, lo que está en juego es lo que muchas veces he llamado el principio de Arquímedes de la verdad civil. Una verdad oculta siente una fuerza impulsora para salir a la superficie proporcional a la salud democrática de la sociedad en la que se alberga. Son estas verdades, junto con las verdades de los hechos visibles o evidentes, las que hacen madurar el juicio electoral de los ciudadanos y mantienen o alteran sus decisiones libres.

Los héroes, pequeños si queremos, pero héroes de la verdad civil, son la esperanza de que los amigos del control totalitario de vidas, haciendas y conciencias que pasean disfrazados de demócratas, no logren su objetivo. Mi admiración por ellos es inmensa, como mi agradecimiento.

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