Cuentas públicas

A cuenta del cuento del déficit

Pedro de Tena

Cuando la moral cívica y la aritmética, o viceversa, fallan en un país, es que se está a los pies de un desastre. Empecemos por la aritmética, milagro de la inteligencia abstracta y letra importante del lenguaje en que está escrita la Naturaleza (Galileo dixit). Sobre su exactitud hay un consenso universal. Prodigiosamente, sus números, propiedades, relaciones y formulaciones se corresponden con la realidad de tal modo que podemos manipular y transformar la materia en general basándonos en sus cálculos. En economía política, la confianza ciudadana, la credibilidad política e incluso las relaciones internacionales, están basadas en la honorabilidad de la aritmética bajo la forma de contabilidad nacional, regional y local. Como muchos sabemos, que no todos por lo visto, contabilidad viene de contar y sólo hay un modo reconocido de contar. Incluso en China. En un país, hay métodos de contar aceptados por todos los agentes de modo que hay certeza, que no fe, en las cifras oficiales. Sin embargo, desde hace un año venimos asistiendo al desprestigio de las cuentas públicas porque resulta que lo que nos dijeron que era el importe del déficit era una versión falseada y reducida del mismo y claro, cuando los que repasan la operación son los que mandan en Europa, los números no cuadran. 

La palabra contar tiene, que nos interese, dos significaciones. Contar de números y relatar de hechos. Cuando los números dejan de estar ligados por unas normas aceptadas, comienza la posibilidad de "contarlos", esto es, relatarlos, incluso como mentiras. España debe ser uno de los países donde más se miente del mundo porque la mentira, anatematizada por incivil desde los diez mandamientos –recuérdese el octavo–, se ha convertido en grasa blanda de esta democracia. Resulta que casi todos han mentido con el famoso déficit público. O sea que en vez de contar con propiedad se ha mentido con impunidad. ¿Es que hay algún problema con el sistema contable, con las instituciones encargadas de velar por su pureza, con el adiestramiento en el arte de contar magnitudes o es que hay una falta de vergüenza tal que se es capaz de mentir hasta el punto de que dos y dos sean cinco, o tres según les salga a algunos de las criadillas machos o hembras? 

¿Cómo es posible deformar las cuentas públicas hasta convertirlas en una trola vil? ¿Qué persona o personalidad toma la decisión de consumar la infamia, que lo es, porque afecta a todos los ciudadanos y a su toma de decisiones? ¿Cuántas personas, desde funcionarios a técnicos externos, tienen que ser cómplices de dicha determinación? ¿Puede funcionar un país en el que los números no están orientados por procedimientos compartidos y aceptados sino que bailan según las afinidades políticas o conveniencias del momento? ¿Y los interventores? ¿Para qué entonces los tribunales, las cámaras, las auditorías de cuentas? Menos mal que el Fiscal General ha advertido que desde ahora esto de los números, su cuenta y su gestión, pueden derivar en responsabilidades penales. Dios le oiga.

Ya puestos a la arbitrariedad, propongo una nueva definición de los números primos: "Dícese de aquellos números que se cuentan a los ciudadanos de un país, de ahí lo de primos, para que no tengan nunca ni puta idea de lo que realmente pasa". Y desde luego, su corolario. La vergüenza no es otra cosa que un número imaginario. 

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