Viva el 8 de marzo

Pablo Planas

Con más de cuarenta y tres mil muertos sobre la mesa de un Gobierno negligente que reaccionó tarde y mal ante la epidemia del coronavirus, el presidente de esa banda ha dicho en el Congreso que "viva el 8 de marzo". Con setecientos mil parados más que en mayo del año pasado, Pedro Sánchez no ha tenido el más mínimo reparo en lanzar un viva que es una agresión en toda regla a quienes lo han perdido todo, seres queridos, ahorros, pequeñas empresas y empleos. Después de una purga indecente y criminal en la Guardia Civil, ese presidente ha ahuecado el pecho en el atril para proferir ese viva, una ofensa a los muertos. Y en pleno luto oficial, el luto que declaró cuando le salió del níspero.

Que viva el 8 de marzo, sí. Y que se investigue hasta el final. Si es que se puede y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, no se carga a más guardias civiles por negarse a informar a sus superiores políticos sobre las investigaciones de sus subordinados. Viva el 8 de marzo y viva Marlaska, que no debe dimitir porque la culpa es de Rajoy. Y si no de Franco. Rápido, hay que ilegalizar la Fundación Francisco Franco y desenterrar a sus víctimas de las cunetas, claman hoy mismo desde la izquierda los mismos que no quieren saber nada de los muertos del coronavirus. Viva el 8 de marzo y muera la Guardia Civil, que es de lo que se trata y lo que exigen los separatistas, los proetarras y los podemitas.

Sin freno y sin recato, el ministro del Interior miente como un poseso, miente sin parar, miente más que habla y arrasa con su sola presencia la separación de poderes. Y la reacción de Sánchez es decir bien alto y bien claro que viva el 8 de marzo. Sí, el 8 de marzo de la ministra jo, tía, el 8 de marzo de Carmen Calvo y las mujeres a las que les iba la vida en ello, el 8 de marzo del hijo de Simón, ese 8 de marzo cuya única excusa es ya que Vox también celebró un mitin multitudinario.

Viva el 8 de marzo ha dicho Sánchez, un hombre que se echó a llorar a moco tendido en público cuando le echaron de su propio partido y tuvo que dejar el escaño, en octubre de 2016, y ha sido incapaz de mostrar la más mínima emoción durante estas semanas de muerte y confinamiento presididas por su fatua y peligrosa incompetencia. Viva el 8 de marzo, sí. Y los proveedores e intermediarios de mascarillas falsas. Y los asilos convertidos en pudrideros. Y el triaje en los hospitales. Y el médico Simón y sus cuentas de la vieja porque, total, qué más dará dos mil muertos arriba o abajo. Que viva el 8 de marzo, claro. Y que muera España.

A continuación