Trump, el colega de Romeva

Pablo Planas

Tras la victoria de Donald Trump, el mundo gira en redondo hacia Cataluña para calibrar la reacción de líderes mundiales de la talla de Puigdemont y Raül Romeva ante el histórico y en apariencia catastrófico acontecimiento. De momento, están tranquilos. La tesis dominante es que si al tran Trump el magnate ha logrado la presidencia de la primera potencia mundial, nada habría de extraño en que Cataluña se convirtiera en la próxima república independiente de la nueva era. Cosas más raras se han visto que el peinado del señor Donald, y si es por el tocado, Puigdemont no es precisamente calvo. Raül Romeva sí, pero el minister independentista de Exteriores tiene de pragmático lo que le falta de cabellera.

En privado, Romeva sopesa implantarse una ensaimada en la cabeza, mientras que en público y en declaraciones de urgencia afirma: "Nos toca gestionar la realidad y, por tanto, nuestro trabajo será establecer las mejores relaciones posibles [con Trump]". El separatismo es inasequible al desaliento y no le hace ascos a nada, sea la Liga Norte, los Finlandeses Solos, el Movimiento Antiglobalización Ruso (un curioso invento de Putin para exacerbar el presunto secesionismo de Texas) o el think tank del Trump Ocean Club International Hotel & Tower.

No es que el fino filipino catalanismo simpatice con el Ku Klux Klan ni nada de eso que dicen de Trump, sino que el camino hacia la liberación catalana exige sacrificios tales como adoptar la posición Lewinsky ante el inminente inquilino pepino del Despacho Oval, a ver si es verdad que está tan trastornado como dicen y le da por invitar al embajador catalán en Washington a una cacería de patos con la Duck Dinasty, afamados, multimillonarios y televisivos palurdos que se han hecho con el monopolio de la fabricación de reclamos para ánsares.

Por si acaso, el homólogo catalán de Trump, Carles Puigdemont, ya ha felicitado al pavo americano vía Twitter con el deseo de que las históricas relaciones "entre ambos países" continúen en la senda del florecimiento, la amistad y el reconocimiento mutuo. Así, Trump ha pasado de ser un cateto indeseable a erigirse en actor imprescindible para el buen fin del proceso. Puigdemont, Romeva, Junqueras y Mas ya le han designado como su hombre en la Casa Blanca. Puede que, como Colón, Cortés y Cervantes, Trump sea catalán. Dicen que cuando Cataluña proclame la independencia será clave la posición del presidente americano. Y dicen también que el proceso ya está en su portafolio. Seguro, prioridad total. Ni muro mexicano ni leches, me cago en Siria.

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