'Piolín', mucha honra sin barco

Pablo Planas

El Piolín abandona este jueves el puerto de Barcelona. Misión cumplida. La tan cacareada república catalana se fundió como una gota de agua en la madre de todas las tempestades al albirarse en lontananza la imponente estampa del Moby Dada, acorazado en los flancos por los aterradores dibujos del pato Lucas, el demonio de Tasmania, el gato Silvestre y el almirante canario.

La mera presencia del buque insignia de la Looney Tunes en el puerto, con sus mil policías nacionales y guardias civiles a bordo, causó tal impacto y espanto entre los capitanes de la armada de Ítaca que tras proclamar la independencia renunciaron a presentar batalla y dejaron a su pueblo más tirado que una colilla. Y ahora van y dicen que la república era un suponer, que si la proclamaron pero no la aplicaron fue porque no estaban preparados (no ellos, sino la gente) y que resulta que ese Estado fallido que es el de España no se ha disuelto sin más como habían previsto Artur Mas y su cuadrilla de desahogados, Carles Viver (Gran Cruz de Isabel la Católica), Carles Sastre, el condenado por el asesinato de Bultó y el matrimonio Viola, el economista Sala Martín, Junqueras, Puigdemont y el largo etcétera de perdonavidas que van por ahí diciendo que los españoles son vagos, bárbaros e ignorantes.

Todo se ha venido abajo. Un ridículo barco de alquiler atracado en el quinto pino ha bastado para desarticular los planes separatistas en los que se han pulido pujoles y puchimones miles de millones de euros. Y eso que lo tenían todo planeado. Si hasta se barruntaban que lo de la mili obligatoria para el ejército popular no iba a caer bien. Cuánto engañabobos y vaya estafa.

El Piolín ya es historia naval y los Mossos han quedado para entorpecer el tráfico, lo que hace más sonrojante si cabe la diferencia de sueldo entre la gente de Trapero y los agentes de la Guardia Civil y la Policía Nacional. A ver cómo se lo montan ahora los separatistas para sacarle el brillo épico a la Diada del Moby Dada.

Ese ridículo barco de la risa, con camarotes mazmorra y auténtica comida basura, casi una prisión para sus infortunados y mal pagados habitantes; esa broma de mal gusto que intentaron ocultar con unas lonas verdes y fue peor el remedio; eso mismo que expresa a las claras la decadencia del Estado en Cataluña calibra también la inmensa caradura y colosal cobardía de los cabecillas golpistas. Fractura social, caos político y desastre económico son sus grandes gestas. Sí, corren con el rabo entre las piernas, pero mantienen la enseñanza y los medios de comunicación, madrasas y minaretes, más que suficiente para reanudar la intentona cuando se les pase el susto. ¿Qué hará entonces el Gobierno de turno? ¿Mandar un barco de Los Picapiedra? Cataluña necesita policías buenos y leales, además de grandes armadas de pedagogos y psiquiatras.

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