Las universidades catalanas y aquel 8-O

Pablo Planas

La estrategia del separatismo consiste en apoderarse de todas las instancias sociales. Así, los partidos impulsaron asociaciones como Òmnium Cultural o crearon la Assemblea Nacional Catalana (ANC) a fin y efecto de proporcionar una suerte de coartada civil al proceso separatista. Y la función de estos brazos del separatismo, más allá de las exhibiciones de masas o del matonismo callejero ejercido a través de los Comités de Defensa de la República (CDR), es infiltrarse en y adueñarse de todos los elementos representativos de la mal llamada sociedad civil, desde los colegios profesionales a las cámaras de comercio, pasando por los grupos parroquiales y los clubes deportivos.

La infestación masiva de la sociedad se ha llevado a cabo con un notable éxito, sin apenas anticuerpos. Por ejemplo, todo lo que supuso la Sociedad Civil Catalana (SCC) que convocó la histórica manifestación del 8 de octubre de 2017 (que, junto al discurso del Rey, frenó en seco el golpe de Estado) fue boicoteado, desmantelado y entregado al separatismo en bandeja de plata por el Gobierno de Pedro Sánchez.

De ahí que a día de hoy tal manifestación, más de un millón de personas con banderas de España por las calles de Barcelona, parezca un vago recuerdo. Este domingo acentuaba Arcadi Espada en El Mundo que Puigdemont y Màrius Carol, el exdirector de La Vanguardia, ignoran tal manifestación en sus memorias sobre "los hechos de octubre", el eufemismo catalanista para referirse al golpe de Estado. Pero no sólo el separatismo y sus tontos útiles censuran aquella reacción ciudadana que desarboló al independentismo. El drama es que ninguno de los partidos constitucionalistas reivindica ese momento estelar de dignidad nacional, el arrebato espontáneo (muy pocos medios anticiparon la convocatoria) de quienes no se iban a dejar pisar sin más.

Ante la pasividad de esas formaciones y la connivencia socialista, el separatismo avanza. Tras destrozar la economía, asentarse en las patronales y en los círculos burgueses, entrar en tromba en las iglesias, inundar los campanarios con sus banderas de guerra y campar a sus anchas por las instituciones políticas repartiendo el dinero público entre sus medios y sus afectos, el siguiente paso es la Universidad. Los campus catalanes son hoy pasto del fascismo juvenil. Hay grupos de estudiantes que, jaleados por rectores y profesores separatistas, han decidido que gente como la de S'ha Acabat no tiene cabida en los recintos universitarios y se dedican a hostigarlos hasta la agresión física. Los agresores son los nuevos estudiantes modelo, el producto más depurado de las madrasas de la Generalidad que ahora pretende implantar el modelo de la sumisión lingüística también en las universidades. El destrozo promete ser de proporciones afganas.

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