La tieta Rahola y el supremacismo

Pablo Planas

Puede que a Mariano Rajoy le parezca que escampa cuando jarrea y que Pedro Sánchez sea el asesino de Manolete, pero la concatenación de casos de inmoralidad política requeriría algo más por parte del presidente en funciones que prologar el libro de su amigo Guindos, cuyo título, España amenazada, sería suficiente para desencadenar su cese fulminante. Sí, es verdad, la idea y la realidad de España están amenazadas, entre otras razones por la estulticia de un Consejo de Ministretes que toca la lira y premia al Gobierno catalán por cada acto de rebeldía con abundantes partidas económicas para inundar el Camp Nou de banderas separatistas, montar embajadetas en Vladivostok y mantener regado el jardín de la tieta Rahola en Cadaqués.

Guindos ha puesto negro sobre blanco lo que era y es un clamor: las amenazas de la Generalidad con un default para ensuciar el crédito de España y alimentar la castaña separata. ¿Respuesta? Más pasta para pisotear los derechos de miles de ciudadanos en Cataluña, enfrentar a la sociedad, reventar la economía y dar satisfacción y salida a individuos como Artur Mas, la definición de cuya catadura requeriría el uso de la jerga de tahúres, alcahuetas y vendedores de crecepelo. Que personajes como Mas, Homs, Puigdemont o Anna Gabriel hayan medrado como lo han hecho sólo se explica por dos razones: tres décadas de pujolismo xenófobo, racista y supremacista en la escuela, los medios y la Administración y la pasmosa, patética, suicida y cómplice pasividad de los sucesivos Gobiernos del PSOE y del PP.

Cataluña es tema aparte y territorio ignoto para los partidos nacionales, que supeditan a su ansia de poder la igualdad entre españoles, la estabilidad jurídica e institucional y la misma sustancia de España. ¿Qué más tiene que hacer el separatismo para obtener una respuesta acorde al desafío? Resulta en extremo delirante que los matones del catalanismo operen con tamaña impunidad y se cisquen en las leyes de todos sin la más mínima consecuencia.

Se escudan en que sobre la presidenta del Parlamento regional, Carme Forcadell, planea el riesgo de una inhabilitación cuando ellos, los nacionalistas, han lesionado, vulnerado y pateado los derechos de cientos de miles de personas que no comulgan con el credo separatista. Mas se broncea las lorzas en un yate de lujo, Puigdemont se pone a tocar la guitarra en un guateque ampurdanés de lo más pijo, Forcadell disfruta de unas vacaciones exóticas y el resto de gerifaltes del separatismo se pegan la vida padre mientras el Gobierno, el PSOE y la Judicatura calibran, valoran y sopesan el efecto que podría tener en el denominado proceso la aplicación de la ley. Creen que actuar contra los golpistas provocaría un estallido social. Pues no. Pasaría igual que en el País Vasco. Nada de nada. Al menos hasta el próximo 11-S, en el que políticos, maestros, padres, abuelos y TV3 convertirían a los niños en simbólicos escudos humanos contra la ley y la libertad en una enésima y marmotífera exhibición de masas, coros y danzas. Igual que cada año desde hace un lustro, pero con menos asistencia.

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