La disolución de Convergència

Pablo Planas

Los herederos de Pujol y familia ya se han cargado la empresa Método 3%. Cuarenta y un años después de su fundación, en el monasterio de Montserrat, Convergència es historia. Ni refundación ni gaitas. Cambio de nombre. La cocacola catalana pasa de llamarse CDC a convertirse en Democràcia i Llibertat. No es ningún chiste. Por cierto, la empresa del famoso refresco fue una de las primeras en darse el piro de Cataluña, y eso que el consorte de la propietaria de la embotelladora en España es nada menos que Carles Vilarrubí, exchófer de Jordi Pujol, segundo de Javier de la Rosa, vicepresidente del Barça e imputado por el 3%. Lo que se considera un catalanista esférico. ¿A qué están esperando para darle una de las últimas creus de Sant Jordi?

Convergència ha quebrado como quebró Banca Catalana, con un agujero de 300.000 millones de pesetas de las de los años ochenta, casi dos mil millones de euros, más quince céntimos, al cambio actual. Con todas las sedes embargadas, el tesorero en libertad provisional pero ratificado en su cargo, la familia Pujol en el disparadero, decenas de exalcaldes imputados por la gestión de las mordidas, todas sus oficinas convertidas en escenarios del crimen, Mas, Rull, Turull y Tururull han decidido que a partir de ahora no se llaman Convergencia, sino Democracia y Libertad. ¿Qué tal? ¿Cómo suena?

Pues suena a patada en el arco del triunfo. En la parte de la democracia son unos trileros, con perdón de los del cubilete, porque con el 47,6% de votos a favor de la independencia de Cataluña dicen que tienen un "mandato democrático". Parece una broma, pero mienten sin sonrojo. Dicen que han ganado las elecciones cuando el 52,4% de los votantes les ha dicho que no, que si eso eran unas plebiscitarias, la mayoría está por el no a la independencia. Pero les da igual. Se perdieron Barrio Sésamo o sufrieron la mortífera combinación de la inmersión lingüística y la Logse.

En cuanto a la libertad, los convergentes no son precisamente unos fenómenos. Más bien tienden al imperio de la manada que al de la ley, algo que les resulta incomprensible. ¿Leyes? Paridas, replican. La ley son ellos y la hoja de ruta del procés; y la soberanía nacional reside en la venia de Carme Forcadell. ¿Libertad? ¿En los colegios? ¿En los medios? ¿En la administración? Desconocen por completo el significado del término aunque lo invoquen en relación a los instintos del rebaño. La libertad del pueblo frente a los derechos y libertades de los ciudadanos, uno a uno y en carne mortal. Son una apisonadora, la carcoma y el escorbuto. Y ahora cambian de nombre. Dicen que van a dejar una oficina de atención al cliente en lo que era Convergència y que a partir de hoy son Democràcia i Llibertat. Si les votan están dispuestos a rebajar el impuesto revolucionario un par de décimas.

Manejan unas encuestas internas desastrosas de cara al 20-D. Francesc Homs, el exportavoz del gobierno regional y catalibán de primera hora, es el candidato calamitoso. Se arrastran para conseguir un par de votos prestados de la CUP. Los cobradores del 3% se han vuelto anticapitalistas, antisistema y antieuro. Reptan y suplican, pero están en fase de desintegración. De la CUP y de ERC depende darles seis meses más de vida, un último estertor, la presidencia honorífica y caduca de la república catalana del 9 de noviembre de 2015. Democracia y Libertad, chorizo y sobrasada. Y para los Nous Catalans cuscús y salafismo, pero en català, si us plau.

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