Huerta y Lopetegui

Pablo Planas

El Gobierno de la era Aquarius se ha estampado a las primeras de cambio por el lado del sexo débil, la cuota masculina del Consejo de Ministras. Màxim Huerta, el dicharachero titular de Cultura y Deportes, ha tenido que dimitir ipso facto por su turbio pasado como defraudador de Hacienda. No ha durado ni una semana en el dream team de Pedro el Bello. Tanta solidaridad desparramada en el Mediterráneo era incompatible con el mamoneo de un famoso para no pagar impuestos. Y aún más con el inminente ingreso en la trena, si bien para vips, del cuñado del Rey.

En el desesperado intento por salvar la cartera, Huerta ha declarado que no informó de su pasado tributario al nuevo presidente porque consideraba que sus problemas con el fisco eran un tema privado y superado, como la orientación religiosa o sexual. Lo que no pudo el Twitter se lo han llevado por delante la Agencia Tributaria y un fallo el año pasado del Tribunal Superior de Justicia de Madrid que le condenó a apoquinar 365.938 euros, más de sesenta millones de pesetas, por haber intentado tangar a Hacienda.

El mismo día que el presidente de la Federación, Luis Pundonor Rubiales, se cepillaba al seleccionador Lopetegui por merengue, el presidente del Gobierno no tenía más remedio que dar pasaporte al telegénico ministro de Cultura y Deportes, un hombre que odia la Fiesta Nacional y detesta el fútbol.

Una pena lo de Huerta y Lopetegui. Nadie les echará de menos. Fernando Hierro y José Guirao son los sustitutos. A ver qué se le ocurre ahora a Iván Redondo, el gurú de Sánchez, un Arriola del que dicen que hizo alcalde catalán al pepero García Albiol y presidente extremeño al bombero Monago.

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