Hijos de papá

Pablo Planas

Los armarios de la nueva casta política están llenos de sorpresas. Los chicos de Podemos y las chicas de la CUP se empeñan en parecer lo que no son, en inventarse trágicas infancias, en representar la indignación popular que va a reventar los cielos. Presumen de barrio, pero lo suyo es otra cosa, más de papi y mami que de el Langui de Pan Bendito; de abuelita que hornea cupcakes en vez de anciana que consumió la vida limpiando escaleras.

Ramón Espinar, el arrojado podemita senador y diputado autonómico que aspira a la Secretaría General de Podemos en Madrid, es el último caso de morados que se ponen rojos, aunque los colores en este caso son lo de menos. O no, pues es cosa sabida que el progenitor de Ramón es un tarjeta negra del PSOE y la UGT.

Al facundo senador podemita le han descubierto la faceta de as de la compraventa y el pelotazo. Poca cosa, es verdad, en comparación con los chanchullos de la casta clásica, pero es que nuestro abanderado del sector anticapitalista está empezando.

Como hace cualquier universitario, carne de precariado, en 2010 Espinar se compró una vivienda de protección oficial en Alcobendas. Según dice, gracias a un préstamo familiar de 60.000 euros. Al cabo de un año y sin haber habitado el piso le dio el pase negro y se ganó una pasta, 30.000 del ala. Le costó 146.224 euros y se lo quitó de encima por 176.000. Y todo ello cuando el precio de las propiedades inmobiliarias caía a plomo y nuestro joven emprendedor cobraba una beca universitaria de 480 euros que no le daba para pagar la hipoteca. Pobre.

De los laxantes y el Abrótano macho de Bescansa a las propiedades del clan Salellas de la CUP expropiadora en Gerona; de la dacha y el caché de Pablo al pijerío de Rita, Pitita y la atrevida amazona Clara Serra; de los consultores a tarifa de mercado internacional en la pobre Venezuela a los trincabecas por tocarse el níspero como Íñigo. Coño con la nueva izquierda. Tienen más jeta, aunque menos estilo, que sus abuelos de la gauche divine.

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