El 'preso' y el prófugo

Pablo Planas

Que Puigdemont quería convocar elecciones en vez de echarse al monte hace un año no es ningún secreto. En un extraño momento de lucidez durante aquellos días del golpe, el hombre captó varias señales: la contestación popular contra los propósitos independentistas del 8-O, el discurso previo del Rey, el silencio de Europa y la estampida de bancos y empresas. Nada había salido como pronosticaban los promotores de la república. En esa tesitura, Puigdemont quiso rectificar y evitar el choque, pero fue débil y pacato. Temió por su reputación de independentista auténtico y le temblaron las piernas ante los hiperventilados de su partido y de ERC.

Fue un cobarde, claudicó y puso como excusa que Rajoy no iba a frenar el 155 si se convocaban elecciones. La falsedad quedó al descubierto cuando se activó el artículo con el único propósito de convocar elecciones. Puigdemont había estado sujeto a innumerables presiones, pero sólo se achantó ante las de ERC, cuyos dirigentes, ahora tenidos por el colmo de la sensatez, forzaron llegar hasta el final. Marta Rovira, fugada en Suiza, ponía el grito en el cielo literalmente cada vez que se mentaba la hipótesis electoral contra la declaración unilateral de independencia. Oriol Junqueras, el preso, amenazó con la dimisión en bloque de todos los consejeros de ERC en el Govern de coalición y Gabriel Rufián acusaba a Puigdemont de venderse por 155 monedas de plata. Los estudiantes protestaban ante el palacio de la Generalidad. A Puigdemont le dio mucho más miedo que él y su familia sufrieran el acoso de las hordas separatistas que la acción de la justicia.

Si Puigdemont no hubiera hecho caso a las miradas de Junqueras, ni él estaría en el limbo belga como alma en pena ni siete políticos golpistas, entre ellos el místico de ERC, habrían dado con sus huesos en la trena. Lo tuvo a huevo, pero se arrepintió. En su propio partido le dijeron que si convocaba elecciones ERC aprovecharía para tacharlo de "traidor" y el PDeCAT sufriría un agudo retroceso. Combinó el miedo con los cálculos electorales y provocó una catástrofe de la que consiguió escapar por los pelos. Que Junqueras esté en la cárcel no es culpa suya, alega ante las pocas visitas que se acercan a Waterloo.

Según el prófugo, su archienemigo Junqueras está en prisión por méritos propios y no porque la cobardía de su fuga determinara la suerte de los golpistas que se presentaron ante la Justicia. No en vano, apunta Puigdemont, el líder de ERC era el más fanático entusiasta del choque de trenes después de Marta Rovira y de las diputadas de la CUP que no se jugaban nada.

El relato del Gobierno y de Podemos pretende que Puigdemont es un carlista turulato y Junqueras lo contrario, un tipo sereno, sensato y centrado, una especie de Mandela que atiende a las innumerables visitas y negocia los Presupuestos Generales del Estado en un despacho que le han puesto en la cárcel por sus múltiples quehaceres diarios. A diferencia de Puigdemont, recibe a mucha más gente porque está más cerca y porque hasta las monjas mediáticas son consideradas autoridades en la cárcel. Es un trato de privilegio obsceno y escandaloso, parte del peaje a pagar por el Gobierno. Que nadie espere que la ministra de Justicia, Dolores Delgado, o que el titular de Interior, Grande-Marlaska, tomen cartas en el asunto de las peculiares condiciones de encarcelamiento de los golpistas en las prisiones de la Generalidad que dirigen sus propios subordinados.

Como es obvio, Junqueras no es como lo pintan, mientras que Puigdemont se parece mucho al retrato de político incongruente y disparatado. En nombre de Sánchez negocia Iglesias con ambos personajes, aunque marcando las distancias con el expresidente de la Generalidad. Pero no habrá Presupuestos. Es imposible que el líder de ERC y el presidente de su propio club de fans voten lo mismo. Ese odio que se tienen Puigdemont y Junqueras es el único punto débil del separatismo, que un año después del golpe de Estado se sienta tranquilamente a negociar con Pedro Sánchez y Pablo Iglesias la disolución de España.

A continuación