El golpe de Estado revive: cae el emérito

Pablo Planas

El golpe de Estado que empezó en Cataluña continúa. Don Juan Carlos ha anunciado a su hijo, el rey Felipe VI, que abandona España. La insoportable presión del Gobierno socialcomunista, las amenazas de la Fiscalía y el escarnio mediático han doblegado al hombre que fue clave fundamental en el tránsito del franquismo a la democracia, el monarca de la Transición, operación sociopolítica que constituyó un éxito sin precedentes e introdujo a la Nación en la senda de la época más larga de paz y prosperidad de su historia.

El legado de don Juan Carlos, el rey Juan Carlos I, es extraordinario, de una dimensión crucial en la historia de España, país que difícilmente habría sido una democracia –hoy en grave peligro– sin el sacrificio, la generosidad y el talento político de un hombre que vino a España de niño y se tiene que marchar pasados los ochenta años acosado por una parte de la clase política e ignorado por la otra.

Socialistas, comunistas y separatistas se han salido con la suya ante la pasividad bovina del centro, si es que existe, y la derecha. Gentes como Pedro Sánchez, que se cree el Jefe del Estado, y Pablo Iglesias, que aspira a presidir una república plurinacional, se han cobrado la pieza del emérito y ahora irán a por el Rey jaleados por personajes de la estofa de Torra, Junqueras y Otegi, los socios de un Gobierno diseñado para destruir y hundir España en la miseria.

La jauría republicana brama contra el emérito. Llevan años afilando la guillotina. Por lo menos desde que Don Juan Carlos mandara callar al sátrapa narcotraficante de Hugo Chávez en presencia del estólido Zapatero. Redoblaron sus esfuerzos cuando Felipe VI atajó el golpe separatista con el discurso del 3 de Octubre. Hoy están más cerca del anhelado cambio de régimen y comparan la marcha de don Juan Carlos con la de Alfonso XIII. Le llaman "corrupto" y "ladrón" mientras defienden a golpistas como Puigdemont y miran para otro lado en el caso de los robos del Clan Pujol.

No es excusa y no debería operar en contra de su presunción de inocencia, pero esos supuestos pelotazos del emérito propiciaban la creación de miles de puestos de trabajo en España. ¿O es que las fragatas se construían en Suiza? No es el caso de los negocios de los nacionalistas catalanes que exigían el tres por ciento (que era mucho más) a cambio de obras y servicios o los de los socialistas andaluces que mandaban al chófer a por cocaína.

El tenor de quienes festejan las desgracias de Juan Carlos I es suficiente para obviar todos los errores que haya podido cometer antes, durante o después de ser rey y situar en primer plano los vitales servicios prestados a España, a la democracia y a la igualdad de los españoles.

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